Somos un país de inmigración. Y en materia de vinos quizás más que en ninguna otra: el gusto por esta bebida llegó al país como una nostalgia entreverada en el equipaje de los muchos italianos y españoles que hicieron el grueso de los desembarcos, matizados con algo de franceses, alemanes, daneses y ucranianos. Es un cuadro conocido y es un acervo que se lee en los apellidos de buena parte de los argentinos.

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Entre los muchos González y otros tantos Vecchiarelli, entre los muchos Fernández y los abundantes Rossi, Ferrari o Colombo, el vino llegó a la Argentina como ese octavo pasajero de la ciencia ficción que les permitió a todos ellos poner sobre la mesa un sabor que, como las palabras, llenaba la boca con lo conocido.

Entre los Tittarelli, los Giol, los Toso y Bianchi, por ejemplo, que hicieron del negocio del vino una forma de vida, sorprende a la hora de las copas una gran ausencia: es raro, rarísimo probar algún vino elaborado con uvas italianas o españolas. El grueso de lo que bebemos es francés.

Es como si en ese legado del inmigrante la maleta que traía las uvas se perdiera en el puerto como se perdió la famosa valija de Hemingway –con todos sus escritos de juventud– y no quedara nada de esa herencia de Sangiovese, Montepulciano, Barbera, Nebbiolo, Cariñena, Tempranillo y Garnacha. En Argentina solo se habla de las variedades francesas.

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el gusto por esta bebida llegó al país como una nostalgia entreverada en el equipaje de los muchos italianos y españoles.

Es algo que me llama la atención. Y sobre lo que no encuentro una explicación clara. Por ejemplo, en la historia del Malbec el foco siempre recae en la aventura de Miguel Amado Pouget, quien introdujo en 1853 las uvas francesas en el país.

Contado desde el presente, nadie siente necesidad de explicar cómo llegó el Lambrusco a la Argentina ni por qué esa uva y buena parte otras han desaparecido de la mesa local. O casi.

Es verdad, el romance entre el Malbec y los productores explica buena parte de su éxito: una uva que se adaptó de maravillas, que daba buen color y con aromas frutales, permitía rendimientos y mejoraba otros tintos estaba claro que triunfaría.

Queda poco de esa herencia de Sangiovese, Montepulciano, Barbera, Nebbiolo, Cariñena, Tempranillo y Garnacha.

Eso, siempre que el gusto de los vinos coincidiera con esa uva. Lo que nos lleva de lleno al otro asunto: ¿las uvas italianas o españolas no cuajaron con el paladar de esos inmigrantes? Tal vez de ellos sí, porque estuvieron plantadas en el pasado, pero al parecer no de sus descendientes.

Una entre las diez primeras

Singular es el caso del Tempranillo. Es la novena uva más plantada en Argentina, con casi 5200 hectáreas (2,5% de la superficie) y prácticamente desapareció de la góndola. No es que no se lo use o elabore, pero son pocas las bodegas que etiquetan sus vinos con esa variedad.

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¿Las uvas italianas o españolas no cuajaron con el paladar de los inmigrantes?

El dato es que la Tempranillo, por su importancia en España, es la cuarta variedad más plantada a nivel mundial, detrás de Merlot, Sultanina (para consumo en pasas) y Cabernet Sauvignon.

En Mendoza, que concentra casi la totalidad de la superficie, el dato es que la mayoría (casi el 70%) está plantada en las zonas bajas y calientes del este. Sin embargo, entre Tupungato, Tunuyán y San Carlos hay unas 1000 hectáreas que dan vinos frutados y vibrantes. Así y todo, no la vemos en la góndola, con excepción de Altocedro, Crux, Zuccardi Q, Tempus Alba y Krontiras, para mencionar unos pocos entre los pocos.

Las italianas, a la baja

La más plantada entre las variedades italianas es el Sangiovese. La uva dilecta de la Toscana encuentra en nuestro país unas 1300 hectáreas aún en producción. Hace 20 años eran 2500.

De las que quedan, el 70% está en el este de Mendoza que es, dicho sea de paso, un clima no del todo amigable con el perfil de la uva. Con excepción de Tupungato (65 ha), casi no se la encuentra en zonas frías.

Esa es quizás la principal razón para que estas uvas hayan entrado en un cono de sombras: que el clima del este de Mendoza no sea muy adecuado. Pero tampoco lo es para las francesas. La diferencia está en que lo que se plantó nuevo en zonas más frías se hizo solo con las francesas.

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La más plantada entre las variedades italianas es el Sangiovese.

Sin embargo, las uvas italianas como Barbera (371 ha), Greco Nero (286 ha), Bunamico (102 ha), Cordisco (52 ha), Lambrusco (46 ha) y Nebbiolo (30 ha) ofrecen un paladar muy distinto y todos emparentados por una rara cualidad: dan vinos estructurados, pero sin peso, como los describe Andrés Sánchez, enólogo enamorado de ellas y quien las planta en el Maule, Chile, y las embotella bajo el nombre de La Collezione.

Quizás ahí está la clave de la supervivencia y de volver a escribir una historia que rinda homenaje a los apellidos inmigrantes: tintos que aligeren el paladar sin perder la fuerza. Algo de eso se puede probar en los que embotellan Bira, Callejón del Crimen, Alfredo Roca y Livverá.

Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta con formatos y habla sin rodeos de lo que le gusta y lo que no. Lleva más de veinte años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en medios nacionales, como La Nación y La Mañana de Neuquén. Desde 2019 es el crítico para Sudamérica de Vinous.com (EE.UU.).