En el corazón de Núñez, Amina funciona en una casona de diseño moderno a la que se accede tras atravesar un largo pasillo. Al final del recorrido aparece un salón amplio y amable, abierto a un patio con un gran ventanal y rodeado de plantas, que marca desde el inicio el clima del lugar. Unos cortinados azules aportan un ambiente teatral; de la misma tela están tapizadas algunas sillas.
Al frente de la cocina está el chef Gastón Despessailles, un joven cocinero con trayectoria en cocinas exigentes que propone una carta personal. Su propuesta busca distintos equilibrios: entre lo clásico y lo contemporáneo, entre la proteína y el mundo vegetal, entre la técnica y una ejecución precisa pero relajada.
El resultado es una experiencia descontracturada, basada en producto y estacionalidad.

Amina es un restaurante pensado para disfrutar de los detalles sin solemnidad. Lejos del esquema tradicional de entrada, principal y postre, los platos están medidos por gramaje para que cada mesa elija a piacere su propio recorrido. El servicio acompaña ese ritmo y asesora y ofrece algún que otro plato fuera de carta, algo que siempre sucede.
En el centro del salón, una barra a cargo del bartender Sergio Ancarola completa la propuesta con tragos que dialogan con la cocina.
El chef: técnica, producto y una mirada vegetal
Despessailles tiene una formación sólida y años de experiencia en cocinas de alto nivel como Crizia y Anchoíta.
Antes de dedicarse a la gastronomía había empezado a estudiar Comunicación Social, pero pronto entendió que ese no era su camino. “Siempre me interesó la gastronomía, pero la veía más como un hobby. Hasta que en un momento dije basta: voy a estudiar lo que realmente me gusta”, recuerda.
Estudió en el IAG y luego se mudó a Madrid, donde completó su formación en la prestigiosa escuela Le Cordon Bleu. Allí realizó una pasantía en Coque, el restaurante español distinguido con dos estrellas Michelin, una lugar que marcaría su manera de entender la cocina.
“Es un restaurante muy clásico, pero con una vuelta moderna. Ahí aprendí sobre técnica y, sobre todo, a respetar el producto”, cuenta.
Hoy, al frente de los fuegos de Amina, trabaja bajo algunas premisas claras: “Buscamos que cada ingrediente hable por sí solo, trabajar el producto en distintas texturas y lograr un balance real entre vegetal y proteína”.
Fanático de la carne, decidió explorar también todas las posibilidades de las verduras. Esa dualidad atraviesa toda su cocina. “La carne nunca va a faltar, pero los vegetales no son un acompañamiento: pueden ser el plato principal”, acota.

Una carta personal
La carta se divide en Kitchen y Postres y está pensada para combinarse libremente. Se pueden pedir varios platitos, elegir uno como entrada y seguir con un principal, o simplemente armar la mesa según la cantidad de gente o el apetito del momento.
Conviven guiños reconocibles —como una milanesa— con ideas más inesperadas, como una sandía cocida en el Josper (que combina horno y parrilla en el mismo artefacto). En los platos aparecen distintos registros de sabor: acidez, dulzor, picante y diferentes expresiones del fuego, desde el horno y la parrilla hasta las brasas.
Recorrer la carta es la mejor manera de entender la propuesta. Algunos de los platos que esta cronista probó durante la visita:
- Hinojo, praliné de avellanas, miel infusionada y limón. Un plato bien balanceado que combina crocante, dulzor y notas cítricas. Una forma elegante de elevar el perfil de un vegetal muchas veces subestimado.
- Sandía al Josper, aguachile y papines andinos. La técnica transforma la fruta y le aporta una textura inesperada.
- Berenjena frita, pomodoro y sbrinz. Muy mediterráneo, con sabores claros que aparecen en capas sin taparse entre sí.
- Papas fritas, huevo a 63° y aceite de trufa. El huevo cocido a baja temperatura mantiene la yema apenas coagulada y cremosa, lista para mezclarse con el resto del plato. Para los memoriosos, es inevitable pensar en aquellos años del boom gastronómico porteño y en restaurantes como Casa Arévalo, donde el chef Matías Kyriasis puso de moda esta preparación.

Las proteínas: clásicos bien ejecutados
Entre los platos con carne, uno de los más pedidos es la milanesa de ojo de bife con hueso. Se sirve ancha, con mucho sabor, acompañada por huevo a 63° y provenzal.
Como guarnición aparece un clásico bien trabajado: milhojas de papa con emulsión de pimientos asados, avellanas y limón.
También se destacan dos opciones que ya se volvieron favoritas de la casa: la ceja de ojo de bife con chimichurri de hierbas frescas y el tataki de lomo, con aceite de trufa, alioli de palta y yema curada (que se ofrece fuera de carta).
Para quienes prefieren el mar, hay pulpo con crema de almendras, ajo negro y chips de papines.
El final dulce
La sección dulce es breve pero efectiva: Ni fu ni flan —un flan de dulce de leche con crema—, crème brûlée de mandarina, némesis de chocolate y el siempre confiable queso y dulce.

Arquitectura, luz y clima de casa
La experiencia en Amina comienza incluso antes de sentarse a la mesa. El recorrido empieza con una cafetería de especialidad que funciona como antesala y continúa con un túnel de unos veinte metros que conduce al corazón del restaurante.
El espacio combina salones principales, sectores más íntimos, patios con vegetación y una cocina abierta que permite ver el trabajo en tiempo real.
Materiales nobles, iluminación tenue y una vajilla elegida con cuidado construyen una atmósfera cálida. La música acompaña sin imponerse y el ritmo invita a quedarse.
Así, Amina se consolida como un bodegón contemporáneo donde tradición y mirada contemporánea conviven con naturalidad, en una propuesta que apuesta a emocionar desde el producto, la cocina y el diseño.
GPS
Amina. Manuela Pedraza 1741, Núñez, CABA.
