En torno al año 2000, algunas bodegas introdujeron estilos de vino que en Argentina no existían o no estaban siendo elaborados adecuadamente. Algunos de esos estilos continúan con una vigencia notable, mientras que otros cayeron en el olvido.
Uno de esos vinos que está vigente y del que se cumplen 25 años del lanzamiento es Malamado, el primer Malbec elaborado a la manera de los oportos, pero también alcanzaron el cuarto de siglo un Brandy de Rutini, así como algunos Malbec de estilo internacional, mientras que la región neuquina de San Patricio del Chañar celebra el mismo cumpleaños.
Es que el cuarto de siglo que va entre el cambio del milenio y la actualidad fue una época fructífera en innovaciones. Si uno vuelve la vista atrás, entre los vaivenes del país, la industria del vino pasó de exportar 100 a casi 1.000 millones de dólares (2012), alcanzó un pico de elaboración de este ciclo en el año 2010, y se abrieron nuevos terruños (como la zona alta de Valle de Uco, la frontera de Chubut) y comenzó el desarrollo de los vinos cordobeses y bonaerenses.
Bien miradas, esas dos décadas y media fueron vibrantes en exploración y desarrollo. Y si bien hoy la industria del vino a nivel mundial experimenta una retracción, y el vino argentino baila al mismo compás con ritmo propio, el terreno abierto en estos años define una tierra fértil para establecer nuevos puntos de partida que siembren las dos décadas por venir.

Raros estilos nuevos de vino
Desde el año 2000 a la fecha, por ejemplo, se sucedieron una serie de olas de creaciones. Si tomamos el lanzamiento de Malamado –un vino tipo oporto ruby– como un punto de partida, le siguieron otros tantos en la misma sintonía, algunos incluso disponibles hoy: Trapiche Profuso, Rutini Encabezado, Porto de Magoas de Bodega Bianchi (contemporáneo de Malamado en aparición). Son golosinas con fuego en su interior, como bombones de licor, balanceados y de espíritu frutal.
A continuación vinieron los vinos tardíos. Allá por el año 2007/8 no había bodega que se preciara si no tenía en su porfolio un vino tardío o dulce natural. Esos vinos no son fáciles de elaborar. Sin embargo, algunos se ganaron el corazón de los consumidores con una sensación de golosina y frutas secas, acideces altas y bocas envolventes.
Algunos de los que marcaron hitos, y siguen con vigencia plena, son Terrazas de los Andes Petit Manseng, Saurus Pinot Noir Tardío y Saint Felicien Semillon Doux. Este año, Mendel lanzó un vino en la misma línea, también elaborado con Petit Manseng.

De tintos ampulosos a tintos ligeros
Otra de los grandes giros de estos 25 años fue el cambio de estilo de los vinos tintos. Al filo de la década de 2000, la innovación más notable era la emergencia de la barrica y su modo de crianza en los vinos.
Entre ese año y la década siguiente, se dio un efecto marcado por esta técnica, pero en una sintonía de concentración y sobre madurez. Los vinos pasaron de ser tintos de 13.5 a tintos de 15 y más grados de alcohol, y pasaron de la fruta roja a las mermeladas y los chutneys, con bocas potentes y ampulosas.
Ese estilo giró luego, con el cambio de la década en torno a 2010, hacia estilos más ligeros. Para eso las regiones altas comenzaron a aportar uvas frescas y vibrantes. Así, el cambio también correspondió con la emergencia de nuevos terroirs. Alcanza con comparar vinos íconos y todavía vigentes en el mercado, para darse una idea.
En una cata vertical de añadas, el cambio es evidente en Clos de Los Siete, Achaval Ferrer, Enzo Bianchi, Salentein Numina, Cheval des Andes y la lista sigue. Es un giro profundo en la interpretación de los vinos, apalancada en una idea más amable y bebible, antes que en la potencia.

Blancos de mañana
En contraposición, el momento blanco de los vinos argentinos vino después. Al cabo de las innovaciones dulces, las vueltas estilísticas y los nuevos terroirs, la novedad pasó la posta a los vinos blancos.
En sintonía con un giro mundial –desde 2013 se consumen más blancos que tintos en el mundo y esa tendencia se profundiza–, las bodegas argentinas empezaron a explorar esa vertiente. Si tuviera que poner una fecha, es en torno al año 2009 en que los Chardonnay de altura dieron un puntapié inicial. También ese año el Semillón volvió a las pistas.
El momentum de esta movida lo estamos alcanzando hoy. El arco estilístico de blancos ha ganado profundidad y estándar internacional, con un perfil singular de vinos: continentales y de altura, son blancos de buena concentración y elevada frescura, algo que es difícil de igualar en otras regiones del globo.
Así, vinos como Adrianna Vineyard White Bones, Zuccardi Fósil, Mendel Semillón, el nuevo Luigi Bosca Filos, Riccitelli Chardonnay y Michelini i Mufatto Certezas Semillón definen un nuevo ideario de blancos.
