Ladislao Gutiérrez, el Comisario Mayor Flores, el Padre Sarasola, Antonio Alcántara… Imanol Arias ha sido muchos “yo” a lo largo de más de 40 años de carrera como actor. Pero hace unos cuantos también se las ingenió para su otra gran pasión, dedicarse al mundo del vino.
Este martes por la noche presentó «Bruto» en Argentina, en el restaurante Elena del Four Seasons Hotel Buenos Aires. Estuvo acompañado por Iñaki López de Viñaspre, chef y socio fundador del Grupo Sagardi, recientemente declarado Embajador de la ONU en Turismo, quien viajó especialmente para este evento..
«Bruto» es un tinto de color intenso, proveniente de la región de Jumilla, en Murcia, elaborado con 100% uvas Monastrell, producto de una asociación que el actor hizo con la bodega internacional Gil.
Pero ahora, cuando comienzo a escribir esto, estamos en Elena y faltan unas horas para ese evento. Esta charla que le da en forma exclusiva Imanol –así, a secas– a Vinómanos tiene una historia bien cholula detrás.
Mi madre y mi abuela Toti eran muy fanáticas de todo lo que la televisión argentina pusiera en pantalla de la RTVE. Era el año 1983, yo tenía 8 y mirábamos juntas “Anillos de Oro”, serie en la que el joven abogado Ramón resolvía, junto a la enorme Ana Diosdado, divorcios conflictivos.
“¿Pero es que tú no eras muy niña para mirar esa serie de parejas destruidas?”, me pregunta Imanol. Y es que no, en mi casa –de padres separados, porque en esas épocas en Argentina ni siquiera había ley– hasta se veía la tremenda “Los gozos y las sombras”, le cuento sonriente al Ramón que hoy tiene 68 y se dispone a la entrevista.
Entrevista a Imanol Arias
¿En qué momento de tu carrera de actor nace tu amor por el vino?
Es que en realidad, mi amor por el vino es incluso anterior. Yo nací en una familia obrera, en una sociedad en la que el vino formaba parte de todos, no tenía distinción social. Yo era el mayor de cuatro y entonces me tocaba ir a la bodega cuando mi padre y sus compañeros de fábrica salían al mediodía. En la bodega, chiquiteábamos.
¿Qué hacían?
Chiquiteábamos. Éramos unos doce niños de unos 10 años –época en la que yo comencé a ir a la escuela– que íbamos a buscar el vino y nos servían una pequeña medida para probarlo. Entonces, yo salía disparado a las doce y de la bodega me iba a casa con una botella de litro y medio, en general de La Rioja. Y en esa bodega había seis pellejos, en mi casa siempre pedían el vino de Haro. El bodeguero era una especie de instructor natural, te ponía muy poquito, pero muy poquito, y tú lo probabas allí. Todo ese ritual fue para mí muy didáctico, me pasaba que a veces me ponía vino de otra zona y yo le decía, no, ese no es. Luego, él le decía a mi padre: “El chaval lo hace muy bien, sabe”. Y ahí comenzó mi historia real con el vino.
Imanol Arias volvía a su casa, en Riaño, se sentaba a la mesa con ese padre que más tarde se puso muy en contra de su decisión de actuar, con sus dos hermanas mujeres y su otro hermano varón y el lugar vacío en esa mesa. Era de su madre, ajetreada en la cocina para sacar el almuerzo. El papá solo le servía un poco más de vino a él, al mayor, pero con bastante “agua gaseosa”, me dice Imanol, y yo terminó de determinar que habla de soda.
“Muchos años después, bueno, no tantos, mi madre que había llegado a ese pueblo a servir a los 14, volvió montada conmigo en un Mercedes, la gente la miraba y se preguntaba: ¨¿Quién es esa mujer que va con Imanol Arias?”, recuerda al pasar el actor, volviéndose nuevamente por un ratito ese nene que adora a su mamá.
En ese momento, me muestra una foto. Es él a los 12, un niño pequeño, con una camisa y pantalón corto, con una corbatita –él asume que sería una comunión o una fiesta, por la formalidad– que sostiene en su mano una botella que le resulta enorme para su tamaño. En la etiqueta hay un dibujo hecho por él, que marcaba que la botella fuera la suya y no la de otro.
“Mi historia con el vino comienza allí, pero no te creas, ser borracho en esos lugares estaba muy desprestigiado. Y es que yo nunca me he emborrachado. No tomo vino porque sí. Tomo una copa en las comidas y no tomo más que vino o jerez. Como decía Shakespeare, “si mil hijos tuviera, a los mil les diría que se alejaran de bebidas espirituosas, sin sentido y sin corazón, y se dedicaran por entero al vino de Jerez”.
¿Y cómo sigue la historia con el vino? ¿Te transformaste en un experto?
Nunca fui un experto ni un gran conocedor, pero sí he tenido una relación respetuosa con el vino que llegó a un punto clave en el año 2002 cuando me cruzo casi de casualidad en una cena con un gran bodeguero, José Moro, de las bodegas Emilio Moro, y él me propone meterme en el negocio del vino. Le digo que sí, yo estaba ganando muy bien con la televisión en ese momento, y entonces crea Cepa 21, con Ronaldo, Figo y yo como agentes externos. Allí estuve unos años. En 2012, nos compraron nuestra parte.
Y mientras tanto hacías “Cuéntame cómo pasó”, que era un trabajo de muchísimas horas…
Claro, qué bien que nombres ese programa. En “Cuéntame” nace la segunda parte de este sueño. Porque Antonio Alcántara (su personaje en esta ficción que duró 23 años en la televisión española), en un momento, en el tercer o cuarto año, cuando viene su hermano de Francia, tiene que tomar una decisión sobre unas vides de la familia.
En una de las noches de ese momento de la trama, yo dormía y soñé un vino. Soñé un vino para Antonio, uno de uvas Monastrell, como este “Bruto” que presentamos hoy.
Entonces, nace la idea de “Bruto”…
Un poco después. Yo hice un programa que se llamó “Un país para comérselo”. Aquí no se vio, ¿no? En Uruguay se veía en directo, ¡mira como habrá sido que soy premio de gastronomía en Uruguay! En ese programa, un día toca hacer la región de Murcia y un homenaje al gran Paco Rabal, un actor al que tanto admirábamos todos y que falleció en 2001.
El Gordo Echanove era el hijo putativo de Paco Rabal, el hombre que más quería, y a mí también me quería mucho. Y entonces, pensando qué hacer, le digo: “Mira, he probado un vino”. Ese vino era El Nido, el hermano mayor de mi “Bruto”, un vino famoso en todo el mundo, de la Bodega Gil. El Gordo y yo nos bebimos la botella entera hablando de Paco y luego nos tiramos a dormir. El vino, recuerdo, me lo habían mandado como Franco mandaba las cartas de despido, con un motorista con una nevera y dos botellas.
Toda esa historia, esos sabores, me quedaron grabados. Al año me llaman de la bodega y me dicen que Don Miguel Gil quiere conocerme. Y él me pregunta… “¿Cuál es tu sueño?”, “Yo he soñado un vino”, le respondo mirándolo a los ojos. Y ese vino que había soñado era justamente de uvas Monastrell…
“Es importante decirte esto”, levanta su mano y me llama la atención. “Es importante para mí decir que esta llegada a Argentina no es algo comercial. Es para mí un homenaje, un evento cultural, un encuentro entre esos barcos que se cruzaban con uvas Malbec y Monastrell y que siento que hoy vuelven a saludarse. Mi respeto por el vino de este país es inmenso y esto es un homenaje”, aclara.

¿Por qué se llama “Bruto”?
Esto tiene dos historias. Por un lado, el terruño es muy brutal, pedregoso, es similar a ir a la parte alta de Mendoza, pero debajo de la tierra hay pedrusco. La otra historia es más poética… Es que los otros vinos de la bodega, como El Nido, son vinos que se van al resto de Europa o a Estados Unidos, no lo toman los españoles y tienen menos botellas. Bruto saca unas 36.000 botellas, entonces si El Nido es Julio César, este es Bruto.
La charla continúa un rato más. La gente del Four Seasons pregunta si está todo bien, se preocupa un poco por el cansancio del actor que recibirá a una buena cantidad de gente que espera verlo y tomar su vino esa noche.
Pero Imanol llena el aire de anécdotas. Cuenta que cuando viene a Buenos Aires trata de instalarse en un barrio porque “esta ciudad es inabarcable”, que se acostumbró a Recoleta “porque allí me instaló María Luisa” (Bemberg, cuando filmaron Camila en los años ‘ 80), habla de algunos lugares donde le gusta comer.
“He ido variando. Me gustan las parrillas, me gustan las pastas de aquí. Cuando voy a La Stampa, el dueño, que casi nunca cena, me ve entrar y dice: Hoy toca cena. Y se sienta a comer conmigo. Me acuerdo mucho de Lola. Allí me solía encontrar con (Ernesto) Sábato y con (Adolfo) Bioy Casares, Bioy hablaba poco, pero me decía que le gustaba mi trabajo. Era muy caro comer allí, en dólares era caro. Un día estaba comiendo unos ravioles que amaba, con la madre de mis hijos, y yo los halagaba a viva voz. Mi amigo argentino Fabián Vena me mira y me dice: “No seas boludo, por 30 dólares, ¿sabés la cantidad de ravioles que te hace mi vieja?”. Yo lo miré sorprendido, pero entonces veo que Bioy sonríe y le dice algo así como “buen punto, buen punto”.
Imanol ríe. Es absolutamente encantador. Me muestra la copa de El Enemigo que tomó en su almuerzo, “¡Qué locura este vino!”, me dice, me firma una botella de las suyas, me da dos besos y continúa con la preparación de su velada y sus sueños de vinos.