¿Sandía con vino sí o no? En el mundo de las uvas hay muchos saberes de la experiencia que son falsos. Que el vino se bebe a temperatura ambiente, que el hielo arruina la bebida, que el tapón de corcho es mejor a la rosca. Mentiras. Hay una máxima, sin embargo, que parece completamente indiscutible: está prohibido combinar vino tinto con sandía.

Según la sabiduría popular, el cóctel es letal. Literalmente: como si se tratara de un trago de cianuro, el “ahora dicen” asegura que si se mezclan en el estómago se desencadena la muerte, fulminante como un rayo. El bebedor estira la pata. 

Pero en tiempos de verano también es frecuente ver en las piletas –nunca en las piscinas–, en el balneario a la orilla del río –nunca en el club–, en la bailanta –nunca en la discoteca– a algún curda feliz en pleno festejo, meciendo un melón tan cargado de vino como puede estar un cohete de Space X lleno de combustible sólido para llevarlos a la estratósfera.

sandía con vino
¿Sandía con vino? El mito dice que no sería lo mejor, pero la ciencia demuestra que lo contrario.

Y el plural es pertinente: llevarlos. Porque ya se sabe cómo pega el melón con vino. Nadie en su sano juicio, en todo caso menos el portador de la melancía –que así se llama el cóctel en cuestión, aunque reconoce otros nombres, como melvino–, abjura de la bebida en nombre de una muerte inmediata, más allá del knock out casi garantizado que le espera.

Todo lo contrario: la misma sabiduría popular que lo manda a infusionar melón frío con vino blanco frío en el verano asegurará, puestos a describirlo, que a la melancía se le entra como agua al Titanic. Con esas ganas y esa determinación.

A un melón tipo rocío de miel, se le hace un calado y se le extraen las semillas. Luego, se rompe la pulpa para ahuecarlo un poco y se rellena con vino blanco. Se lo deja reposar unas horas en la heladera para que la infusión gane profundidad. Si el melón no está muy dulce, se recomienda sumarle un poco de azúcar. Hojas de menta picada pueden colaborar.

Y entonces, ¿qué de la sandía con vino? ¿por qué ese tabú despreciativo y riguroso sobre los efectos posibles de combinar sandía con vino? ¿Es sólo con vino tinto o el blanco también juega a la ruleta rusa del escabio? ¿Rigurosamente cierto? ¿O es tocuén, como dijo el Diego canchero en cierta ocasión?

Sandía con vino: la ciencia dictamina

Por curioso que parezca, este dato está en Chequeado.com, la página que se encarga de desmentir lo que dicen los políticos. Y eso que en este caso no hay Ginés (ni Vizzotti) que recete las vacunas. Sin embargo, el mito caló hondo en la sandía popular y mereció una entrada.

En ese ítem se dice lo que cualquier bebedor de verano intuye: que no hay riesgo alguno, que es seguro mezclar sandía con vino y que, ojo al pinchazo, la discusión escupe argumentos como semillas la sandía sobre la eterna desconfianza en los laboratorios, igual que sucedió con la Sputnik V y la Pfizer.

Ya en el libro El Barman Científico, del colega Facundo Di Génova, se explicaba que, en rigor, lo que sucede cuando se combinan vino y sandía es un efecto vasodilatador similar al del Viagra –que, dicho sea de paso, nunca nadie discutió sus consecuencias colaterales como sí lo hicieron con las vacunas, y eso que Pfizer produce ambas–. Pero veamos el argumento.

sandía con vino

La sandía es rica en l-citrulina, un aminoácido que, una vez en el organismo, se metaboliza en L-arginina que, a su vez, es asimilada como óxido nítrico: un potente vasodilatador de muy beneficioso uso (como da cuenta la revista científica scielo.org). El alcohol del vino produce un efecto similar, claro que con otra raíz, y, combinados, funcionarían como una suerte de potenciador eréctil como el famoso poderío provocado por la pastilla azul. Podríamos decir: creer o reventar. Pero nadie va a reventar si combina sandía con vino.

Condena moral de la sandía con vino

Como con otros tabúes, la prohibición de combinar sandía con vino tiene un carácter moral. Para combatir la lisonja y el canchonderío generalizado del alcohol y el efecto generoso de la sandía, se habría inventado una prohibición bajo el manto aleccionador de la muerte.

Lo curioso, lo fascinante como en casi todos los tabúes, es su arbitrariedad: el melón, señores, tan cucurbitácea como la sandía y sus parientes, es igual de rico en la famosa L-citrulina y tendría efectos similares en combinación con el vino. Lo que explica de un plumazo que en los veranos, cuando la sangre está caliente como el asfalto y la pileta o el río sean soluciones inmediatas, reine la melancía de forma irrestricta, aún con su consabido cross a la mandíbula y el pernicioso dolor de cabeza que deja.

Con todo, habrá que seguir indagando en las razones históricas para que la condena moral le haya caído a la sandía, la más tierna y deliciosa fruta de agua, tan inocente como el melón y, al parecer, igualmente incendiario. Al menos ahora, la sandía consigue su merecida reivindicación.