Un drama silencioso recorre el mundo del vino: mientras que las viñas viejas son clave para elaborar vinos de calidad y terroir, los viñedos viejos caen en el abandono y las divisiones por herencia y sucesión hasta desaparecer. Es un caso perfecto en el viejo mundo, donde productores de Borgoña, La Mancha o Loire, ven cómo los viñedos patrimoniales se caen de mapa del negocio y desaparecen.

Desde el punto de vista inmobiliario, lo que sucede es un proceso común a todos los niveles. Pero desde el punto de vista de un productor de vino, ese destino común representa una pérdida invalorable. Ya no sólo de una tradición histórica y cultural, sino de estilos y sabores que se pierden en el más gris de los olvidos.

Argentina no es ajena a ese proceso. Mucho menos el Alto Valle de Río Negro, donde al componente natural de las herencias y las divisiones se suman las sucesivas crisis y fracasos económicos propios de nuestro país. En la misma sintonía el Este de Mendoza corre hoy similar peligro.

Este problema del vino se convierte en un problema social cuando familias enteras migran de sus lugares de origen frente al vendaval del cambio y las lógicas de los mercados. Y el ciclo se termina de cerrar cuando el proceso de acopio sobre la tierra sin valor avanza de la mano de medianos y grandes capitales.

Pero si el panorama parece funesto y a la vez irrefrenable, conviene prestarle atención a lo que está sucediendo en el sur del Chile con un grupo de productores dispuestos a reescribir esta historia. Se llaman VIGNO y su caso puede abrir nuevos caminos en estas latitudes.

Nace VIGNO
En 2010 y a propuesta de un grupo de productores de vinos cuya cara visible era el enólogo Andrés Sánchez, nació VIGNO, una agrupación de Viñadores de Carignan. La variedad explica el tono francés del nombre. Pero merece mayor detalle entender el alcance de este grupo que hoy cuenta con 16 productores.

La región del Maule (a la altura del norte de Neuquén y el sur de Mendoza en el mapa) se caracterizó por ese proceso de minifundistas con viñedos plantados donde no podían plantar otra cosa: sea por las pendientes o por lo pobre de los suelos. Es una zona de secano –allí no hace falta regar, con una pluviometría de 600 a 750 mm al año– en la que a lo largo del último siglo las unidades productivas se achicaron hasta volverse inviables.

En esa región, luego del terremoto de 1939 y para empujar la calidad de los vinos hacia arriba, el equivalente al INTA en Chile, el INEA, propuso plantar Carignan como una uva que mejorara el perfil de los vinos ligeros, cortos de fruta y color, que dominaban el paisaje elaborados con uva país. La idea era sencilla: mezclada con una uva de color, taninos y acidez, mejorarían el perfil gustativo.

Sin embargo, en la historia larga, al Carignan le toma unos treinta años llegar al equilibrio, mientras que la crisis productiva llegó antes y en sucesivas oleadas como si fueran réplicas de aquel terremoto. De modo que hoy hay 6,742 hectáreas cultivadas por viñateros cuyo promedio de tierra va de 1 a 5 hectáreas, tanto de uva País (6035 ha) como de Carignan (707ha). Es decir, se caen del negocio, sin poder de negociación y sin desemboque comercial para las uvas.

Así, los productores nucleados en VIGNO se propusieron trabajar con esas viñas y elaborar un vino cuyo precio internacional de 30 a 35 dólares la botella les permite llegar a comprar la uva a un precio de 1 dólares y más, cuando el productor fuera de este sistema recibe 0,20 dólares.

La unión que hace la fuerza
Los requisitos para estar en VIGNO son pocos pero muy importantes. Primero asociarse. Luego cumplir el reglamento: la uva debe venir del Maule, particularmente del Secano Interior –hicieron unos mapas delicioso junto a la Universidad de Talca para ello–; además debe ser Carignan injertado sobre país o a pie franco, pero cuyas raíces tengan más de 30 años. Asimismo, el 85% de mínima del vino debe estar hecho con Carignan y el resto debe cumplir al menos la regla de los 30 años. A nivel etiquetado, VIGNO debe ser más grande que las marcas de las bodegas. A la fecha, logran encadenar ya casi 40 hectárea de Carignan y, bajo este modelo asociativo, tiene todas las posibilidades de crecer.
Eso, sin mencionar que se puede perfectamente replicar el modelo tanto para otras regiones como variedades.

Joaquín Hidalgo
Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros.