Luce esbelta, con tallo delgado y largo como el cuello de un cisne, y ofrece un cáliz estrecho y de una sección tan etérea que, puestos a apoyar los labios en su filo, la sensación de que puede romperse hace que uno trate la copa con delicadeza. Sin embargo, los productores de champagne van con un bate y le pegan de lleno. “No va más”, declaran en la casa Krug, Francia, y lanzan la aniquilación de la copa flauta.

Con el cristal todavía en añicos flotando en el aire y el bate llegando al final de su recorrido, Eric Lebel, chef de Cave de la casa de champagne, tiene un minuto para aclarar al sitio Decanter.com: no se trata de una pulsión destructiva –parece decirle a los consumidores compungidos que miran el destrozo– sino más bien de buscar un reemplazo capaz de expresar la complejidad de la bebida. Para eso en 2012 lanzaron una copa sustituta y ahora declararon el fin de la copa flauta.

En la misma línea está Jean-Baptiste Lécaillon, maestro de cava de la champagnera Louis Roederer, cuando afirma que “nuestro estilo de champange necesita más aereación para mostrar todo su potencial, por lo que solemos usar copas de vino. Hace unos 25 años incluso habíamos desarrollado una copa tipo tulipán, más grande que la flauta”, según consigna el sitio Le Plan Vermeersch.

No son los únicos. Dom Pérignon y Veuve Cliquot recorren la misma senda. De modo que la era flauta llega a su fin. Hay varias candidatas para reemplazarla, con el común denominador de un ecuador más ancho que el pico y la base. Tal y como proponen, por ejemplo, los modelos Jamesse Grand, Riedel Veritas y Zalto Dank’Art Universal.
Mirando al aparador con tres copas desiguales, el consumidor se pregunta: ¿el vino da para tanto?

La verdad de las copas

Da para tanto y más. Y si la idea de una copa para cada tipo de vino es al menos inviable en términos de bolsillo medio, no lo es en el de un restaurante de lujo que puede tener mucha variedad de estilos, como sucede con Chila en Buenos Aires, por citar un ejemplo.

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La razón es simple. La copa funciona como una cámara ampliadora de aromas. Si esa cámara es chica o de bordes paralelos, el efecto multiplicador no se cumple. Por eso las casas de la champagne arremeten contra la copa flauta, que fuera diseñada para mostrar el recorrido de la burbuja: sin esa cámara aromática, la copa no permite separar las sutilezas con la que trabajan. Como describe Margareth Henríquez, CEO de la champagnera Krug: “usarla equivale a escuchar ópera con audífonos”.

Las copas de champagne

Si bien existieron copas con forma de cala o de hemisferio, que privilegian la facilidad de consumo, fallan a la hora de subrayar las virtudes. Por eso cayeron en desuso. Un ejemplo: la copa tipo María Antonieta, que rinde homenaje al pecho de la reina, sirve más para mirarse a los ojos mientras se bebe a sorbitos, que para desplegar los aromas y la frescura del champagne.

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De modo que hace las casas de champagne trabajan para hallar la mejor. Uno de los modelos más logrados es la llamada Jamesse Grand Champagne, que toma de la flauta la altura para mostrar el perlage, pero al mismo tiempo se cierra en el pico formando una media esfera que concentra los aromas y forma bien la corona de espuma. Piper-Heidsieck y Moët & Chandon trabajan con Riedel para obtener la copa ideal, mientras que Krug ya lanzó su copa Joseph, en homenaje el creador de la casa.
Así las cosas, la copa flauta tiene los días contados en materia de champagne. Le queda un último refugio en tragos como pisco sour y mimosa. No tendrán la misma categoría, pero la salvarán del acabose. Al menos hasta nuevo aviso.

Joaquín Hidalgo | @hidalgovinos
Una versión de esta nota fue publicada en La Mañana de Neuquén