Solo una de cada diez botellas de vino en el mundo se vende con tapón de corcho. Hace 15 años, tapaban 3 de 10. Y hablamos de números globales, es decir, sobre 17,3 billones de tapones que se ponen todos los años en el mundo.

Los números corresponden al informe de la compañía Nomacorc, que desarrolla tapones tecnológicos, y que es una de las grandes ganadoras de este cambio global. No está sola: también participan otros tapones sintéticos, a base de corcho aglomerado, la tapa a rosca y tapones de más de una capa. El cambio responde a muchas razones, pero principalmente a dos: seguridad alimentaria, por un lado, y hábitos de consumo, por otro.

Seguridad de consumo
El corcho natural, material noble si los hay, puede esconder un problema. El alcornoque, en los depósitos donde se seca la corteza o durante la producción de corcho, puede verse atacado por unos microorganismos que, como resultado, le confieren un mal sabor: cierto trazo de sótano, lejía y cartón mojado, que se conoce como TCA, por las siglas de Tricloroanisol, el compuesto químico resultante. Inocuo para el hombre, es horrible para el vino. Y este desajuste, conocido como gusto a corcho ocurre, según los datos estadísticos recabados por International Wines Challenge (IWC) en los últimos 5 años, en al menos un 2 a 3% de las botellas del mundo que lo llevan.

Para resolverlo es que se inventaron los tapones sintéticos, que los hay de muy diversos tipos. Sean hechos de elastómeros, plásticos o biopolímeros, no pueden ser atacados por ningún microorganismo y son garantía del buen sabor.

Pero no todos funcionan igual. Algunos, como los aglomerados de plástico, son duros para perforarlos con el sacacorchos. Otros, como los aglomerados de corcho, lucen bien y son útiles, pero llevan un pegamento inocuo al hombre y al vino, aunque es un ingrediente extra. En cualquier caso, todos solucionan el problema del TCA.

Hay otros defectos del vino que también involucran a los tapones: la reducción, que le confiere aroma a huevo podrido, mientras que la oxidación le quita el alma, aplanando el sabor. Según IWC en conjunto representan casi el 6% de las muestras que cataron en el último quinquenio. Y para eso también hace falta una solución.
Nomacorc y Diam son las marcas de tapones tecnológicos que, además de terminar con el TCA,  hallaron una solución a los problemas de oxido-reducción. En pocas palabras, permiten dosificar la cantidad de oxígeno que entra a la botella a través del tapón.

Es interesante el caso de Nomacorc. En una cata de vinos cerrados con sus diferentes tapones dosificadores (Series 100, 300 y 500), el mismo vino embotellado el mismo día tenía sabores diferentes según el tapón empleado. Y lo más curioso es que pueden predecirlo, convirtiendo el tapón en una herramienta enológica. Algo que al consumidor podría traerlo sin cuidado, salvo que garantiza beber el vino en su punto justo de evolución. Algo, que ni la tapa a rosca o ni el corcho natural permiten hacer hasta ahora.

Hábitos de consumo
Quienes toman decisiones estéticas en el mundo del vino dudan mucho a la hora de cambiar de tapón. Existe un temor natural a lo que se podría llamar la venganza del consumidor frente a un cambio en la estética del vino. Hay, sin embargo, algunos números que parecen darle la razón a los técnicos antes que al marketing.
Según una investigación realizada por la encuestadora norteamericana Merrill Research, al menos en Estados Unidos, a los consumidores el tapón los tiene sin cuidado. Y aseguran que ocupa el puesto número 9 entre las 10 razones que impulsan la compra del vino. El mismo informe, sin embargo, sostiene que 3 de cada 4 personas se opone a comprar un vino para regalar si tiene tapa a rosca, por la sencilla razón de que puede verla.

En nuestro país se han hecho estudios del mismo tipo, pero no hay nada como la realidad para explicarlo. En líneas de venta masiva el tapón sintético ganó la pulseada sin que el consumidor siquiera lo notara. ¿La razón? Sólo se transforma en tema si falla. Sino, un instante después de abierta la botella a nadie le importa quién era el garante del producto. A nadie, salvo a la bodega que llega a ese momento con el vino en perfectas o pésimas condiciones.

Joaquín Hidalgo

Una versión de esta nota fue publicada en La Mañana de Neuquén el 19 de julio de 2015.

Joaquín Hidalgo
Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros.