Como toda pregunta ingenua, por qué brindamos con alcohol y no con jugos o agua encierra muchas respuestas posibles, pero sobre todo, obliga a ir hacia lo más obvio y preguntarse las cosas que parecen más evidentes y que en el fondo no lo son. Sin ir más lejos: ¿a quién se le ocurrió que la noche del 24 o del 31 de diciembre, a las 00 horas –ni antes ni después– hay que chocar las copas con vino, champagne o cualquier bebida alcohólica y desearnos augurios y buena salud?

La historia viene en nuestra ayuda. Para variar, todos los registros señalan a la antigua Grecia. Más por el hecho de haberlo registrado que por el de haber inventado el rito. Pero nuestros lejanos parientes egeos, dicen las fuentes escritas, tenían por costumbre realizar “libaciones”. Esto es: juntarse a beber en ofrenda a los dioses –o con la excusa de juntarse a beber– y en ese momento, ofrendar un chorrito de la bebida a la tierra en representación de las fuerzas del cosmos. Así, cumplían con el diezmo etílico y apaciguaban sus conciencias ante la caída esporádica de rayos provenientes del Olimpo.

Y si bien babilonios, egipcios y sumerios de clase alta tenían prácticas similares con vino –si damos crédito al historiador Tim Unwin y su libro El Vino y la Viña– la verdad parece estar en un hecho concreto: las bebidas alcohólicas, en tiempos remotos, eran tan escasas como deseadas por su embriaguez, considerada entonces un vehículo hacia lo divino. Otro historiador, Erwin Goodenough, apunta un dato valioso: hacia el IV milenio AC en los pueblos del mediterráneo oriental –de cuyas costumbres somos herederos-, los símbolos de la prosperidad, la vida trascendente y la fertilidad se unieron a la vid y al vino sacramental, sentando las bases duraderas de una síntesis que llega hasta la mesa cotidiana.

Cabe imaginar otra postal, sin embargo. Si por esas cosas de la fortuna algún pariente remoto podía dar con un trago etílico o fruta fermentada, el resto del grupo no tardaría formar un corro para esperar su turno, so pena de mamporro y escarmiento colectivo.

Así, como bonobos negociando por la paz del clan, se habrán ofrecido el elixir para que todos tuvieran su parte, creando así una justicia etílica galvanizada luego en forma de brindis ritual.

Épocas y usos del brindis
Una difundida creencia sostiene que los reyes medievales inventaron el choque de copas para que se mezclaran sus bebidas y evitar así envenenamientos. Esa idea pareciera ser falsa, ya que carece de sustento histórico. Sin embargo, resulta difícil saber cómo nació la práctica de chocar las copas, más allá de reforzar la idea de beber en conjunto o marcar un punto de partida a la celebración.

Menos compleja de explicar es la razón de brindar a la salud de otro. Según fuentes históricas, en tiempos antiguos se bebía a la salud de los reyes. Tan es así, que incluso el emperador Augusto logró que el senado romano decretara la obligación de brindar en su nombre. Una idea que luego fue repetida en la historia, ya fuera como tragedia o como simple fotocopia.

Más curioso es el caso de la tradición anglosajona. En inglés, brindar se dice “toast”, igual que tostada. Y, en efecto, hacia fines del medioevo existía la costumbre entre nobles de saborizar el vino empleando una tostada con especias. La razón es técnica: el carbón del pan se llevaba los malos olores y sabores, mientras que le aportaba los deseados que llevara a la sazón. Desde el siglo XVI, siguiendo a las fuentes, el destinatario del brindis tenía que comerse la tostada en un efecto litúrgico para cerrar el acto. Así, “to toast” es el término inglés para brindar, aunque la ingesta del pan haya caído en desuso.

El término español, sin embargo, tiene varias raíces. La más difundida indica que proviene de las lenguas germanas, que acuñaron la frase “ich brind dir’s”, que se traduce literalmente como “yo te lo ofrezco”. ¿Cómo llegó al español moderno? Se habría colado en el castellano renacentista, en tiempos de Carlos V, de la mano de las invasiones germanas a Italia en el silgo XVI, cuando tomaron la ciudad y saquearon el vaticano.

Con todo, una verdadera curiosidad es el uso onomatopéyico de la palabra chin-chin, que en todo el mundo representa la idea del brindis, al traducir el golpe del cristal a un sonido universal. En todo el mundo salvo en el Japón: allí, chinchin significa pene. Con lo que recomendamos tener cuidado a la hora de brindar con los hijos del sol naciente.

El curioso caso del brindis en el zapato
Hace poco una marca de champagne –Le Rituel- sacó a la venta una copa brindis que emula un zapato de taco aguja. Se trata de un glamoroso honor a la costumbre establecida en los burdeles de Chicago hacia 1900. La leyenda cuenta que el príncipe Henry de Prusia, asiduo visitante de lupanares, presenció una noche de frenesí cómo a una de las señoritas que bailaban cancán se le escurría un zapato y cruzaba al vuelo el salón, hasta dar con la botella de su majestad. Cundió un silencio de horror. Impertérrito, Henry tomó el zapato y vertió champagne en él, que luego bebió con un gesto displicente de concordia. Como muchas costumbres fundadas en los alcahuetes de un príncipe, en los locos años veinte enraizó la idea de cortejar a una señorita bebiendo champagne de su zapato. Por suerte habría caído en un higiénico olvido.
Joaquín Hidalgo

Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros.