¿Por qué beber vinos blancos? En el país de los tintos nadie se pregunta de qué color se bebe el vino. Se da por descontado que un tomador de vinos es un bebedor de tintos. Pero nada más lejos de la realidad. En particular en verano, cuando el cuerpo pide frescura para cerrar el día. Pide una cuota de perfume, y pide una copa que no entorpezca las comidas.
Por eso en verano el vino blanco es la opción perfecta y cada vez más consumidores están decididos a elegirlo.
De hecho, además de una alta gama cada vez más sólida en oferta de sabores que se traduce en más consumidores, el mercado de vinos blancos es parte del motor de creciente consumo de vinos.
En la primera mitad de 2021, por ejemplo, el consumo de blancos creció 11,8% respecto de igual período de 2020. Las proyecciones daban un mismo fenómeno para el cierre del año pasado.
No obstante, existe un prejuicio de color y otro histórico. De color, porque el tinto domina hoy la demanda –no era así hace 50 años–; histórico, porque los blancos de otro tiempo eran poco atractivos, como también lo eran los tintos. Entonces, ¿por qué beber vinos blancos hoy?
Puestos a vencer esos dos prejuicios y a conquistar nuevos paladares, listamos a continuación las 7 razones por las que darle una oportunidad a los blancos y enamorarse de ellos.
¿Por qué beber vinos blancos?
1. Más transparentes. Los blancos son vinos que se ofrecen sin que uno los indague. A diferencia de los tintos, que requieren sesudos sondeos de nariz para descubrir si se está probando tal o cual varietal, los blancos son precisos en lo que dan.
Incluso en su varietalidad: un Sauvignon Blanc siempre será herbal y cítrico, con algún componente de pomelo o de maracuyá; un Torrontés siempre será floral, con una pizca de azahar y rosas; un Chardonnay podrá variar del ananá a la manzana verde, pero no se corre de ahí aún cuando sea poco aromático. Y esa condición hace que los bebedores nos sintamos confiados. Que hagamos escuela probando vinos que se explican solos. Razón 1 para saber por qué beber vinos blancos.
2. Refrescantes para el verano. Desde ya. En tiempos en que los termómetros baten récords, tener una botella de un Sauvignon Blanc en la heladera es un signo de urbanidad, de un sano volver a casa. Saber que cuando pase el día y lleguen las siete, las ocho de la tarde (en verano), uno se puede relajar y beber una copa refrescante predispone de otra manera. Es como un premio o un mimo que baja la térmica. Eso si descontamos que además sirven como aperitivos perfectos, claro.
3. Para abrir el apetito. Dicho lo anterior, conviene apuntarse con una copa de Chardonnay previa a las comidas. El truco es servirla con unos daditos de queso de cabra, con olivas negras e incluso unas papitas fritas. El contraste entre la sal y la frescura del vino, apuntalada por un perfume frutal, sirve para encender la boca.
En ese sentido, sea que se preparan unas láminas de jamón, se unta una tostada con queso crema, se sirven unos dados de mortadela o incluso se corta un queso de los más olorosos –un Camembert de corazón cremoso, por ejemplo–, los blancos operan como una chispa helada que prende el motor del apetito, mientas que copa a copa funciona el cebador para llevar todo en ralentí hasta la cena.
4. Diversos en sabor. Es una verdad irrefutable para justificar por qué beber vinos blancos. Mientras que los tintos son en su inmensa mayoría frutales (sean ciruelas, arándanos o grosellas), y a veces resultan especiados y hasta cárnicos, los blancos tienen una paleta de sabores amplísima: los hay claramente florales, claramente frutales (de ananá a peras y manzanas, pasando por damascos y hasta melón, limón y pomelo), otros son definitivamente herbales, y unos pocos recuerdan a trazos de kerosén, petróleo y otros hidrocarburos.
Ya sabemos: no parecen muy tentadores, pero lo son. Sólo hay que probar un Riesling añoso alguna vez en la vida y sumergirse en ese mundo insospechado.
5. Más baratos. A igual línea de vinos, pongamos reserva, tinto y blanco suelen tener una diferencia a favor de este último. Y cuanto más arriba uno va en precio, más se nota. Con un plus: mientras en los tintos el spread de precios es amplio, en los blancos -por su transparencia y sencillez- todo se consume en pocos rangos. Con algunas excepciones, desde ya.
6. Maridajes cotidianos. Como no hay taninos, ni maderas exageradas, ni asperezas, ni potencia etílica, ni estructura, ni manierismos concentrados, los blancos van con casi todas las comidas cotidianas. Desde fritos (la milanesa es el mejor ejemplo), a salteados de verdura; desde un cuadril jugoso a una pechuga magra; desde un ceviche a una bondiola braseada; con una ensalada de zanahoria y huevo a una de atún con corazones de alcauciles. Con sus márgenes entre varietales, un blanco siempre va. En particular un Chardonnay.
7. Dulces y secos. Entre los blancos hay rangos de dulzuras marcadas. Están los blancos secos, que son chispeantes y nerviosos a veces, y están los blancos más bien dulces, que ofrecen un empalago que se diluye en la frescura. Estos últimos están claramente identificados como tardíos, dulces naturales o dulces a secas. Para un o una amante de las golosinas, una tentación líquida.



