“En La Universal, fin de la noche, moscato, pizza y fainá, moscato y pizza…”. El estribillo de Memphis La Blusera convirtió en himno lo que durante décadas fue un ritual porteño: vaso frío de vino dulce, porción de muzza humeante y fainá al paso.
El moscato, servido en jarra o directamente de damajuana, no era un vino de culto ni de guarda sino parte del paisaje. Con el tiempo quedó encapsulado en esa postal ochentosa, pero hoy, lejos de evaporarse, empieza a volver a las cartas de pizzerías y bodegones de Buenos Aires, ya no como reliquia sino como elección consciente.
Algunos nunca lo soltaron. En Güerrín, Banchero, El Cuartito y Las Cuartetas, sobre la Avenida Corrientes, el moscato sigue siendo una opción natural para acompañar la clásica de muzzarella, sosteniendo una tradición que atraviesa generaciones.
Pero otros fueron un paso más allá: La Casa Blanca de Habana decidió asociarse con una bodega para desarrollar su propio moscato, una etiqueta pensada a medida de su identidad, que pronto se replicó en Copetín y Club Kimberley.
En ORNO, el vino dulce reaparece en la carta como parte de una mirada contemporánea sobre la cocina italiana porteña, mientras que en Furore lo piden los turistas.
Y en Casa Bellucci además de ofrecer moscatos de pequeños productores, el espacio se presenta directamente como “moscatería” y lo integra en cócteles de autor, llevándolo del vaso de bodegón a la barra.

Casa Bellucci, la primera moscatería porteña
La novedad más explícita de este revival tiene dirección en el barrio de Parque Chacabuco. En una esquina con casi 90 años de historia, dentro de un edificio patrimonial que supo albergar una fábrica vinculada al universo apícola, abrió Casa Bellucci.
El proyecto, impulsado por Eduardo “Cabito” Massa Alcántara junto a Guillermo Busquiazo, Javier Labaké y José Villar, no es simplemente una casa de pastas y pizzas contemporáneas sino que se define, deliberadamente, como moscatería.
El rescate no es solo discursivo. El espacio conserva pisos, estanterías y estructuras originales, con una gran biblioteca de madera oscura que evoca antigua despensa, horno a leña a la vista y una atmósfera que combina con el bodegón clásico sin caer en la escenografía.
Pero el gesto identitario está en la bebida: “El moscato es parte de la tradición porteña. Wine bar hay muchos y muy buenos. Moscatería hay una sola”, resume Javier Labaké, chef y socio.
La selección incluye moscatos clásicos tintos y blancos, versiones más sutiles y espumantes importados. No abundan los productores, admite Labaké, pero el equipo intenta reunir a todos los que trabajan la variedad.
En la carta general conviven blancos, naranjos, tintos y espumosos, aunque el moscato asume un rol protagónico, especialmente en la barra. Allí aparece en distintas texturas: como base infusionada, en reducción para salsas o integrado a almíbares con miel, en un guiño al pasado apícola del edificio.
La reinterpretación más evidente está en la coctelería. El Moscato de Verano —con moscato infusionado, naranja, albahaca y tónica— se ofrece por copa o en jarra, actualizando la vieja costumbre del vino frío compartido.
El Penimoscato combina whisky, limón, almíbar de moscato y miel; incluso el tiramisú de la casa incorpora el vino como sello diferencial. “El moscato es de paladar dulce y muy generoso para los cócteles, porque endulza naturalmente las infusiones”, explica Labaké.
Así, el vaso de damajuana se desplaza hacia la barra de autor sin perder su ADN popular: tradición y resignificación en una misma copa.
Momenti, el moscato que conquistó Villa Pueyrredón y Devoto
En el barrio porteño de Villa Pueyrredón la recuperación del moscato toma forma de etiqueta propia. En La Casa Blanca de Habana, pizzería histórica reabierta en 2024 por Walter García Díaz y Martín Coiro, el vino dulce no es un complemento más dentro de una carta extensa porque es parte del corazón del proyecto.
“En nuestra forma de ver la gastronomía, pensamos que menos es más”, explica Walter. La decisión fue acotar la oferta de vinos tradicionales y concentrar energía en desarrollar un producto propio que se mimetizara con la identidad del lugar.
La intuición partió de una pregunta simple. Si durante décadas el maridaje natural fue pizza, fainá y moscato, ¿por qué la nueva ola de pizzerías, muchas de impronta napolitana, dejó de poner el foco en esa bebida?.
“Nos intrigaba que nadie estuviera trabajando el moscato. Pensábamos que estaba fuera de rueda, fuera de mercado”, reconoce. En un contexto donde vermuterías y barras de gin tonic revitalizaron categorías históricas, decidieron hacer lo propio con un vino que, para muchos, era directamente una incógnita. “La gente más joven no conocía ni la palabra”, dice.
Así nació Momenti, un vino dulce natural elaborado a partir de uva moscato, desarrollado junto a Bodega Foster Lorca. “Nosotros aportamos la visión comercial y la experiencia gastronómica, la parte técnica la desarrollaron ellos”, detalla Walter.
El objetivo no era replicar el perfil licoroso tradicional sino ofrecer una versión más fresca y ligera, pensada para tomar bien fría. El resultado fue un producto que se ofrece por copa o botella y que también se integra en dos versiones frescas y veraniegas: Moscatoni con lima-limón y jugo de limón, y Momenti Spritz, con tónica y limón.
El proyecto, sin embargo, fue mutando sobre la marcha. “Cuando venía alguien de otra generación esperaba el moscato clásico, el famoso Crotta”, cuenta García Díaz. La respuesta fue ampliar la propuesta y trabajar ambas versiones: la etiqueta joven y fresca, y el perfil tradicional que remite a la damajuana.
El resultado superó la experiencia inicial y terminó expandiéndose a otros espacios del grupo.
En el bodegón del Club Kimberley, en Villa Devoto, el moscato de la casa convive con parrilla y milanesas. En cambio, en Copetín, bar de impronta retro, se integra a la lógica del aperitivo y el encuentro.
“Entendimos que la bebida es parte central de la experiencia. Uno cuando sale, come y toma”, resume Walter. Así, lo que empezó como un diferencial para una pizzería terminó convirtiéndose en un pequeño ecosistema donde el moscato circula entre horno, brasas y barra.
Ezequiel Ortigoza: “Sumamos el moscato porque los turistas lo pedían”
Si en la Avenida Corrientes el moscato es herencia, en el universo napolitano su presencia no es tan evidente. La pizza de fermentación larga, bordes inflados y centro húmedo suele acompañarse con cerveza liviana, muchas veces italiana, o con un aperitivo como el Aperol.
Sin embargo, en Furore, la etiqueta dulce terminó ganándose un lugar en la carta por una razón menos técnica y más cultural: el pedido insistente del público.
Detrás del proyecto están Ezequiel Ortigoza y Damián Mármol. Ambos son campeones en distintos estilos, uno en la acrobacia FreeStyle del Trofeo Caputo en Nápoles en 2024 y el otro en la categoría pizza italiana en el Campeonato Nacional de APYCE en 2022. Juntos abrieron Furore, una marca que mira a Salerno, de donde toma su nombre, pero que enciende fuegos en pleno microcentro porteño.
“Nosotros hacemos pizza napolitana y no es muy tradicional comerla con moscato. Se toma más con birra italiana o con algún aperitivo”, reconoce Ortigoza. Pero el hábito argentino pesa: “La gente relaciona mucho la pizza con el moscato. Nos lo empezaron a pedir, desde todas las edades”.
El fenómeno se intensificó con los turistas que llegaban a Buenos Aires con la consigna de probar “moscato con fugazzeta» como los que se sirven en Güerrín, El Cuartito o Las Cuartetas y desembocan en una pizzería napolitana.
“Vienen y preguntan: ‘¿Moscato tienen para probar?’”, relata. Así, casi por demanda espontánea, el vino dulce se incorporó a la carta. No como guiño nostálgico sino como puente entre dos tradiciones: la napolitana técnica y la porteña afectiva.
Vino y pizza, una tendencia que no para de crecer
“El maridaje entre pizza y vino tiene una raíz profundamente cultural en Argentina. Más allá de las reglas tradicionales del vino, lo que lo define acá es la costumbre: los argentinos solemos acompañar la cena con una copa de vino, sea cual sea el plato. Así, la pizza —tan popular como el vino— se convirtió naturalmente en su compañera habitual. No es tanto una combinación pensada, sino una forma de vivir y compartir la mesa”, afirma Guadalupe García, directora creativa de ORNO.
Esa forma de vivir la mesa, lejos de diluirse, hoy se resignifica y crece. En un contexto donde la pizza atraviesa una nueva expansión, con estilos napolitanos, al taglio y relecturas contemporáneas, el vino vuelve a ocupar un lugar central.
En la esquina porteña de Guatemala y Gurruchaga, esa lógica se traduce en una carta que supera las 25 etiquetas y combina clásicos argentinos con elecciones menos obvias, como el Cara Sur Moscatel Blanco de Cara Sur, elaborado en el Valle de Calingasta, San Juan: floral, fresco y con textura, un blanco que marida con la masa y el horno sin perder identidad.