Marcelo Canatella tenía 27 años, dos de recibido y una pregunta bastante lógica. Frente a un paisaje pedregoso del Valle de Uco, miraba las dificultades para perforar, instalar riego y plantar un viñedo y le insistía a Michel Rolland: Mendoza ofrecía lugares mucho más sencillos para hacer aquello.
Rolland se reía y mantenía la decisión.
“Estos franceses, pudiendo hacerlo en cualquier lado, vienen a hacer el viñedo acá”, recuerda que pensaba Canatella mientras trabajaba en el nacimiento de Clos de los Siete. Aquella zona que veía agreste terminó convertida en uno de los polos vitícolas más reconocidos de Mendoza.
La anécdota resume bastante bien su carrera. Canatella lleva tres décadas caminando viñedos argentinos, participó en proyectos que ayudaron a modificar el mapa del vino local y todavía conserva una saludable costumbre: desconfiar de las certezas.
Hoy, además, decidió abrir la tranquera. Desde su web, Instagram y su canal de YouTube comparte videos sobre poda, riego, suelos, plantación, maquinaria y problemas cotidianos del viñedo. Su canal apunta tanto a profesionales como a aficionados y propone mostrar aciertos y errores recogidos durante sus recorridas. En su sitio resume su método en cuatro acciones: observar, medir, interpretar y actuar.
De Clos de los Siete a Gualtallary
Canatella se graduó como ingeniero agrónomo en la Universidad Nacional de Cuyo en 1995 y trabaja en viticultura de alta gama desde 1998\. Entre otros roles, pasó cerca de una década como gerente de producción de Clos de los Siete y luego continuó como asesor de proyectos en distintas regiones del país.
Ese recorrido le permitió presenciar el crecimiento del Valle de Uco desde una posición privilegiada.
Uno de sus recuerdos más claros llega de Gualtallary hacia 2006 y 2007. Después de años trabajando en Campo Los Andes, empezó a implantar un viñedo en aquella zona alta de Tupungato y encontró algo diferente en sus suelos y temperaturas. Catena y Chandon ya habían plantado allí, pero la fama que vendría después todavía no había explotado.
“Sentí internamente que era una zona que podía tener después lo que tuvo”, cuenta.
Su mapa personal de Argentina, sin embargo, no termina en Mendoza. Cuando le proponemos elegir diez hectáreas para plantar con libertad absoluta, se resiste a concentrarlas. Repartiría el proyecto entre zonas altas mendocinas, Río Negro, Cafayate, Jujuy y regiones de influencia oceánica, buscando una variedad adecuada para cada paisaje.
Ese entusiasmo también explica dos vinos que lo sorprendieron: un Albariño de Costa & Pampa, en la costa bonaerense, y un Sauvignon Blanc todavía inédito de un proyecto que asesora en Uspallata, a 2.000 metros. Ambos, dice, le hicieron repensar lo que Argentina podía ofrecer.
El error que todavía recuerda
Las carreras largas también acumulan decisiones que envejecen mal. Canatella identifica una sin rodeos: haber trabajado muchos años con suelos desnudos y herbicidas.
Con el tiempo empezó a observar cómo las coberturas protegían contra erosión y temperatura, y cómo la actividad microbiológica modificaba la relación entre suelo y raíces. Aquello cambió su manera de manejar un viñedo.
“Es algo de lo que me arrepiento”, admite al recordar ese paquete tecnológico.
La confesión resulta reveladora porque explica también su obsesión actual. Después de tres décadas de experiencia, el tema que más estudia es uno sobre el que reconoce saber poco:la microbiología del suelo.
Canatella cree que el manejo de microorganismos puede convertirse en una de las áreas que más modifique la viticultura durante los próximos años. Agricultura regenerativa, raíces y vida del suelo aparecen hoy entre sus principales preguntas.
Caminar sigue siendo parte del trabajo
Sensores, imágenes satelitales y análisis entregan cantidades de información que un agrónomo de los noventa habría mirado con envidia. Canatella sigue confiando en un método mucho más antiguo: caminar.
“Para mí nada reemplaza el caminar un viñedo”, asegura.
Busca algo difícil de encerrar en una planilla: equilibrio. Mira brotes, vigor y raíces. Con los años aprendió a prestar especial atención a esa mitad subterránea de la planta que admite haber ignorado durante parte de su carrera. La tecnología, sostiene, mejora la interpretación; el recorrido permite unir las piezas.
También cambió lo que los enólogos le piden. Hace 25 o 30 años recuerda pedidos para cortar el agua y aumentar concentración, o prolongar la madurez hasta alcanzar determinados perfiles fenólicos. Incluso era menos común que los winemakers salieran a probar uvas parcela por parcela. Esa relación con el viñedo ganó precisión y diálogo.
Canatella amplía también la definición de terroir. Para él, el suelo y el clima explican parte de la identidad; la gente que trabaja la viña completa esa ecuación. Un equipo formado en la fruticultura patagónica aporta saberes diferentes a otro vinculado con cultivos mendocinos. El paisaje incluye manos.
Compartir treinta años de preguntas
Esa idea ayuda a entender su desembarco digital. Canatella ya había llevado su vocación docente a libros y a Vanguarvid, plataforma que cofundó para divulgar contenidos de viticultura y enología. Su web suma publicaciones, materiales formativos y su libro Plantación exitosa de viñedos.
YouTube le permite ahora hacer algo más espontáneo: filmar lo que encuentra mientras recorre fincas. Un problema de poda, una raíz, una máquina mal calibrada o una cobertura pueden convertirse en una clase corta. La idea tiene poco de cátedra y bastante de libreta de campo.
Quizás por eso el proyecto encaja tan bien con el personaje. Canatella atravesó una etapa en la que los viñedos avanzaron hacia nuevas alturas, vio desaparecer fincas de su infancia en Carrodilla y Vistalba bajo la urbanización, aprendió de figuras como Rolland y Carlos Tizio y todavía fantasea con una recorrida junto a Don Antonio Pulenta para preguntarle cómo imaginaba el futuro.
Después de treinta años, sigue caminando para encontrar respuestas. La diferencia es que ahora lleva una cámara en el bolsillo y decidió compartir las preguntas con cualquiera que quiera entrar al viñedo.