Hay un tipo de uvas tintas que vienen en ascenso. Se llaman Criollas y su principal virtud es que ofrecen un paladar delgado y con taninos ligeramente marcados. Es, para describirlo rápidamente, un tinto que se puede beber refrescado y que, a diferencia del grueso de los tintos de la góndola argentina, es más terroso que frutado, más delgado que corpulento, más limpiador de paladar que alquitranoso.
Dicho así, suena a un tipo de vino que no se parece a nada. Y un poco es lo que ofrece. Sucede, y esta es la clave, que los consumidores de vino que ya pasaron por el paladar amplio y confortable del Malbec, y que ya descubrieron las virtudes tersas y frutadas el Pinot Noir, encuentran en las Criollas un paladar algo despeinado que atrapa.
Nótese que hablamos de las Criollas. El plural no es inocente. Bajo ese nombre se esconde uvas que podríamos dividir en dos grupos con características diferentes en sus vinos. Por un lado, la Criolla Chica; por otro, las Criollas Grandes, rosadas, y otras raras como Criolla Número 1 (de la que no hay vinos comerciales aún).
Desambiguando las Criollas
Apuntemos primero a la Criolla Chica. El nombre se debe a que, comparada con otro montón de otras criollas, el grano es pequeño. Y es Criolla más por confusión que por falta de abolengo.
La Criolla Chica no es otra que la uva País, como se la conoce en Chile, la Mission como le llaman en California, o La Listán Prieto, como se la denomina en las islas Canarias, de donde se presume es oriunda.
Implantada por los españoles a su llegada a América, no tardó en expandirse gracias a la rusticidad de su cultivo y la generosidad de sus cosechas. Su color es negro y su perfume moderado se combina con una acidez igualmente baja y una estructura de taninos robusta.
Las otras Criollas son todas hijas de la Chica y alguna otra uva, casi siempre Moscatel de Alejandría. La Criolla Grande y la Cereza, por ejemplo, son uvas de bayas muy grandes y con mucho líquido y poco color, con un inconfundible carácter terroso.
Entre ellas, la Criolla Chica es la más usada para hacer vinos, aunque en nuestro mercado no hay más que unas 320 hectáreas, porque es la que tiene el paladar más definido.
Sin embargo, de las otras también se encuentran vinos en la calle. Estos últimos menos interesantes para mi gusto, pero en general dentro del perfil que describimos al principio: entre poco frutados, terrosos y sencillos, con cierta grata rusticidad de boca.
Tintos de Criolla
Gracias a un paladar fuera de la norma, las Criollas ganaron primero el corazón de unos consumidores estudiosos y luego se hicieron camino entre los bebedores de a pie. Hoy forman una tendencia que encuentra, con altibajos regionales, tintos interesantes.
Un ejemplo es lo que sucede en el NOA. Cultivada en los valles altos, en los patios de las casas o en pérgolas para sombra, allí los enólogos las buscan, elaboran y embotellan. Así llaman la atención los Criolla Chica Sunal 2023, El Esteco 2023, Vallisto Extremo 2022 y Valle Arriba Criollita 2022. A ellos se suma el jujeño Sacha Tigre Criolla Chica 2022.
En Calingasta, San Juan, también hay viñedos antiguos, plantados con otras en mezclas históricas. Algunos de estos tintos ligeros e impuros son delicados y llenos de energía. Es el caso de Cara Sur Criolla Chica 2023 de Calingasta.
En Mendoza hay varias Criollas de diversos pelajes. Están los que se elaboran en el Este con mezclas de Criollas, como Cara Sucia Cereza 2022 y Lagarde Criolla Grande 2023, los dos ligeros y de color moderado. A ellos hay que agregar Criolla Argentina 2023.
Entre Luján y el Valle de Uco, hay otro grupo, entre las que destacan Cadus Criolla Chica 2022, Proyecto Las Compuertas Criolla Chica 2022 y Roca Madre Criolla Chica 2021. A ellos hay que sumarle otras tres Criollas Chicas en versión vinos naturales como Le Petit Voyage 2022, Kung Fu 2023 y La Marchigiana 2023.
No son vinos que estén en supermercados, porque en general son partidas pequeñas. Pero en las vinotecas que buscan vinos curiosos siempre tendrán alguna Criolla para abrir el paladar.
Por el carácter de estos tintos, lo ideal es servirlos un poco fríos. Como en su mayoría no son aromáticos, pero sí texturados, la temperatura fresca subraya esas características y los convierte en perfectos para el verano.
