Un viaje a La Luna. No hace falta despegar un cohete. La maquinaria se pone en funcionamiento y es el siglo XX. Un paseo casual que puede ser como salir de la Tierra y atravesar el tiempo. Es el pasado, mil novecientos y algo todo el tiempo.
Hay una caja registradora con manija, que ya no hace clink; un teléfono negro de los de disco, en desuso, y una radio enorme, con bobinas, que ahora no capta señal. Pero igual se oyen los ecos, una trilogía divina que estuvo en uso al inicio de la historia de este lugar. Y sus sonidos mudos trascienden décadas.
Esta ciencia ficción poética sucede en el Bazar La Luna, que desde hace más de 80 años ocupa la esquina de Tacuarí y México, en el barrio de Monserrat, justo donde limita con San Telmo, en la Ciudad de Buenos Aires, en Argentina, ahora.
El viaje espacial comienza en un edificio histórico de ochava, que guarda tesoros de otro tiempo, pero sirven todavía. La Secretaría de Cultura de la Ciudad, en 1988, lo declaró “testimonio vivo de la memoria ciudadana”. Entrar es casi un festival de “ay, como el que había en lo de mi abuela”, “uh, igual a la infancia”.
Y se prende el motor de reacción autónomo del cohete a fuerza de exprimidores de jugo a palanca, la máquina para hacer pasta, una jamonera, una olla de cobre para fondue, cubiertos irrompibles, aquel plato con diseño campestre en azul, variedades de porcelana, jarras de vidrio para el agua, cristalería, mandolinas de acero, fuentes, loza Johnson Bros, Verbano, Volturno, Marmicoc, oh. Despega.
Se sale de órbita y ya no hay hora, ni año, ni cuándo. Todo está ordenado en estanterías amplias, en dos pasillos que se arman por la hilera central, que es una góndola larga de madera.
Desde la puerta es como un punto de fuga hacia otro tiempo. Al avanzar, el reloj retrocede en la historia entre utensilios de mesa y cocina, como los de antes, de los que duran, pero nuevos. Se flota sin gravedad, llega un aluvión de recuerdos que se agolpan, cubiertos, ollas a presión, calientaplatos, campana sanguchera, botellones, cazuelas, paelleras, todo ordenado prolijamente para la exhibición.
La gran variedad, calidad y precios módicos de Bazar La Luna
El Bazar La Luna, fundado por don Esteban A. Cuevas cuando llegó a la Argentina desde España, en 1926, tiene historia y es historia. Y empieza así, como la cuenta Marcelo, tercera generación detrás del mostrador largo de madera maciza: “Mi abuelo vino de Santander a Buenos Aires muy jovencito. Como muchos inmigrantes llegó sin nada y trabajó en un montón de cosas distintas. Así conoció el rubro”.
“Para independizarse abrió este local. Los primeros quince años -relata- vivió acá, sin baño ni cocina, con mi abuela, mi papá y su hermana Eudosia. Antes, si vos laburabas y laburabas y laburabas tenías una recompensa. Entonces, bueno, finalmente se pudo comprar su casa, que era acá, a media cuadra”.
Esteban padre pasó su vida entera, de delantal gris y boina, en la luna, que le legó a Esteban hijo (Eudosia iba mucho, pero se dedicó a la docencia), que a su vez se la dio a sus tres hijos, y ahora dos se encargan del bazar.
Al principio, cuenta Marcelo, habían apuntado al rubro gastronómico y abastecían a restaurantes, bares, hoteles y empresas. Aún lo hacen. Pero al poco tiempo del inicio, se sumaron los vecinos a la clientela porque buscaban, también, eso que siempre ofrecieron y todavía continúa como un mantra: “Gran variedad, calidad y precios módicos”.
Afuera, en la vidriera, está el logo, una luna con cara sonriente, con trazo de haber sido dibujada a mano, y el nombre del lugar, en cursivas doradas. Es uno de los bazares porteños más antiguos, que además de estar en el mismo lugar por ya 86 años, conserva su estética original.
Podría ser uno de los escenarios de Boquitas Pintadas, de Manuel Puig. El piso de madera, las mismas de siempre, guarda los pasos de tres generaciones: la que vende y las que compran.
Es una luna atiborrada de productos clásicos, que se disponen como en una muestra casi de arte, pero cotidiana. Se puede tocar. Y se debe usar. Cada objeto tiene en su lugar, todo se exhibe organizado en estantes amplios.
Parte importante de la mueblería es del siglo XIX; el resto, de inicios del XX, y hay cajoneras por todas partes, que diseñó Esteban (padre). Y como los techos son altos, sin modificación arquitectónica desde su inauguración, sigue en uso la escalera deslizante, de más de seis metros.
Es altísima, podría llegar a la luna. Pero no, no es por eso el nombre del lugar. Tampoco es que al fundador le interesara la astronomía, cree su nieto a la distancia. Por qué se llama La Luna es algo que quedará para el misterio.
“No me acuerdo por qué le puso así. Me lo preguntan siempre. Alguna vez le habré oído contar a mi abuelo el motivo… Era importante, lo sé, pero ya no sé la respuesta y no quiero inventar”, dice Marcelo, que trabaja en el bazar desde fines de los años 80, cuando dejó la arquitectura y se sumó a ayudar a su padre.
Gabriel y Mariano, sus dos hermanos, también son parte, pero el que abre y cierra cada día, ahora, es Marcelo. De lunes a sábados viaja desde Florida, en Zona Norte, hasta el sur de la capital. No se pone delantal gris ni usa boina. Es una nueva generación. No tiene hijos, pero sí sobrinos, que aunque ahora son muy chicos, supone o espera, un día van a seguir la tradición de mantener esta esquina abierta, dice.
Y aunque ya no sepa el porqué del bautismo, sí tiene a mano todas las respuestas sobre precios, marcas y modelos que quien entre pueda necesitar.
El plato perdido
La clientela es tan fiel al paso del tiempo como el bazar. Entre los hits que buscan vecinos, vecinas y gente que viene desde lejos, están los pingüinos para el vino y “la mejor loza uruguaya”, dicen en el barrio.
Al lugar llegan familias que viven cerca, y también algunas que vuelven, aunque se hayan mudado. “La mayoría de la gente no viene porque justo pasó, suelen ser los de siempre. Ya nos conocen, porque su mamá era clienta o venían de chiquititos con el abuelo”, cuenta Marcelo.
Fuera de esa tradición estable, Marcelo recuerda dos quiebres a la norma. Cuando fue el auge de los programas de cocina por cable en los ´90, que trajo sangre nueva amateur, a buscar utensilios específicos. Y otra, cuando aún no estaba el Metrobús, y había dos líneas de colectivos que pasaban por la puerta. “De repente entraba alguien y te decía que siempre nos veía de camino al trabajo, pero un día decidió parar. Y quedaba encantado con lo que teníamos”, dice.
Lo que más se vende en Bazar La Luna, explican los hermanos Cuevas, son platos, copas, cubiertos, cacerolas, pizzeras, torteras y pavas. “Igual ahora está complicada la reposición de mercadería, no solo lo que es importado porque faltan dólares, sino los productos nacionales también. Desde que arrancó la pandemia, a los proveedores les cuesta conseguir materia prima”, explica Marcelo.
Perdurar en el tiempo es un trabajo de hormiga, que implica constancia, amor y astucia: “Tratamos de mantener una continuidad en la mercadería, incluso de cosas que por ahí se venden poco. Mucha gente viene a buscar un plato que se le rompió de un juego. Y acá está. Y aunque tenemos también, en algunos casos, lo que está en tendencia, seguimos buscando lo clásico, la calidad”.
“Por ejemplo, aunque ahora casi todo el mundo toma en copones, siempre hay distintos tamaños de copas, como la presidente, la de agua, aflautadas… Si tu mamá quiere seguir con lo mismo de siempre, lo va a encontrar acá, salvo que esté en falta. Aunque me compren una cada mil, lo repongo”, explica Marcelo.
Precios a la vista
Es un mediodía tranquilo y el sol que entra por la vidriera rebota en las maderas oscuras del interior. Adentro el clima es fresco. Un murmullo de vajilla, cristalería, accesorios para repostería, tazas de todos los tamaños, cacerolas de barro, jarras de cerámica, tintinea sobre la superficie lunar. Es el siglo XX, ahora.
La modernidad y las redes han traído la impráctica costumbre de ocultar los precios. No se sabe nunca cuánto sale nada. Si alguien pregunta en alguna red social, el comentario suele ser “Te respondo por privado”. En el Bazar La Luna, en cambio, sigue vigente la práctica pasada del cartelito con el valor de cada cosa.
Así como el abuelo, laborioso, escribía a mano cada una de las etiquetas de los artículos de Bazar La Luna, ahora los nietos ponen, en sus páginas de Instagram y Facebook, el valor de cada producto que muestran, con fotos que sacan ellos, con su celular. El precio a la vista es, en el mundo de los Cuevas, otra tradición que sigue.
A principios del siglo pasado, llegó la luna al sur porteño, lleva tres generaciones en pie y mira el futuro con calma, porque ahí estuvo, está y seguirá. El lugar, propiedad de Cuevas y CIA SRL, como dice el cartel de la entrada, es una firma familiar, con abuelo, hijos y nietos que crecen entre artículos de cocina, pero en realidad son artífices de una máquina para viajar en el tiempo que se llama Bazar La Luna.
GPS: Bazar La Luna, Tacuarí 601, CABA. Abierto de lunes a viernes de 10 a 17, y sábados de 10 a 13.



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