En un asado reciente un amigo formuló una pregunta interesante. Mientras servía de la batallada jarra pingüino un vaso de tinto fragante, filosofó: ¿Y si fuese un cisne? ¿Por qué no es otro animal?”.

Está claro que no se trataba ni del primer vaso, ni de la primera pavada que nos encendía el brillo de la curiosidad en esa cena. Pero a diferencia de otras preguntas que pasan como el agua, esta que era de vino se planteó con seriedad. Tanto, que nos pusimos a googlear.

La sinuosa marcha de la jarra pingüino

La historia repetida en webs y blogs, y repetida como una fake news, asegura que la jarra pingüino es un invento rioplatense, como se suele afirmar del dulce de leche y los alfajores. Para más datos, sería la genialidad de ciertos alfareros italianos que, puestos a servir el vino en un recipiente más práctico que la damajuana o la bordelesa, idearon una jarra que fuera fácil de rellenar y tuviera un pico dosificador. ¡Eureka! Una jarra pingüino.

jarra pingüino
En 1936 Emile Arthur Schuelke diseñó para la colección de la casa de lujo Napier una coctelera de plata con forma de pingüino art decó. ¿Cómo se convirtió en ícono del vino argentino?

A favor de esta historia hay algunos elementos que le dan sustento. Dos parecen los más verosímiles. Uno, que hasta 1990 el vino se podía vender al menudeo y que, para agilizar su servicio en fondas y restaurantes, la jarra pingüino ofrecía la medida justa en versiones ¼, ½ y 1 litro. 

La otra parte es que, en efecto, a lo largo de la historia se usaron cantidad de recipientes para la misma función, aunque con diversas formas.

Basta mirar la tradición catalana de porrones de vino –aún vigente–, donde una suerte de alcuza de vidrio emplea un largo pico para dosificar el chorro de tinto que llega a la boca. O la bota española. Cualquiera sea el caso, el misterio planteado seguía sin respuesta. ¿Por qué un pingüino?

 

Vasijas zoomorfas

Que el pingüino triunfó sobre otras especies a la hora de servir, es un hecho. Sobre las mesas de bodegones, en los quinchos del barrio y en las estanterías de antigüedades urbanas se alza la figura retacona del ave que no vuela, pero embriaga. Y ahí va otro dato: el pingüino sólo se usa para el vino.

Con todo, en la historia de las jarras de vino hay desde elefantes –la trompa es elocuente embudo– hasta búhos, cisnes y garzas –otra vez el pico aporta una solución al escanciado–, mientras que en algunas colecciones de mayólicas se observan desde serpientes y sapos a jirafas y monos. Estos últimos, claro está, rescatados más por el exotismo que por la forma de sus cuerpos. 

En esa misma línea, a nadie se le ocurrió usar un hipopótamo o una almeja, aunque no carezcan de méritos para el rubro ceniceros y afines.

Pero volviendo al problema central, si fueron unos alfareros italianos, por qué no usaron algún animal europeo, un águila o una cigüeña. Y de paso no resignaban la diéresis tan sonora. Insistimos: ¿por qué un pingüino?

A esta altura de la noche, mi amigo, ya con un brillo de zozobra en los ojos, sentenció: “Porque viene del Polo Sur y refuerza la imagen de frescura, de frío –dijo, y añadió melodramático–: touché”.

 

La otra historia

Días más tarde y puestos a indagar en serio, el pingüino puede recoger otra tradición. Una, con nombre y apellido de diseño. En 1936 un tal Emile Arthur Schuelke (1901–1986) diseñó para la colección de la casa de lujo Napier una coctelera de plata con forma de pingüino art decó cuya patente comercial es D-101559. La elección de Schuelke, sin embargo, no fue azarosa.

Según explica The Royal Collection Trust, se trató de una edición especial lanzada para la New York World’s Fair donde la atracción central de la expo era una Antártida en miniatura en la que (polémico) se exhibían 50 pingüinos verdaderos llevados para la ocasión.

El nombre de la instalación era “Admiral Byrd’s Penguin Island”, donde Byrd es el apellido del explorador Rear Admiral Richard Byrd Jr (1888–1957), quien para esa época gozaba de prestigio por sus aventuras antárticas. Y, hubiera sido lógico, por hacer coincidir casi por completo su documento con su vocación por las aves.

La coctelera en cuestión –donde tiene sentido la idea de frío, no así en el vino, que se toma a temperaturas moderadas– es una pieza deliciosa en la que no es difícil observar los lineamientos básicos del pingüino como jarra de vino. 

El hecho de que no existiera hasta la década de 1940 el pingüino vinero local, refuerza otra hipótesis: la de que fue, como tantas otras cosas, una pícara apropiación argenta, émula del dulce de leche y los alfajores, contada luego para la tribuna en clave de triunfo autóctono. 

Puede que no sea cierto, concedemos. Pero qué seductora hipótesis. ¿Touché?

 

Joaquín Hidalgo
Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros.