Antes de que en Argentina se pusiera el ojo en las singularidades de las indicaciones geográficas (IG), y mucho antes incluso de que el Valle de Uco fuera una meca para el vino, en un remoto rincón de San Carlos, justo hasta donde llegó el tendido del ferrocarril, se establecía en 1890 Bodega la Celia. Primero fue una estancia dedicada a las pasturas, el ganado y los caballos, pero al poco tiempo se convirtió en una de las pioneras en la vitivinicultura de la región.

Tanta anticipación hizo que Bodega La Celia tuviera hoy una singularidad: en la medida en que la región progresó y se consolidó, fue dividida primero en términos políticos –San Carlos del resto de los departamentos– y luego en términos vitícolas. 

Así, la finca de la que se nutre la bodega atraviesa tres de las IG’s que hoy suenan en Uco: el mismo paño de vid tiene una parte plantada en Paraje Altamira, otra en La Consulta y una tercera y más vieja en Eugenio Bustos.

Mirar el mapa no alcanza para comprender esa singularidad, ya de por sí inusual. Es que este viñedo en la triple frontera, por así decirlo, ofrece dentro de una misma lonja de 6km de largo y 2km en su punto más ancho los tres suelos que hicieron famosa a cada una de las regiones que la integran.

Bodega La Celia

“En 2013 arrancamos a estudiar los suelos de la finca –dice Andrea Ferreyra, enóloga de la casa– porque nos dábamos cuenta de que precisábamos trabajar la finca al detalle si queríamos obtener perfiles diferenciados de vinos”. 

Esta decisión hoy, a la luz de los nuevos vinos de terroir de Bodega La Celia, parece perfectamente lógica, pero en aquel entonces era algo más bien de avanzada.

Sucede que la finca está orientada hacia el este-oeste, por lo que asciende hacia la montaña levemente: desde los 980 hasta los 1.100 metros. La altura no es la variable más importante en ese desplazamiento, sino cómo cambian los suelos de acuerdo a su formación. 

La parte más alta coincide con el abanico aluvial del río Tunuyán, y por lo tanto con suelos de gravas con abundantes cantos rodados; la parte más baja, con los depósitos fluviales donde casi no hay piedras en la zona que exploran las raíces y abundan las arcillas. 

Agustín Leiva, agrónomo de Bodega La Celia, lo pone blanco sobre negro: “Es una finca grande, con mucha heterogeneidad que hasta entonces no habíamos estudiado, pero que ahora conocemos al detalle y nos permite hacer hoy un manejo diferenciado entre variedades y suelos posibles”.

Bodega La Celia

Diferenciar para precisar en Bodega La Celia

Tener 500 hectáreas en la triple frontera, de las que 380 están plantadas, implica conocer detalles que en otras propiedades no es necesario. Sobre todo después de que Paraje Altamira fuera escindido de La Consulta, apelando a una segmentación de suelos diferentes. 

Es por eso que el estudio emprendido desde 2013 acarreó algunas transformaciones sustanciales para Bodega La Celia. 

La más significativa fue pensar el modo de elaborar cada una de las fracciones de la finca de acuerdo al tipo de suelo que tenían. 

“Hasta ese momento pensábamos más en protocolos para cada variedad. Desde entonces empezamos a trabajar con procesos de elaboración segmentados a cada fracción de la finca”, explica Andrea Ferreyra. Los resultados no tardaron en sorprender y fueron el puntapié de los vinos de terroir que presentó recientemente la bodega.

Con viñedos que en promedio tienen 20 años, pero que fueron plantados en diferentes momentos y con algunos ajustes técnicos, la realidad de la bodega fue interpretar para adaptarse a la viña y no al revés. Por eso la realidad de la finca en la triple frontera es la siguiente:

Eugenio Bustos: con 5500 plantas de Cabernet Sauvignon por hectárea, a 980 metros, ofrece suelos profundos y hasta 1,6 metro no hay rocas; la textura es franco arcillo a limo arenosos. “En pocas palabras, son suelos que retienen humedad, más fríos y más oscuros”, describe Agustín Leiva. “Con mejor intercambio de nutrientes”, aclara, lo que explica que las plantas se vean más felices. La autorregulación para lograr el equilibrio “es con menos riego, menos fertilización, con verdeo en el suelo”, suma el agrónomo.

Desde el punto de vista de la enología, Ferreyra apuesta por “maceraciones más largas, que suman graso en el vino, con un poco de astringencia que luego disminuye y aparece la parte sucrosa, y con textura tersa. Es el que mejor se lleva con la madera”, dice la enóloga.

Bodega La Celia

La Consulta, Cabernet Franc con 5500 plantas por hectárea, sobre un suelo intermedio, franco arenoso, en el que a los 80 cm empieza a haber cantos rodados. “Rocas coloreadas, tipo La Consulta, con diferentes minerales”, aporta Leiva. Es el mejor de los dos mundos. Un poco el promedio de las otras dos zonas, entre restrictivo y con buen vigor.

“Desarrollamos un modelo de elaboración en el que estiramos el tiempo de maceración, fermentamos a temperaturas más altas, de 28°C, para extraer taninos reactivos que requieren cierta afinación luego en botella”, dice Ferreyra. La realidad del Franc da buena cuenta de ello.

Paraje Altamira, con Malbec de 3300 plantas por hectárea y plantadas a 1100 metros, en una fracción de la finca que ofrece mayor concentración de carbonato de calcio recubriendo las rocas. Hay rocas en toda la superficie, hasta los 20cm. “La planta está balanceada por escasez de vigor”, dice Leiva.

En ese contexto restrictivo, “trabajamos maceraciones más cortas y buscamos hacer movimientos de vinos más tranquilos y en fase acuosa (sin alcohol), con temperaturas de 24°C”, especifica Ferreyra.

Aquí la crianza es lo más cuidada posible. Con recipientes grandes, para que la madera no le gane el trazo al vino, más delicado.

La línea Terroir de La Celia da cuenta de esas diferencias. Al trabajar con polígonos aislados en cada uno de los viñedos, y no combinándolos como sucede con el resto de los vinos la casa, lo que obtienen de una singularidad geográfica es una ventaja en la elaboración. Estos primeros ejemplares de terroir en la triple frontera son apenas el paso inicial de una larga saga de entendimiento y precisión.