Pocas cosas definen tanto la compra de una botella de vino como una buena etiqueta. Sea para un vino de venta muy masiva como para uno exclusivo de altísima gama. Y en eso, las bodegas dedican buena parte de su tiempo y recursos, mientras que los consumidores, con un golpe de ojos, podemos quedar enamorados o decepcionados.

Pero si esa relación asimétrica parecería propia de los vinos, comparada con las obras de arte se descubren varias similitudes: mientras que un artista puede estar años hasta desarrollar una técnica y tantos más para pintar una obra maestra, los miles de visitantes de un museo pasan sin reparar en la profundidad de ese esfuerzo. Pero algunos sí reparan. Igual que con las botellas de vino.

Por eso, a lo largo de los años, arte y vino tienen una larga relación, desde el mecenazgo a la contratación de obras para las etiquetas. Ese camino, sin embargo, tiene momentos de alto vuelo y otros más rasantes.

El pionero y sus salieris
Ya lo dijimos, la línea que une arte y vino es larga y prolífica. A la hora de las etiquetas, sin embargo, es bastante más corta. Al parecer fue Chateau Mouton Rothschild el primero en estampar una obra de arte en la etiqueta de un vino.

Sucedió en 1924 cuando, para esa vendimia del clásico de Burdeos, montó un poster de Jean Carlu, elegido en 1918 como mejor diseñador en París. La historia de Carlu es en sí  interesante: el mismo día que fue ungido prócer del diseño perdió la mano con la que dibujaba en una accidente automovilístico. Como buena historia, tiene algo de tragicómica.

Mouton Rothschild, sin embargo, retomó la idea de poner obras por encargo en sus etiquetas recién 1945. Desde entonces, cada cosecha, el vino lleva un cuadro en sus etiquetas, por las que pasaron capos de la talla de Dalí, Braque, Miró, Kandisnsk y Picasso, por citar algunos vanguardistas del siglo XX con los que la famosa casa de vinos marcó tendencia.

Con esta tradición, el famoso chateau inauguró un sello que ha tenido y tiene buena lista de Salieris, parafraseando a León Gico. Tal como el compositor enemigo de Mozzart, Antonio Salieri, muchas otras bodegas copiaron y expandieron la propuesta del arte en sus etiquetas hacia nuevos y delicados horizontes.

En nuestro mercado, Saint Felicient se ubica entre las pioneras, cuando lanzó su primer vino en 1963 con una obra encargada al pintor mendocino Carlos Alonso. Lo siguieron, Navarro Correas con sus series que incluyeron Polesello, Lockett y Noé, entre otros, para la clásica línea Colección Privada. La misma Saint Felicien retomó la idea pero ahora como tributos a Soldi, Testa y Brascó. De hecho, reimprimió la etiqueta histórica que envolvía la botella.

El exquisito caso Le Parc
No obstante, entre las botellas que más llaman la atención por el doble rol innovador del diseño y del homenaje artístico, por lejos destaca Rutini Antología Julio Le Parc 2012, un homenaje al artista mendocino que aún despeina intelectos por el mundo. Este vino fue, de hecho, servido la semana en el coctel de honor al artista cuando Francia condecoró a Le Parc con la Orden de las Artes.

Para quienes alguna vez jugamos con los ingeniosos mecanismos de este mendocino maestro del arte cinético –que, dicho sea de paso, hasta el 18 de noviembre tiene su mayor retrospectiva en el CCK en Buenos Aires– la botella de Rutini es una obra digna de contemplación: espejada, viene dentro de un estuche en el que unas líneas blancas trazan curvas sobre un fondo negro, curvas que son copiadas por la botella, donde dibujan una clara y evidente cintura en cuyo punto más estrecho se lee Julio Le Parc.

La botella, una edición única de 2000 unidades, fue creada en conjunto entre el artista y los diseñadores Zemma & Ruiz Moreno, e inspirada en la famosa obra titulada Desplazamientos (1967). Se podría decir que es un trabajo de niños y orfebres al mismo tiempo. El vino es un Malbec que combina uvas de Paraje Altamira y Gualtallary, de un perfil complejo y de buen porte.

¿Pintar con vino?
En la vereda de enfrente a las etiquetas que toman del arte sus motivos están los artistas que pintan con vino. La idea no es especialmente novedosa: si los vinos de altura tiene mucho color violeta y rojo, usarlos como se usan las acuarelas no parece descabellado. El truco está en que, una vez que se oxida, queda un ligero marrón borravino. En nuestro país, maestros de la técnica son los mendocions Mema Hanon, Martín Rodríguez y Titina Contardi, pero basta una visita por Instagram bajo el hashtag #winepainting para darse una idea de lo que decimos.

Joaquín Hidalgo
Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros.