¿Cuándo una tendencia se convierte en una realidad de mercado? Difícil saberlo. Pero si tomamos el ejemplo de los vinos dulces en nuestro medio, cuyo recorrido va desde un producto del que nadie hablaba en términos serios hace unos años hasta convertirse hoy en el punto más caliente de la góndola, la diferencia entre tendencia y realidad queda perfectamente plasmada.

Sin ir más lejos, en lo que va del año, aparecieron marcas clásicas con propuestas dulces –el flamante Latitud 33 Dulce, por ejemplo- o marcas nuevas con propuestas sweet, como DADÁ Art Malbec, Marló y Aimé, cada una en su estilo, pero con el mismo acento en la dulzura.
No hablamos de vinos tardíos. Hablamos de un nuevo universo de consumo que pica entre los dulces naturales y los vinos para coctelería. No es un fenómeno único de argentina. En el mundo despunta ahora una categoría de espumosos llamados Ice –en nuestro mercado ya estaba Chandon Délice, pero los primeros importados llegan ahora de la mano de Freixenet Ice– que son, en pocas palabras, espumosos con menos presión y más azúcar, de modo que unas rocas de hielo, una rodaja de pepino o unas hojas de albahaca basta para reinventarlo como un trago.

Así las cosas, hoy la góndola del vino dulce –dejando de lado los tardíos, que es otro tipo de especialidad– ofrece dos vertientes de consumo: por un lado, la de los vinos tranquilos, blancos, rosados y tintos, donde el paladar dulce va desde una ligera sensación golosa a francas golosinas; por otro, la de los espumosos.

Wine sweet wine

Como esos viejos felpudos de los dibujos animados, en donde se leía Home sweet home, los vinos dulces en todas sus variantes marcan una reconfortante puerta de entrada para un consumidor nuevo, que no entiende ni le interesa el código formal del vino. Se trata de beber un producto que recree, ahora con alcohol, el universo grato de las bebidas dulces con las que se formaron: gaseosas, jugoso y aguas saborizadas de todo tipo. Y en eso, funcionan como un lugar amable en el que acercarse al vino.
Lo que le incomoda al mundo sobrio y formal del vino, por eso no habla de los productos dulces con plena seguridad, es que el desafío para un buen productor es hacer el mejor vino posible, conseguir el balance perfecto, sin azúcar. ¿La razón? Porque el dulzor enmascara toda falencia.
Sin embargo, la plataforma de comunicación propuesta por Bodega Norton –uno de los grandes productores de vinos edulcorados– fue para este año “Somos dulces”, lo que supone un giro copernicano en la materia. ¿Por qué sucede ahora? Porque el negocio de la dulzura cobró vuelo propio. Tanto, que no hay ya una bodega en nuestro mercado que no ofrezca alguna versión de vinos dulces para los nuevos consumidores acostumbrados a las golosinas.

Los estilos de dulzura

En materia de vinos dulces naturales –es decir, sin agregado de azúcar, sino obtenidos con la que trae la uva– hay algunos pioneros estilísticos claros. Familia Zuccardi hizo punta junto con Norton, cada una con una etiqueta que llegaría a ser legendaria: Santa Julia Chenin Dulce Natural para el primero; Cosecha Tardía para el Segundo. Dos marcas lanzadas con el cambio del milenio.
En el universo de las burbujas, en cambio, Familia Schroeder, fue la primera en apostar abiertamente por la dulzura con Deseado en 2004, que batió –y bate– récords de venta cada año. Un camino seguido luego por casi todos los productores de espumosos.
Desde ellos hasta la fecha, infinidad de marcas hicieron un giro dulce. Lo curioso del momento en el que vivimos es que, luego del prematuro lanzamiento DADÁ I, II y III en 2012, emerge ahora una góndola de vinos dulces que no se venden como tales. Los flamantes Aimé y King Malbec, de bodega Ruca Malén y Norton respectivamente, y el más atrincherado Esperado de Callia, van en esa línea. O lo que sucede con los Alamos o Durigutti, ambos Moscatel de Alejandría, que tiene su dulzura evidente.
Así las cosas, el azúcar se cuela fuerte en la góndola local. Para unos, es un acierto que salvará al mercado; otros, observan algo horrorizados el crecimiento del dulzor en el ámbito sobrio y seco del vino. En cualquier caso, una cosa es segura: ya no es más una tendencia, la dulzura llegó para quedarse.

Dulzura & Cocktails

Detrás del crecimiento de la oferta dulce, se esconde una nueva intención para los productores de vino: colarse en la barra de la cocterlía direta, tipo Julep. Se elaboran vinos y espumosos de fragancia notable y paladar goloso, de forma que el hielo y un garnish extra –albahaca, piel de naranja o lima, una rodaja de pepino– no diluya su espíritu. En esa línea Chandon Délice, Dadá, Emilia Dulce, Navarro Correas Dulcet, Freixenet Ice, Dilema y Crapriccio, exploran las barras.