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Este verano estuve por Mendoza. Para mí, que soy un viajero del vino, transitar algunas de las rutas más clásicas es retroceder en el tiempo y revivir aquellos primeros lances en esta industria. Es, también, constatar el paso del tiempo y los adelantos y retrocesos de un negocio apasionante.

Este año, sin embargo, descubrí algo insospechado. Viajé con mi mujer e hijos y, a cada tramo de la ruta, me descubrí contando historias de la tierra adentro, explicando detalles del sistema de riego, del clima y de las familias que hicieron y hacen el vino argentino: desde los tomeros que abren el surco al agua a los viñateros que atan las vides al alambre, de los podadores que eligen los sarmientos a los cosechadores que cortan el racimo y lo cargan al hombro, de los agrónomos, enólogos, laboratoristas y operarios que imprimen tiempo y vida a sus vino. A cada pregunta de mi familia, había un dato que yo podía aportar sobre ese viñedo, aquel canal o sobre las montañas que elevaban sus perfiles quebrados sobre el horizonte de vides.

Fue mi mujer la que comenzó a descubrir, y yo con ella, que algunas de las botellas que habíamos compartido en Buenos Aires tenían un sitio más allá de la ventanilla del auto. Que aquel Chardonnay que tanto nos gustaba provenía de ese viñedo. Que el Cabernet Franc cuya botella recordábamos entornando los ojos, provenía de atrás de aquella loma, donde se adivinaba el techo de una bodega entre unos álamos. Y que algunos de sus Malbec favoritos, los de La Consulta, nacían en una región imprecisa en la geografía del valle de Uco, pero perfectamente reconocible en el paladar sus aromas y la gracia de sus taninos.

Mientras manejaba y hablábamos de cada detalle del paisaje y de los vinos que ahí nacen caí en la cuenta de que eso es, precisamente, el sentido de lugar del que tanto se habla. Algo muy simple. Que una botella pueda contar cosas. Mejor: que uno pueda hablar con la botella como con ciertos monumentos, estatuas mudas hasta que uno los completa con la historia, es el sentido del lugar en el vino. Todo lo que uno puede completar de una botella. Y para eso hay que conocer. Conocer del lugar, conocer la gente que hace y bebe el vino.

Conocer: un verbo muy vasto, tanto que se vacía cuanto más se lo llena. Y con el terroir, con el sentido de lugar, pasa exactamente eso: más se sabe sobre sus misterios, más se detallan las razones para un sabor, más profundo e inabarcable se vuelve. Por eso, mientras recorría esas altas alamedas de Luján de Cuyo o cruzábamos los abiertos campos soleados de Chacayes o Gualtallary, cada botella bebida era una forma de abrirle una ventana al paisaje, de clavarle una chinche con una postal personal. Lo llenábamos de historias nuestras para conocer y conocernos. Y al mismo tiempo, con los vinos y su lugar nos conocíamos cada vez más y cada vez menos.

Joaquín Hidalgo

Joaquín Hidalgo
Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros.