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Una tendencia que gana peso en el mundo: recuperar las cepas autóctonas y los vinos tradicionales. Un plan noble que busca poner en valor el patrimonio de cada país y dejar de lado los estándares que propuso la globalización, como una suerte de revisionismo en la góndola del vino,buscando las novedades del futuro precisamente en el pasado.
Entre los países cercanos, un caso interesante es lo que sucede en Chile. Desde hace unos años han comenzado a rescatar su cepa País, el equivalente a la Criolla en Argentina, para elaborar vinos de calidad. Esta puesta en valor de viejos viñedos ya ofrece una veintena de etiquetas que marcan una diferencia sensorial que vale la pena experimentar.
En esa sintonía, los hermanos Bugallo junto Sebastián Zuccardi lanzaron hace dos años Cara Sur Criolla (2014, $140), a partir de un antiguo parral sanjuanino. Un tinto fresco que se asemeja en cierto modo a un Pinot Noir rústico y ya despierta pasiones. Pero por el momento, son los únicos de los que tenemos noticia que estén en plan rescate a la Criolla.
Sin embargo, no hace falta que las uvas sean nativas para revalorizarlas. En nuestro país hay varietales exóticos que supieron ser las favoritas del mercado antes de la reconversión de la década de 1990. Hablamos de uvas con más de un siglo de historia en el país, hoy invisibles en el cono de sombra de los grandes tintos for export.
Y en este plan de revisionismo vínico, conviene poner el ojo en los siguientes varietales que hace tiempo resisten las modas y las tendencias y que sostienen, con moderado éxito, su lugar en el mercado.
Barbera. Una de las cepas más cultivadas en Italia, en nuestro país apenas cubre 600 hectáreas. Un dato curiosos si tenemos en cuenta la importancia de la cultura italiana en en la Argentina, principalmente para el ámbito vitivinícola. Uva con buena reputación y un pasado de grandes clásicos de la góndola, sus vinos son amables, sencillos y versátiles pero también pueden robustos y complejos e ideales para la guarda, según cómo se la elabore. Enfocados en la calidad, Norton Varietales (2012, $50) está pensado para el descorche diario por su suavidad y sabor frutal, mientras que para paladares más exigentes está el Escorihuela Gascón Pequeñas Producciones (2009, $220), nacido en un viejo viñedo de Agrelo, ofrece altos decibeles gustativos para una larga sobremesa.
Tempranillo. A principios del 2000, en nuestro país se pronosticaba un futuro de gloria para la reina de la vitivinicultura española. Vinos como Zuccardi Q ayudaron a posicionarla en lo más alto del podio hasta que se topó con un obstáculo, el boom del Malbec. Fue entonces que los consumidores dejaron de seguirle el paso y la industria se olvidó del tema. Por suerte aún existen ejemplares gloriosos. Así como sucede en la madre patria, en suelo argentino da todo tipo de vinos, desde masivos y cotidianos hasta lujosos tintos de guarda. Bodega Séptima (2012, $90) ofrece un coloso entre los accesibles e ideales para carnes y platos otoñales, al igual que Finca La Linda (2013, $120). En una expresión fresca y sabrosa Altocedro Año Cero (2011, $160), que propone un upgrade interesante al varietal, para cerrar el seleccionado de Tempranillo locales, el siempre vigente Zuccardi Q (2010, $200) que mejora soberbiamente con la estiba y no tiene nada que envidiarle a los más reputados de España.
Sangiovese. Icono de los mejores vinos toscanos, en el país perdió superficie y mercado durante la última década. Sin embargo, las bodegas que aún lo comercializan afirman que existe un séquito de fieles seguidores a nivel local. Como en Italia, ofrece vinos de una intensa expresión frutal, con paladar medio y fresco. El tiempo en botella le sienta bien por lo que es bueno beberlo añoso. Con unos cinco años en el mercado, Tercos (2013, $90), elaborado por la familia Santos, es un compañero inmejorable para fiambres y picadas domingueras. Pero cuando el menú demanda algo más potente, hay dos que valen la pena: Benegas Estate (2009, $180) y Escorihuela Gascón (2011, $150), vinos que dentro de la alta gama y a la medida de un antojo.
Semillón. Hace veinte años era de los blancos más vendidos de la Argentina. Pero el furor por los tintos, libró al Semillóna su suerte, y quedó relegado a las bases de espumosos y solo algunos lo mantuvieron como varietal. Pero es inevitable que cada vez que alguien descorcha una botella no se impresione por sabor. ¿Cuáles probar? Ricardo Santos (2013, $135) es un ícono de lo simple, con paso fluido y refrescante que se lleva muy bien con frituras de mar, quesos y pescados. Otro es Nieto Senetiner DOC (2013, $120), primer blanco argentino con Denominación de Origen. O el sanrafaelino Iaccarini (2013, $120), elaborado por la bodega homónima. Entre los que modernizaron su estilo vale la pena buscar el patagónico Jovem (2014, $98), del enólogo Marcelo Miras, o la rareza de su par Matías Michelini, Vía Revolucionaria Hulk (2014, $95), embotellado con borras que le dan textura y complejidad.
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Chenin. Es común que a esta cepa se la trate como un varietal menor, sin embargo con sus vinos se han escrito muchas páginas de la historia mundial. En Argentina su superficie se ha achicado considerablemente en los últimos veinte años, aún así hay unas 2000 hectáreas que ofrecen vinos fresco y fáciles de beber. Resultan blancos en nada pretenciosos, que gustan y aseguran siempre un buen acuerdo, tanto gastronómico como en precio-calidad. Entre los pocos disponibles destacan Alfredo Roca Fincas (2013, $90) y Jean Rivier (2013, $90), ambos de San Rafael, y el clásico blanco Montchenot (2014, $100), uno de los históricos de la góndola.
Alejandro Iglesias
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