Ya lo decía Napoleón: “en la victoria uno merece el champagne y en la derrota lo necesita”. Y a horas de la batalla definitiva de este mundial que ha deparado más sorpresas de las esperadas, y con un tenso desenlace en las semifinales con un inolvidable 7 a 1 reciente a Brasil de parte del seleccionado que enfrentaremos el domingo 13 por la tarde, la frase de Bonaparte es algo poco más que justa, sino premonitoria.
Porque a la hora de las grandes victorias, y de su contracara la derrota, sólo una bebida se consagró enel mundo como el estimulante o el antidepresivo adecuado: el champagne, mejor conocido en nuestro país como champán o vino espumoso, a falta de mejor nombre. La razón para esta fama hay que bucearla en la historia.
Cuando fue inventado, hacia el siglo XVII en Réims, Francia, el champagne fue una bebida de reyes y acaudalados, que encontraban en las burbujas la chispa que encendía sus fiestas y llenaba las horas de tedio. No es para menos: por dos siglos el champagne fue la única bebida espumosa en el prestigioso mundo del vino. Y Réims, en la planicie norte de París, una región en la que todas las coronas de Europa depositaron sus anhelos.
Exótica, fragante y de rica frescura, esta bebida de reyes se convirtió en un símbolo de pertenencia. Y así como se cuenta que Napoleón no iba al frente sin su cargamento de botellas por si las moscas, también es cierto que los Nazis confiscaron todas las botellas que pudieron durante la ocupación en la segunda Guerra Mundial. Y si bien los ejércitos brindaron por sus dudosos triunfos, también debieron apurarlas en sus rotundos fracasos.
Porque alegra el alma, porque la llena de energía vital y porque la nubla de ambiciones y sueños rotos, las burbujas se convirtieron con el correr de los siglos en el emblema a la hora del brindis: cuando se bota un barco, cuando se gana una carrera de fórmula uno, cuando se recibe un nuevo año o se brinda por una ocasión especial, siempre hay una botella de burbujas animando la velada.
Una burbuja para cada paladar
En nuestro país, se los elaboran desde principios del silgo XX. Y no es un dato menor que fuera de Europa somos el primer productor y consumidor de burbujas. Algo que en los últimos años produjo, además, una serie de nuevos estilos de espumosos: los hay secos –como los clásicos Nature o Extra Brut- o bien dulces, como los que hoy pueblan la góndola como novedades.
Así estarán los brindis filosos y de acidez chispeante, como los que se pueden conseguir como Nature o Brut Nature, bien adecuados para una celebración en la que no quepan los empalagos: Cruzat Nature, María Codorníu Nature. O bien, brindis dulces y aromáticos, perfectos para bajar un regusto amargo, como son los accesibles Norton Cosecha Tardía y o el más exclusivo Deseado.
Aunque también hay una tercera variante, entre los que podremos contar una buena tanda de Extra Brut locales, que ofrecen una paladar intermedio, como Novecento Cuvée y Freixenet X, entre los accesibles, o Saurus y Nieto Senetiner un poco más arriba en precio. Serán los vinos perfectos para todos los que celebren haber llegado a la final, más allá del resultado de este último partido.
Burbujas para la picada
Con todo, un buen espumoso es perfecto para acompañar una picadita al final el partido. De ahí que no hace falta pensar en ni en la cena: con unos buenos quesitos blandos –como cremoso y brie-, unas tostadas y algunas olivas negras ya hay un plan perfecto. Ni qué hablar de un jamón crudo equilibrado –es decir, que no sea salobre- o una mortadela refinada, cuyo tenor graso contrapesen la chispa que encienden las burbujas en el paladar.
Cualquiera sea el caso, una cosa queda clara. Este domingo sobrarán motivos para descorchar un buen espumoso y brindar: tanto por los 24 años de ausencia en esta instancia, como por la selección que creció en el mundial y que consiguió con esfuerzo, como por es alegría extra de saber que nuestro rival histórico y regional quedó fuera antes y por paliza. Motivos para brindar sobran.