La ley de etiquetado es el tema del momento en cuestiones de alimentación. Son unos simbolitos de fondo negro que aparecerían en los paquetes que se acomoden en cada góndola del país. Un detalle. Sin embargo, concentran las miradas como imanes poderosos.
Es que en Argentina se debate en estas semanas un proyecto de ley de etiquetado que ilusiona a muchos (Ley 33245) y tiene en vilo a todos como consumidores. Un cambio lento pero certero opera en la reglamentación del etiquetado obligatorio en el continente, con la discusión sobre la implementación de octágonos que advierten del exceso de azúcar, grasas y sodio, pero también alertan sobre los riesgos de que los niños consuman productos con cafeína y edulcorantes.
El informe presentado por la Comisión Nacional de Alimentos (Conal) hace dos años planteaba una fuerte recomendación de “no avanzar de manera unilateral y señalar el entorpecimiento del comercio que generaría poner en vigencia” la medida.
Pero con el argumento de “acompañar las normas vigentes para el resto del Mercosur que ya prevén la obligación de incluir el rotulado nutricional en los alimentos” y de “no faltar a compromisos asumidos a nivel internacional”, la ley de etiquetado hoy está siendo promovida por los ministerios de Salud, de Agricultura, Ganadería y Pesca, y de Desarrollo Productivo.
El proyecto de ley de etiquetado recibió un fuerte apoyo por parte de la sociedad civil, cocineros, periodistas y público en general en redes sociales, aunque generó revuelo entre productores.
Epidemia
No hay compromiso más importante que el que el Estado tiene, o debería tener, con la salud pública, en particular en un contexto como el actual en el que la obesidad ha llegado a convertirse en una epidemia mundial.
El país no es la excepción, como lo muestran las recientes estadísticas publicadas por la Organización Mundial de la Salud. En Argentina, más de la mitad de la población (53.4%) tiene exceso de peso en algún grado; 4 de cada 10 adultos tiene sobrepeso y 2 de cada 10, obesidad. Y estas son tan solo algunas cifras en las que no se incluyen a los menores ni tampoco las complicaciones derivadas de este tipo de enfermedades.
Este es el motivo por el que resulta polémico que una medida como ésta, que podría impactar en los hábitos relacionados con la salud y la prevención de enfermedades crónicas no transmisibles, principal causa de muerte en el país, sea cuestionada en algunas provincias como Tucumán, donde piden no “demonizar” ciertos alimentos como el azúcar -eje de la economía local.
La Argentina viene siendo, tristemente, un mal ejemplo en la región a la par de Uruguay, donde se iba a implementar esta ley y con argumentos similares se demoró. De hecho, las nuevas etiquetas debían entrar en vigencia el 1° de marzo pasado, pero el gobierno lo postergó hasta febrero de 2021.
¿Qué pide la ley de etiquetado?
Si una persona toma entre 150 y 200 decisiones basadas en hábitos y normas sociales por día, pero sólo es consciente de una fracción de las que adopta sobre los alimentos que adquiere (tal como explicó Brian Wansink, investigador estadounidense experto en comportamiento del consumidor), ¿no sería lógico facilitarle esa tarea?
Un etiquetado que provea la información real y clara podría generar cambios en la toma de decisión sobre el producto que esa persona va a llevar a su hogar o poner en la mesa para que su familia coma. Por eso figuras mediáticas como los cocineros Narda Lepes o Donato De Santis piden por un rotulado simple, de fácil comprensión, pero contundente. Son precisamente los octógonos negros que por ejemplo México ya tiene en marcha.
Es un etiquetado más potente que su antecesor, logrado en Chile en 2016, porque pondría en riesgo el mayor mercado de la industria ya que los productos ultraprocesados estarían en el mismo nivel de daño que el alcohol y el tabaco.
Quizás por eso la oposición es tanta en algunos países y el lobby político continúa en México, como cuentan en el excelente informe realizado por la periodista Kennia Velázquez del Laboratorio de Periodismo y Opinión Pública en Guanajuato para Bocado.Lat. Los miembros de la entidad, de la mano de la periodista argentina Soledad Barruti estuvieron publicando algunos videos alusivos en redes sociales.
Otro tema no menor a tener en cuenta, referenciado por Barruti, es el vínculo entre corporaciones y comunidad científica, ya que muchas empresas invierten grandes sumas en financiar “estudios” para hacer ver a sus productos como inocuos y subsidian a asociaciones médicas que los promueven.
Cartoons y otros anzuelos
Es sabido que la imagen, la tipografía y el tipo de embalaje pueden generar en los consumidores respuestas emocionales que nublen el juicio. Colores brillantes, motivos lúdicos y personajes de dibujos animados en el envase pueden influir en la elección de un producto alimenticio, motivo también según numerosos estudios por el que en varios países ya están prohibidos estos tipos de empaques y publicidades. Es por eso que resultan fundamentales estas advertencias en productos cuyo target son los niños y adolescentes. Por eso es central el debate de la ley de etiquetado.
“Pareciera que recién ahora lo entendimos: la mala alimentación mata”, dice Velázquez en relación a la idea de que enfrentamos una pandemia dentro de otra: la del COVID montada encima de una de obesidad que países como México padecen hace años.
“La OPS ha advertido que la alta incidencia de diabetes, hipertensión y padecimientos renales pone en riesgo a 1 de cada 3 personas en el continente -186 millones de latinoamericanos- que podrían enfermar gravemente de COVID-19”, agrega.
Desde el jardín
Tomar dimensión del daño que generan algunos de estos productos, sobre todo ahora en pandemia cuando es necesario incorporar alimentos que refuercen el sistema inmunológico, abre la puerta a otras discusiones estructurales que tienen que ver con la educación en general e inclusive también con la formación de los profesionales.
“Hay una falla de educación desde los jardines de infantes hasta el nivel universitario. En la carrera de Medicina y en la de Nutrición creo que a nadie se les enseña correctamente el impacto de los alimentos en el organismo. Por suerte hay profesionales que se están cuestionando esto. Pero la mayoría tiene conflicto de intereses porque al estar apadrinados por la industria a veces queda de lado lo realmente urgente”, explica la chef, divulgadora y biomédica Make Oyarzo Salazar.
Según datos de la consultora internacional Nielsen, desde que el coronavirus empezó a extenderse en Argentina, la venta de postres congelados aumentó un 860% y la carne en lata, 184%.
«Asumimos que necesitamos estar saludables e incluso elevar la inmunidad, pero nuestra estrategia para enfrentar la nueva amenaza es –y ha sido desde el primer momento– salir a supermercados, abastecernos de productos ultraprocesados (…) Al mismo tiempo, desplazamos el consumo de frutas y verduras hacia su mínima expresión, como si el verdadero desafío fuera cómo sobrevivir al encierro y no como enfrentar un virus con estos cuerpos que somos«, continúa Velázquez.
Redes y derechos de la ley de etiquetado
De todas maneras, hay un corolario positivo: las redes sociales son un territorio donde las corporaciones están perdiendo grip con más y más figuras alineándose a difundir este tema que hoy ya está sobre el tapete. Además, se ha demostrado que con el etiquetado pertinente la gente deja de comprar, o reduce la proporción, productos que le hacen mal a la salud.
Por otro lado, según la encuesta nacional realizada por Quiddity, 9 de cada 10 argentinos consideran muy o bastante importante que exista una ley de etiquetado de alimentos (la base fueron 1.200 personas de todo el país, y se hizo entre fines de septiembre y principios de octubre).
“Al día de hoy no he visto ni un solo mensaje de alguien lamentándose porque los sellos le hayan quitado la venda de los ojos y sí a muchos celebrando que podrán ejercer su derecho a saber”, asegura Velázquez.
Mientras Chile, Perú, México y Brasil ya tienen distintos sistemas funcionando, y otros países como Costa Rica, República Dominicana y Colombia (con un reciente fallo histórico) avanzan hacia eso, la pregunta es, ¿qué sucederá en el Congreso argentino con la ley de etiquetado?
“Cambiar los hábitos alimentarios es posible, y modificar materias primas desde mi experiencia es un hecho. Yo duermo tranquila porque sé que a mis comensales y a mis alumnos en las clases les ofrezco productos que no dañan el organismo. Solo es cuestión de enfocarnos en lo realmente importante. Nos falta muchísimo para lograr que los consumidores obtengan realmente productos de calidad. El etiquetado frontal es excelente, es el puntapié inicial para –cierra Oyarzo- abrir el debate y para que como ciudadanos empecemos a exigir alimentos de calidad”.