viñedos respetuosos de la naturaleza

Se multiplican los viñedos que respetan el marco natural donde fueron plantados

Curvas e islas de vides entre la vegetación nativa conforman el nuevo diseño de las plantaciones, que no invaden bosques ni senderos. Por qué esta movida es clave para dar sabor con personalidad.

ABC del vino, Vinos

Un movimiento importante viene cobrando fuerza en materia de viñedos: las plantaciones respetuosas de la naturaleza que estaba antes de la llegada de las viñas.

El aspecto de estas nuevas plantaciones está lejos de ser una postal racional, como el viejo damero, y en su diseño ofrece una estética completamente inusual con curvas e islas de vides entre la vegetación nativa.

Donde quiera haya un pequeño bosque de chañares, por ejemplo, se respeta esa franja de naturaleza. Si hay un corredor que sirve para conectar dos áreas verdes, allí no se planta ni desmonta.

Y si se trata de recuperar espacios naturales en un viñedo antiguo, en la medida en que las plantas mueren nadie se ocupa de plantarlas, de forma que se recupera en ese espacio la flora y fauna nativa.

Si para muestra basta un botón, sólo en 2023 he asistido a la plantación de tres fincas en ese sentido. Uno, el flamante viñedo Désiré, de Bodegas CARO, joint venture entre las familias Catena y Rothschild, en San Pablo, Valle de Uco.

El segundo fue el viñedo en la zona de Monasterio en Gualtallary, Tupungato, diseñado y plantado por vinos Raquis. Y el tercero, las plantaciones en Valle de Azul que lleva adelante Casa Pirque en Río Negro, al pie de la barda. Estos viñedos, lejos de ser excepciones, son la nueva regla.

El viñedo Désiré de Bodegas CARO.

Flora nativa

En la presentación de Désiré, Saskia de Rothschild, hoy al frente del negocio vitícola de la legendaria familia de Burdeos, me decía que también en el famoso viñedo de Pauillac del que proviene Lafite, trabajan en pos de respetar la naturaleza.

“Estamos armando una serie de corredores biológicos. Para eso, resignamos hectáreas de viña para darle vida al viñedo”, comentó. Plantan la viña siguiendo un dibujo que dejan esos mismos corredores, por lo que adquiere una forma irregular.

La idea es interesante. En el fondo, propone una búsqueda de identidad gustativa reforzando la naturaleza que es parte activa de ese sabor.

Facundo Impagliazzo, responsable vitícola de Raquis, lo pone blanco sobre negro: “Nuestro viñedo de Monasterio será el primero en Argentina en que no haremos desmonte alguno. Nuestra idea es que las plantas del lugar aporten al sabor del vino y para eso hemos plantado intercalando la vid con la flora nativa”, dice.

El viñedo en cuestión, en plena plantación por estos días en una de las cerrilladas de Gualtallary, luce igual a cuando no había allí viña. Incluso las mangueras de riego van enterradas para que no se vean.

Ahí hay una idea poderosa, que excede lo meramente paisajístico. Es la búsqueda de un sabor que convive y se nutre de una naturaleza que, por ello mismo, pasa a ser una aliada a la que hay que comprender antes que una enemiga a domesticar. Ese cambio de paradigma es un giro copernicano.

Laura Catena junto a Saskia de Rothschild.

Regenerar para dar sabor

Del otro lado de la cordillera, en Isla de Maipo, en 2022 asistí a uno de esos cambios de paradigma. Viña Tarapacá, histórica en la región, decidió dejar la viticultura convencional y virar hacia una orgánica.

El cambio no parece significativo, a no ser por un punto clave: son 611 hectáreas en los faldeos de la Cantillana, una reserva natural lindante con el viñedo.

“Decidimos no plantar más viña donde podíamos recuperar la flora nativa y dejamos corredores biológicos que conecten las áreas del cerro para que pájaros, zorros y roedores tengan un camino seguro para desplazarse”, me explicó Sebastián Ruiz, enólogo de la casa.

El Valle Central es rico en una biodiversidad que la agricultura y la presión demográfica están consumiendo. Tarapacá inició el cambio en 2020, y dos años después los pájaros habían vuelto a la zona.

De este lado, una compañía como Argento desarrolla su Matriz Viva, un proyecto de investigación y agricultura regenerativa que persigue los mismos objetivos en su viñedo de Agrelo, Luján de Cuyo.

Vista de arriba, la finca está lejos de ser homogénea en su disposición y tiene islas de flora nativa entreverada.

Estos dos ejemplos sirven para demarcar un escenario de concientización y están lejos de ser únicos. Las motivaciones podrían ser muchas, pero la fundamental es el vino.

Lai dea es que las plantas del lugar aporten al sabor del vino.

El sabor cambia

Hay varios estudios en el mundo que explican la interacción aromática del vino con su entorno. Los avances en viticultura regenerativa, además, vinculan la vida subterránea con ese mismo efecto.

Es algo difícil de ponderar para los consumidores, pero que ofrece sutilezas y matices que suman energía al vino. Podría sintetizarse en este desplazamiento: un viñedo con vida ofrece un vino con más energía y sabor.

Como catador aún no he encontrado una explicación satisfactoria a este asunto, pero puedo comprobar que, cuando hay pájaros y animales en un viñedo, es porque hay insectos y hierbas de las que alimentarse.

En suma, hay vida más allá del viñedo. Casi siempre esos vinos son más interesantes y vibrantes.

Por eso, estas nuevas plantaciones ofrecen un camino interesante. Lejos de la maximización del lucro –que lo persiguen, desde ya– están ponderando la variable de identidad y sabor a través de un marco natural.

Claro que cambia la escala del negocio. Pero puestos a elegir, es el mejor camino.

Autor

  • Joaquín Hidalgo

    Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta con formatos y habla sin rodeos de lo que le gusta y lo que no. Lleva más de veinte años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en medios nacionales, como La Nación y La Mañana de Neuquén. Desde 2019 es el crítico para Sudamérica de Vinous.com (EE.UU.).

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