Patricio Zárate

Patricio Zárate: primer argentino en el podio del Premio Vila Viniteca de Cata por Parejas

Historia, estudio y carácter: el sommelier argentino que llevó la cata a ciegas al límite.

Vinos

Vinos

El tercer puesto en el 18º Premio Vila Viniteca de Cata por Parejas suena espectacular. Y lo es. Sobre todo porque convierte a Patricio Zárate en el primer argentino en subir al podio de uno de los concursos de cata más exigentes de Europa.

Pero cuando nos sentamos a conversar con él, el foco se corre rápidamente del resultado hacia el proceso. “Cuando decidimos apuntarnos, teníamos dos cosas en mente: pasarlo bien y tomar la competencia en serio”, cuenta. 

Y agrega: “Aunque suene contradictorio, se puede disfrutar algo y hacerlo seriamente, sin tener un pico de estrés en el medio”.

En Barcelona, 124 parejas cataron 7 vinos a ciegas en 90 minutos, identificando región, denominación, uvas, añada y productor. En la final, solo 10 parejas y otros 7 vinos, menos tiempo y la élite europea enfrente. 

El premio mayor fue para dos Master of Wine. Zárate y su compañero, Alberto Ruffoni, quedaron terceros. Pero la historia no empieza ahí.

Patricio Zárate y su compañero, Alberto Ruffoni
Patricio Zárate y su compañero, Alberto Ruffoni.

La trattoria, el hermano y la revelación

“Me dediqué a la gastronomía por vocación”, dice. Antes de estudiar sommellerie había pasado por Licenciatura en Turismo, Economía y hasta Dirección y Guión para Cine. Nada parecía definitivo.

“Siempre me gustó leer, la geografía, los viajes, la cultura y contar historias. Y el vino reúne todo eso, además del servicio cara a cara”, define.

Cuando Patricio tenía 17 o 18 años, su hermano Diego regresó de Italia y abrió una trattoria en La Plata. “Claro, puso a su hermano de camarero”, recuerda entre risas. “Aunque -confiesa- apenas podía llevar un plato con las dos manos”.

Lo que parecía un trabajo circunstancial fue revelador: “Hacer servicio en un restaurante es complicadísimo. Coordinás psicología, producto y tiempos bajo presión con gente que apenas conocés”. 

A los pocos meses entendió que se le daba bien. Y empezó a viajar por el mundo financiando sus estudios siempre desde la sala.

Tiene incluso una teoría: “Si todos trabajáramos al menos un tiempo en sala, aprenderíamos lo que es la empatía y seríamos una sociedad mejor”.

El rol de su hermano fue clave. Diego no solo lo introdujo en el mundo profesional, sino que luego sería el puente hacia España.

España y 20.000 botellas

Zárate decidió formalizar su vocación estudiando en el Centro Argentino de Vinos y Espirituosas (CAVE), en Buenos Aires. Mientras cursaba, viajaba por temporadas a España, donde su hermano trabajaba en El Capricho, en Castilla y León.

“Cuando José Gordon – propietario de El Capricho – se enteró de que estaba estudiando vino, me ofreció trabajar por temporadas. Aquello fue un empujón enorme”.

Y no exagera. La cava del restaurante supera las 20.000 botellas, con más de 3.500 referencias y vinos que llegan hasta 1908. “Tenía a mano todos los vinos que estaba estudiando”, explica. Para un estudiante de sommellerie, eso era oro puro.

El momento en que se anunció el podio.

Adaptarse o quedar fuera

En los últimos años vivió y trabajó en Madrid, Megève (Francia), O Grove (Galicia), Jiménez de Jamuz (Castilla y León) y finalmente Barcelona. Cada región con su cultura, su clientela y sus denominaciones.

“Lo desafiante fue aprender a adaptarme”, dice. “El mundo del vino está en un proceso muy dinámico. Lo que pensaste que hoy entendías, mañana toma otra dirección”.


Actualmente, Patricio integra el equipo de Cocina Hermanos Torres, tres estrellas Michelin. “Quienes vienen a cenar esperan una experiencia. Y está en nosotros cumplirla”, se desafía.

Describe el restaurante como una nave industrial convertida en teatro, con la cocina en el centro y los clientes viendo todo en tiempo real. “Es un tres estrellas del siglo XXI: sin resignar protocolo, pero con cercanía genuina”.

La carta de vinos es un universo: miles de referencias, desde naturales bien hechos hasta Burdeos clásicos, Barolo o Jerez históricos. Y el desafío es permanente: “Siempre hay nuevos proyectos interesantes. Es nuestro trabajo rastrearlos”.


Competir contra uno mismo

En 2025 fue segundo en el Concurso Mejor Sommelier de Argentina, detrás de Alma Cabral. Y poco después llegó Vila Viniteca.

“Empecé a presentarme a concursos ya de grande. Hoy tengo 40 años. Entiendo la competencia de una manera casi egoísta: lo hago por mí mismo”, asegura.

Competir implica exposición y vulnerabilidad: “Busco tensar mis propios límites. Y si no puedo, también está bien. Prefiero no quedarme con la duda”.

En Barcelona compitió junto a Alberto Ruffoni. El día anterior entrenaron y fallaron bastante. En la competencia, sobre 14 vinos, tuvieron claras 12 variedades. 

Pero cuando habla del concurso no enfatiza la presión, sino la estrategia y la escucha mutua. “Sabemos cuáles son los puntos fuertes del otro. Y sabemos escucharnos”, reconoce. Esa capacidad, más que la memoria aromática, suele definir los resultados.

Camino a recibir el galardón.

Argentina vista desde Europa

Desde Barcelona observa con entusiasmo la evolución argentina. “Nunca se produjeron vinos tan buenos ni tan originales como en la última década”, elogia.

Pero también señala un obstáculo: la dificultad de acceder a vinos importados en Argentina es una limitación. “Para un sommelier, catar mundo no es lujo; es entrenamiento”. Para él, calibrar el paladar es parte esencial del oficio.

Método, no casualidad

El podio en Vila Viniteca no es un punto de llegada. Es una señal de madurez profesional.

Zárate no construyó su carrera a partir de golpes de efecto sino de acumulación silenciosa: servicio, estudio, adaptación y curiosidad.

Y quizás ahí esté la lección más interesante para quienes miran desde Argentina: el talento existe, pero necesita método.

Porque al final, más allá de 7 vinos a ciegas o de una medalla en Barcelona, la verdadera competencia sigue siendo íntima.

Cómo es el Premio Vila Viniteca de Cata por Parejas

El Premio Vila Viniteca de Cata por Parejas, celebrado en Barcelona, no es una degustación simpática entre colegas. Es una maratón mental con cronómetro. 

Este año participaron 124 duplas, se abrieron 292 botellas entre la fase clasificatoria y la gran final, se utilizaron más de 3.500 copas Riedel en concurso y el evento movilizó a más de 120 personas del equipo de Vila Viniteca, 30 bodegas y 1.500 asistentes.

En juego: 35.000 euros para la pareja ganadora, 10.000 para el segundo puesto y 5.000 para el tercero.

El formato es brutalmente simple y despiadado: 7 vinos a ciegas, 90 minutos para identificar región, denominación, uvas, añada, bodega y marca. En la final, 10 parejas, otros 7 vinos y menos tiempo.

Esto no es “adivinar uvas”. Es entender textura, evolución, madera, crianza, contexto histórico. Es tener memoria gustativa y sangre fría.

Autor

  • Alejandro Iglesias

    Es sommelier y un consumado buscador de tesoros. Capaz de degustar cientos de vinos y de recordar del primero al último con la precisión y la agudeza de un entomólogo, conoce como nadie esos rincones del mercado a los que todos quieren llegar. Por eso elige los vinos del Club Bonvivir. Por eso escribe en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) sobre sus hallazgos o bien en importantes medios nacionales como Clase Ejecutiva, o internacionales como Decanter.

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