Entrar a Azafrán y ser atendido por Camila Torta es vivir una experiencia que trasciende el servicio: sus palabras, sus gestos, la forma en que presenta cada copa tienen algo de hipnosis amable, de seducción sin esfuerzo. En dos movimientos, sentís que te atiende alguien que te conoce, alguien a quien le interesás.
Pero no es solo una percepción individual: si uno observa, todas las mesas parecen entrar en ese mismo mood mientras ella se desplaza por la sala con naturalidad, como si llevara toda la vida allí.
Camila Torta: una infancia entre botellas y un inicio precoz
Formada en sala y con una historia familiar ligada al vino –su madre, Mariana Torta, fue una de las pioneras de la sommellerie argentina– Camila encontró su lugar en el mundo en el restaurante mendocino distinguido con una estrella Michelin. Hoy lidera su equipo de bebidas con una mirada amplia, sensible y contemporánea.
“Yo crecí rodeada de botellas. Mi mamá era sommelier, y cuando nos fuimos a vivir a Luxemburgo, todo giraba alrededor del vino: las charlas, los viajes, hasta los juegos. Era natural”, recuerda.
Su primer vino fue un Chateau d’Yquem, a modo de broma familiar, pero el impacto fue real. Desde entonces, no soltó la copa.
Su carrera fue tan precoz como orgánica: a los 19 ya estaba al frente de Bar de Marché, uno de los primeros wine bars de Buenos Aires. Más tarde llegó Anchoíta, donde su pasión se convirtió en oficio.
“Fue allí donde entendí que esto era lo mío. Con Valeria Mortara como mentora, pasé de la intuición a la precisión. Empecé a preguntarme por qué hacíamos lo que hacíamos, a querer ir siempre un paso más allá”, recuerda.
Mendoza como punto de inflexión
Pero fue en Mendoza donde todo cobró una nueva profundidad. “Me había pasado cuatro años -dice- comunicando el vino de otros. Quise entenderlo desde la base (la planta, la geografía, la altura, la elaboración) y desde el pensamiento de los productores. Entender que un vino también expresa frustraciones, miedos, convicciones. Eso cambia tu forma de comunicar”.
Hoy, en Azafrán, Camila diseñó una carta de más de 300 etiquetas que es, ante todo, un mapa del vino argentino. “Cuando llegué, era una carta más tradicional. Ahora buscamos mostrar la diversidad: desde bodegas históricas hasta proyectos nuevos con estilos sin barrica, cosechas tempranas, filosofías distintas. Quiero que el comensal que se siente en Azafrán pueda recorrer el país copa a copa”.
La responsabilidad no es menor: el 95% de los clientes son extranjeros: “Pasé de comunicar vinos del mundo en Buenos Aires a comunicar el vino argentino al mundo. Eso me conmueve. Sentís que tenés en tus manos la posibilidad de emocionar a alguien con una etiqueta que expresa un lugar, una historia”.
La sala como escuela de vida
Aunque el foco esté en el vino, Camila insiste: el vino es la excusa. Lo que importa es el vínculo, la escucha, la energía con la que se encara cada mesa.
“La sala me enseñó mucho más que servicio: me enseñó a vivir. A tratar a todos por igual. A entender que cada persona llega con una historia. A abrirme a la sorpresa”, explica.
En ese recorrido también encontró su red de apoyo y crecimiento. Entre sus amistades más cercanas están los enólogos Agustina Hanna, Agustín Alcoleas, Federico Gambetta y Andrés Vignoni, con quienes mantiene un diálogo constante.
“Ellos me hicieron crecer infinitamente. Y espero haber podido aportarles algo también. Nos consultamos, nos desafiamos, nos enseñamos. Eso -reconoce- es lo más valioso que tengo”.
Un futuro construido desde los vínculos
Formada, curiosa y en movimiento, Camila tiene el WSET 3, sueña con recorrer regiones de Europa, seguir aprendiendo sobre historia, elaboración y geografía. Y también con algo más grande: “Sueño con una comunicación real entre sommeliers y enólogos. Fluida, constante. Que deje atrás las jerarquías y se construya desde el diálogo. No sé bien cómo, pero quiero trabajar en eso”.
A las nuevas generaciones les deja un mensaje claro: moverse, escuchar, explorar, compartir. “El vino no es estático. No es una fórmula. No es matemático. Las posibilidades son infinitas. Lo importante es nunca dejar de aprender y, sobre todo, compartir lo que uno aprende. La sommellerie tiene un enorme potencial si se construye desde los vínculos, el conocimiento y la humildad”.
Camila Torta es una de esas sommeliers que no solo sirven vino: sirven perspectiva. Con cada copa propone una conversación, una pausa, una idea. Si la nueva sommellerie argentina tiene una voz, es posible que suene un poco como la de ella: clara, generosa y con ganas de contagiar.