Periodista querido de la radio, la tele y las revistas, cronista experto de comidas y tragos con paladar entrenado, pero siempre con los pies en la tierra, Rodo Reich no necesita presentación: lo seguimos en Página/12, La Nación, 7 Caníbales, en Radio Con Vos, en la tele, y en Instagram como @rodoreich.
Ahora, la noticia es que Rodo Reich acaba de publicar Menú del día (Vinilo Editora), un libro que se parece a esas sobremesas eternas que empiezan con una entrada y terminan —quién sabe cómo— en carcajadas y confesiones íntimas.
Comparte algunas recetas, pero ese no es el corazón del libro: lo que realmente brilla es su recorrido por los platos y alimentos que marcaron su vida y que, de alguna manera, también forman parte de la nuestra.
“Menú del día”: memorias sabrosas
Menú del día es un libro chiquito en tamaño, pero enorme en sabor. Su índice funciona como una carta de bodegón sentimental: arranca con el pan con manteca de los antiguos restaurantes porteños (y las anécdotas con su familia) y sigue con la sopa que le cambió la vida en un viaje iniciático.
Porque la cocina, lo sabemos, es memoria, historia, cultura y experiencia vital. Rodo lo cuenta como pocos: habla de alcauciles como de un amor tóxico, de las sensaciones corporales de su primera vez con un chile, de la perfección de la tortilla de papas, de su pasión por el vino, del asado como el ADN de sus venas, el aceite de oliva, el café, el flan, el helado de menta granizada y más.
Son 12 capítulos en los que Rodo —con humor, honestidad brutal y mucho cariño— escribe sobre la comida como se habla de la vida: entre risas, amarguras y placeres.
Paulina Cocina lo describe en la contratapa: “(…) a través de los relatos de Rodo Reich llegamos a un lugar más grande, más cabal y completo acerca de lo que comemos. Memorias que son personales y también de todos. Historias que nos confirman que lo que comemos siempre excede una lista de ingredientes y un puñado de instrucciones”.
Copa virtual en mano, charlamos con Rodo Reich.
Pensar la cocina
El libro es íntimo, pero también hay historia, cultura universal. ¿El periodismo gastronómico te enseñó a comer?
No sé muy bien qué significa “comer bien”. El periodismo gastronómico me enseñó a ver la gastronomía de otra manera. Me exige arriesgarme al comer y reflexionar más allá del plato: imaginar al productor, al comensal y las necesidades del restaurante y del cocinero. Me dio una mirada más amplia, menos directa, de lo que significa comer.
Creo que comer bien es, primero, disfrutar la comida, en la circunstancia que sea: disfrutar de un pan con manteca, de un arroz blanco, o de un menú de degustación en un restaurante de lujo. Y en este sentido, hay múltiples formas de comer bien: ya sea una cocina de la infancia o una nueva para uno, comer solo o acompañado, una cocina de subsistencia o una cocina de exageración.
Contás tus obsesiones: la tortilla, los alcauciles, el aceite de oliva. ¿El periodismo gastronómico te convirtió en cocinero?
No, yo empecé a cocinar cuando me fui a vivir a Londres solo y lo más económico era cocinar en casa. Fue allí donde descubrí la cocina asiática: una cocina de inmigración, especialmente india y tailandesa. Eso me fascinó y me llevó a comprar libros, ingredientes, y a jugar en la cocina.
Al volver a Argentina, abrí un bar con propuesta de cocina, hice catering para fiestas, y uno de mis socios ya tenía experiencia en una pizzería. En simultáneo, comencé a escribir sobre gastronomía para algunos medios. La conjunción de todo eso me llevó a cocinar cada vez más, con más conciencia y más experimentación. Tuve la suerte —y lo digo siempre— de que, justo en esos años 2000, Buenos Aires estaba viviendo su propia revolución gastronómica: los comienzos del Polo de Palermo, el auge de El Gourmet, cocineros que se habían ido afuera durante la crisis de 2001 y regresaban. Toda esa mezcla me hizo aprender a pensar la cocina desde ambos lados del mostrador.
Soy bastante obvio: lo que más me gusta de cocinar es ser anfitrión, ver que otros disfrutan lo que preparo. Pero también disfruto del momento de soledad que implica cocinar; de hecho, no sé cocinar con gente.
En el libro hay cierta nostalgia. ¿Sentís que se perdieron gestos de hospitalidad como el pan y la manteca de cortesía?
Hay cosas que me generan nostalgia y otras que no. La hospitalidad se puede expresar de muchas maneras. No creo que necesariamente haga falta que vuelva la manteca enrulada, pero sí es valioso y bienvenido cuando el comensal percibe un mimo del restaurante, algo que lo haga sentir cuidado y querido.
Uno de tus recuerdos tiene que ver con el pan francés. ¿Hay que ponerlo en valor como a la medialuna?
Como en toda cocina, a veces las modas llegan y parecen querer borrar lo que hubo antes. Lo entiendo: es una manera de mostrar modernidad. Pero estoy convencido de que en las tradiciones también puede haber innovación, vanguardia y mucha calidad. En ese sentido, los panes que más queremos —el pan francés, la figacita, entre otros— siguen teniendo un lugar en el consumo contemporáneo. Me entusiasma cuando aparecen panaderos que, con mirada actual, reflexionan sobre los clásicos y buscan darles su mejor versión.
Placer intenso
Contaste que una sopa te cambió la vida. ¿Cuál es tu favorita?
Mis sopas favoritas son las asiáticas. No tengo dudas: hay algo en su sabor, en esos extremos, en esa potencia de especias, hierbas, proteínas y vegetales, que me vuelve loco. Puede ser un ramen japonés, una sopa china o una tailandesa. En 2025, las sopas más ricas que probé fueron justamente de ese estilo: en el barrio Chino, en un restaurante llamado Jua Jua en el Abasto, y en Enso, un restaurante japonés en Coghlan. También disfruté de sopas peruanas deliciosas, especialmente en Grau Cevichería.
Decís que estás harto del relato de la abuela cocinera. ¿Es envidia porque vos no tuviste una?
Puede ser… Lo que siento es un cierto cansancio respecto a la forma en que se habla y se comunica la gastronomía: los lugares comunes, lo políticamente correcto, muchas veces exagerado o alejado de la realidad. Esto se aplica tanto a los cocineros contando su historia personal como a los periodistas escribiendo sobre comida. Creo que hay otras maneras de narrar, otros modos de pensar la historia de la cocina y, sobre todo, otras formas de enamorarse de ella.
¿Qué le dirías a alguien que no tolera el picante?
Para los que disfrutamos del picante, no es solo una sensación: es un placer intenso. Me encantaría que más personas lo conozcan, por eso les diría que se animen a probar algo un poco más picante, porque realmente es maravilloso. Aunque, claro, no me enojo si alguien me echa flit y no comparte mi entusiasmo.
El asado, ¿sigue siendo nuestro ADN aún cuando hay cada vez más veganos?
Sí. Aunque el consumo masivo de carne tiene poco más de 100 años, está muy arraigado. Las corrientes vegetarianas y veganas crecen, pero en los números grandes la carne no baja en Argentina. El asado va a seguir siendo parte de nosotros.
Te gusta el helado de menta granizada, pero no te sentís orgulloso de eso y va en contra de lo que pensás sobre la gastronomía. ¿En qué platos decís una cosa y hacés otra?
Creo que soy bastante consecuente entre lo que digo, lo que pienso y lo que como. Pero, al mismo tiempo, entiendo que la consecuencia admite sus licencias: claro que de vez en cuando disfruto de abrir un sobrecito de azúcar y ponerlo entero en la boca. Y muchas, muchísimas veces, lo que más me importa no es tanto lo que estoy comiendo, sino el contexto, la compañía, el momento.
¿Cuál es el feedback que tenés del libro?
Me gusta que la gente se sienta identificada. Yo pensaba que era un libro muy personal, pero al final la cocina es transversal. Que me digan que se rieron, que lloraron, que aprendieron, que discutan: todo eso me emociona.Menú del día, Vinilo Editora, Colección Sencillos, un relámpago de lectura. $16000 Tienda online