En 2013, cuando presentamos Vinómanos, la tecnología avanzaba sobre el mundo del vino como nunca antes. Más allá de las muchas por entonces novedades en materia enológica, agronómica y productiva –agricultura de precisión, por ejemplo–, la irrupción de las redes sociales, las apps de vino y otras innovaciones techie empezaban a cambiar la manera en que disfrutábamos el vino.
Es más, hace una década Vinómanos era diferente al Vinomanos.com de hoy: fuimos la primera app de vinos argentinos, al tiempo que Vivino daba sus primeros pasos. Así, mientras las aplicaciones colonizaban nuestros smartphones, Twitter (que hoy con ese nombre ya es recuerdo) marcaba el orden del día y se convertía en el espacio favorito de algunos winemakers para acercarse a miles de seguidores.
Más tarde vimos el nacimiento de los wine influencers en Instagram, mientras el público de los blogs de vinos migraba luego a los podcasts.
Entonces, repasemos qué tanto la tecnología nos cambió la manera de comunicar y disfrutar del vino y cuánto podría seguir transformándose a expensas de la Inteligencia Artificial.
Del papel al monitor
Los que estamos en el mundo del vino y los medios desde hace años, en esta década
La avanzada digital con cientos de .com y blogs gratuitos dedicados al mundo del vino suponía una competencia difícil de sostener para una redacción. Y no solo en Argentina. Se trataba de un cambio de era gracias a las nuevas tecnologías y audiencias que pedían otros contenidos más allá de los puntajes de los vinos, las descripciones y algún reportaje.
En este contexto surgieron sitios vanguardistas como WineFolly y VinePair, mientras que clásicos como WineEnthusiast, WineSpectator, Decanter y el más reciente Vinous apuestan por contenido tradicional de gran calidad periodística.
Lógicamente, este cambio dio vida a nuevos referentes. Allí afortunadamente Vinomanos.com se consolidó entre los medios de vinos y gastronomía en español más leídos.
El camino fue largo y de mucho aprendizaje ya que el mundo web cambia constantemente las reglas de la comunicación y exige atención a los nuevos códigos de comportamiento, inmediatez para las noticias y actualizar el lenguaje.
Ante todo esto, la comunicación del vino se aggiornó y hoy se ofrecen contenidos cada vez más frescos aunque hay que saber separar la paja del trigo en cuanto a la calidad. Hacer un sitio web lindo no es difícil, pero hacerlo bien es todo un desafío.
El paso fugaz de las wineapps
Donde hay una necesidad nace una app. Eso lo sabemos, y si no revisá tu smartphone –donde seguramente estás leyendo esta nota– y comprobarás que todas tus necesidades cotidianas son fácilmente resueltas desde este dispositivo: GPS, redes sociales, mails, homebanking, citas y compras, por mencionar algunas. En este sentido, el mundo del vino intentó instalarse en los smartphones aunque no resultó.
En nuestro caso, hace diez años lanzábamos la primera wine app de vinos argentinos (alcanzamos más de 50.000 descargas) con un catálogo de más de 1.000 vinos catados y reseñados al que se podía llegar a partir de diferentes criterios de búsqueda (maridajes, ocasiones de consumo, precio, origen, etc). Si no sabías qué beber, Vinómanos te lo resolvía en todo momento.
No éramos los únicos. A la par, otras apps ofrecían modelos similares que incluso te invitaban a sumar tus comentarios o experiencias, como es el caso de Vivino, quizás, la única aplicación de vinos exitosa.
Mediante su scanner, esta app permite compartir y guardar la imagen de lo que se está bebiendo con puntuación, comentarios, precio y hasta te ayuda a encontrar dónde comprarlo. Actualmente cuenta con 50 millones de usuarios, pero el negocio principal es la venta de vinos en 20 países.
Salvo ellos, las demás wine apps se toparon con la misma dificultad: monetizar su servicio. Lentamente, por su alto costo de mantenimiento la mayoría migró al ámbito web y hoy solo algunos wine geek recurren a estas herramientas.
Redes sociales: la vida por una copa y un like
Las redes sociales transformaron el modo de consumir, compartir y comunicar el vino. Si bien a comienzos del 2000 Facebook nos había dejado claro que estos ámbitos serían indispensables para la comunicación, fue gracias a Twitter e Instagram que el vino se popularizó en el ecosistema digital.
Si rebobinamos, allá por 2013 fue desde Twitter que winemakers, comunicadores, sommeliers y enófilos iniciaron la transformación de cómo comunicar el vino hacia un lenguaje transgresor, informal e intimista que reemplazaba la solemnidad del ambiente vínico.
Ahora cualquiera podía compartir información y experiencias, pero ante todo alimentar polémicas en un ambiente que no pedía credenciales y mucho menos un medio como respaldo para opinar.
Pero al tratarse de un ámbito aspiracional, mostrar qué etiqueta se bebía era más atractivo que redactar 140 caracteres. Así fue como Instagram se consolidó como la red social del vino. De un momento a otro, miles de fotos de viñedos, botellas, platos y restaurantes inundaron el feed con usuarios capaces de cualquier cosa por un like.
Era el nacimiento de los wine influencers, las nuevas deidades del vino cuyos posts, stories o reels llegaron a pesar tanto como la opinión de Robert Parker o una reflexión de nuestro querido Miguel Brascó.
Algunos aseguran que entretener es más importante que informar y en las redes ya no importa saber solo la cantidad de followers y likes que se pueden ofrecer parecer ser lo único importante.
Sin embargo, mientras hay quienes se clavan una botella de Malbec haciendo fondo blanco para ganar visibilidad, también hay wine influencers que ayudan a las nuevas generaciones de enófilos como es el caso de AgusDeAlba, MarceRienzo, Soltony y Mariano Braga.
Pandemia tech
Sin dudas, la pandemia de Covid-19 nos encontró más conectados que nunca y gracias a eso el vino fue uno de los grandes ganadores en tiempos de confinamiento. En Argentina, por ejemplo, el pico de consumo impulsado por la cuarentena fue del orden del 7% versus 2019. Un montón si pensamos que la categoría venía en caída hacía una década.
Ante esto, bodegas, winemakers, influencers, sommeliers y cualquiera que se sentía capaz de hablar de vinos encontró en 2020 alguna excusa para convocar a catas virtuales por Zoom o entrevistas en el Live de Instagram. Incluso, en horario pico llegaban a colapsar los anchos de banda y los servicios de streaming. Curiosamente, un live con una audiencia de 15 usuarios podía tener a las figuras más consagradas de la vitivinicultura por más de 40 minutos al aire.
La destreza ganada en las redes sociales ayudó a sobrevivir a la pandemia con las copas llenas y las bodegas facturando, de modo que la actividad vitivinícola tiene motivos de sobra para agradecer su existencia a estas herramientas.
Inteligencia Artificial
El motor de la cuarta revolución industrial ya hace mella en el ámbito vínico, despertando fascinación y temor a la vez. Mientras se habla de buenos resultados gracias a la aplicación de Inteligencia Artificial en los ámbitos productivo, enológico y agronómico, genera estupor el riesgo al reemplazo de la mano de obra humana por algoritmos, aun en tiempos donde la vitivinicultura se queja por la falta de empleados calificados.
Mientras tanto, en el ámbito de la comunicación cada vez más medios confiesan que reemplazan editores y periodistas por herramientas de Inteligencia Artificial. Poco falta para que los periódicos se escriban de manera autónoma.
Ahora, si unimos los dos mundos, ¿cuánto nos afectará a los que comunicamos el vino y a los consumidores que esperan recibir información fidedigna?
Sabemos que la IA está presente hace rato con algoritmos que exhiben en las pantallas contenidos de nuestro interés, pero también aquello que los que controlan el mundo digital quieren que leamos. Basta con hacer el ejercicio en Instagram o Spotify.
Por esto mismo, nuestra labor se adapta constantemente hacia los contenidos que demandan los consumidores gracias a la información que relevamos acerca de sus preferencias y de las tendencias.
En cuanto a la cata de los vinos, es aquí donde se pone divertido. Ya son varios los proyectos que a partir de la utilización de IA aspiran a comprender el gusto de los consumidores para compartir esta información –dólares mediante– con las bodegas y usuarios.
Un caso avanzado es el de Tastry, una plataforma que recurre a la química y al machine learning para interpretar qué vinos gustan y cómo deberían ser elaborados. Por otro lado, en España ya habrían elaborado un vino atendiendo consignas desarrolladas por IA.
Entonces, de aquí a que la IA escriba, califique, recomiende y comunique vinos faltan pocos pasos, aunque la necesidad de información suministrada por seres humanos al momento parece vital para que el ciclo se cumpla. Y si hablamos de la calidad detrás de esta información muchos más. A la IA, en muchos aspectos, le falta la capacidad de discernir entre la buena y mala información.
Por esto, hoy se pone en duda que la tecnología pueda reemplazarnos o que logre expresar el placer que el vino genera en cada paladar, así como lo sensorial que un experto explique o comparta. De algún modo, el gran riesgo que supone la IA es la estandarización del vino que termine por quitarle su esencia.
Sin dudas, el día en que la Inteligencia Artificial nos reemplace llegará, pero eso no indica que será un día mejor. Mientras tanto, a seguir descorchando porque el sonido de plop y el aroma del buen vino no hay robot que lo pueda disfrutar como nosotros.