[vc_row][vc_column][vc_column_text]Chile es famoso por su Cabernet Sauvignon; por regiones como Maipo, que produce esos Cabs; por Rapel, cuyos Carménère potentes quitan el aliento y por Casablanca, la región que depara blancos expresivos y tensos. Pero como sucede con todos los países cuando se los mira a gran escala, hay muchos matices que se pierden. Los vinos de Itata y sus variedades patrimoniales son el ejemplo perfecto.
Ubicada en la región de Ñuble, en un marco de bosques y lomajes sobre la Cordillera de la Costa, la provincia de Itata es de lo más bonito que tiene el centro-sur de Chile. Es un terroir con historia que comienza a estar en el radar de los bebedores de vinos.
La razón es simple: está en la antípoda del paladar de exportación chileno. Me explico mejor: si, por ejemplo, en la tradición de uvas bordelesas, el paladar de los Cabs y Carménère expresa potencia y frutas negras, los vinos de Itata, elaborados con variedades como Cinsault y País principalmente, ofrecen paladar entre ligero y medio, con otro registro de frescura y sabor.
Por eso, cuando uno encuentra en una etiqueta chilena el denominativo DO Valle de Itata, lo primero que siente es una curiosidad genuina por probar esos vinos que abrevan de otra cantera. Lo segundo, y ya con la botella abierta, es parte de una rica incertidumbre que a veces decanta en tintos fuera de serie y otra en vinos algo despeinados, rústicos, no necesariamente ricos.
Pero esa divergencia tiene una explicación. La primera, y más importante, es que todos los viñedos que dan vida a los vinos de Itata se cultivan por secano, es decir, sin riego, y las añadas resultan muy marcadas por este factor, igual que en el Viejo Mundo. La segunda, que el mar tiene mucha influencia sobre los viñedos que están cerca de la costa y menos sobre los que están más lejos. Hablamos de una diferencia en una franja de entre 5 a 40 kilómetros. La última, un sesgo cultural sobre los vinos y su tradición.
Vinos de Itata & País
En el paisaje del vino, Itata y uva País son casi sinónimos. Sucede que, desde tiempos coloniales, la región fue poblada por fundos emplazados entre bosques nativos, lomajes costeros y grandes ríos. Esos fundos –el equivalente a una finca en Argentina– se fueron dividiendo con los años, hasta ser parte de un paisaje en el que convivía una agricultura de subsistencia con otra que abastecía a ciudades como Concepción.
La parte importante es la economía de subsistencia: para el guaso chileno –más o menos el equivalente del gaucho argentino– tener en su casa unas viñas de País, conocida mundialmente como Listán Prieto, era garantía de abastecimiento de vino para el año. Y el pipeño, como se conoce a ese vino, se elaboraba en cubas y barricas de fabricación artesanal, con maderas nativas como el raulí.
Así, en parte del Maule (región con la que Itata limita al norte) e Itata, pero sobre todo en esta última, a lo largo del siglo XX se dio una doble situación. Por un lado, fragmentación de la tierra en unidades menores, tanto que incluso un mismo viñedo le puede pertenecer a varias familias, que lo trabaja por parcelas o hileras. Una economía de subsistencia en muchos casos. Por otro, el destino de esas viñas, principalmente País (de la que hay unas 3600 hectáreas según el catastro de 2019), estuvo cifrado en la elaboración de vinos que en Argentina llamaríamos caseros o pateros.
De esa combinación nace una mezcla de orgullo por los vinos regionales, también denominados patrimoniales, y una cantera creativa que encuentra en otra variedad, el Cinsault, un universo gustativo propio.
Vinos de Itata, cinsault para ser feliz
En el sur de Chile, la crisis económica que sucedió al terremoto de 1939 encontró en el vino un modelo de solución con la incorporación de dos variedades más productivas y cualitativas que el País. Mientras que en Maule se implantaron unas 800 ha de Carignan, en Itata fue el caso de Cinsault, donde se cuentan unas 778 hectáreas. Son dos variedades mediterráneas que se adaptaron de maravillas al clima igualmente mediterráneo y con estación húmeda de la región. No son las únicas, desde ya.
Así las cosas, en mi último viaje por la región visité varios productores, cada uno con sus particularidades, aunque todos describieron un poco lo que sucede con los vinos de Itata. Mientras hay bodegas que están mirando el mercado mundial y trabajan con orgullo local, como proponen el terroirista Pedro Parra y el enólogo Leonardo Erazo con sus vinos costeros, también hay fundos históricos como el de Cucha Cucha (donde tuvo lugar la famosa batalla de igual nombre), cuyas plantaciones de País son de las más bonitas que visité, conviviendo con viñedos vecinales como los que van de Guarilihue a Ñipas sobre lomajes.
Es en esa mezcla de artesanía y proyección estilística, de vinos influenciados por el mar y el granito de la Cordillera de la Costa, donde Itata encuentra una identidad que proyecta un Chile poco conocido. Cualquiera sea la condición, siempre es una grata sorpresa probarlos. Por eso, cuando desde Pro Chile me propusieron catar algunos vinos para darle un poco de aire a una región desconocida en Argentina, acepté sin dudar. Meses después recibí en mi oficina ocho botellas, cuatro Cinsault y cuatro País, de productores que no conocía. Es lo corriente en Itata, donde hay emprendimientos diminutos y otros de escala media. En todo caso, estos son los vinos de Itata que probé esta vez:
Ñipanto, Tierra en Flor País 2020, 92 pts
De un viñedo de 80 años cultivado en cabeza –como casi todo en Itata– sobre los lomajes de la Cordillera de la Costa, en el Secano Interior, este País fermenta en cubas de raulí y se cría en barrica francesa. Violeta intenso, recuerda a licor de guindas, con trazo de tierra y un fondo de caja de lápices y cierto toque de hierbas. Complejo. Con los taninos rústicos del varietal, entre rugoso y de carácter tánico, se ofrece sin embargo como un tinto jovial de perfil maduro. Todo lo que uno espera de un buen País.
Viejo Encino, Bagual País 2020, 91 pts
Las uvas para este País fueron recuperadas del bosque nativo, donde crecían perdidas entre malezas. Fue despalillado en zaranda –la técnica ancestral de raspar los granos sobre una malla tejida con cañas coligüe–, fermentado con levaduras indígenas y criado en barricas francesas usadas. Rojo ligero, en aromas ofrece cereza y frutilla, con una nota de nuez moscada del raspón y la crianza. Fresco y simple, en boca es delicado, con taninos finos y paso jugoso, de buena frescura. Un tinto de sed.
Viña Keltrewe País 2019, 88 pts
Ubicada en Chillán, en la parte interior de Itata, cerca de la confluencia del Río Ñuble e Itata, Viña Keltrewe trabaja con un viejo viñedo plantado en 1940 con uva País, sobre suelos graníticos y arcillosos. Fermenta con 50% de racimo entero y se cría 18 meses en barricas. Rojo granate ligero, es austero en aromas, con un trazo de frutas mermeladas, apenas licoroso, con pizca de raspón. Paladar terso, envolvente y con cierto grip, donde queda una línea quemante aún cuando el alcohol es 11,7%.
Viña Castellón, Don Yito Gran Cru País 2019, 89 pts.
Ubicada justo en el límite entre Bio Bio y Ñuble, desde 1768 Viña Castellón está emplazada sobre la Cordillera de la Costa en un paisaje de lomadas. Este País 2019 tiene una crianza de 8 meses en barrica y resulta púrpura ligero, con aromas frutados simples, trazo de tierra y guinda, flor de vid y una punta herbal. En boca tiene una suerte de aguja que reaviva la frescura, aprieta el grip de los taninos rústicos de la variedad y le da carácter a un paladar de paso ceñido.
Viña Castillos del Valle Cinsault 2020, 89 pts
Guarilihue, en la comuna de Coelemu, es probablemente el pueblo más nombrado de Itata, ya que desde aquí hasta Bularco y Ñipas se da una concentración de viñedos notable, entre unos 17 a 35 kilómetros del frío Pacífico. Paisaje de lomajes graníticos, en materia de vinos se distinguen los Cinsualt. Rojo guinda, propone una fruta madura, de guinda a ciruela, con pizca herbal. En boca abre una sutil aguja, frescura justa y taninos de leve grip, que le dan nervio y dejan el fondo de boca apenas seco.
Zaranda Cinsault 2019, 91 pts
Viña Zaranda está ubicada en Guarilihue, a 23 kilómetros del mar, y emplea uvas de un viejo viñedo plantado en 1947 y conducido por sistema gobelet, es decir, un poste por planta sin alambre entre ellos. Este Cinsault 2019 tiene una crianza de 18 meses en barricas francesas y americanas usadas. Rojo granate, ofrece aromas de cereza y ciruela en mermeladas, con trazo de rosas. Atractivo. Paso acuoso, de buen grip, con taninos que se sienten en las carrilleras y dan paso a un tinto ceñido, con carácter recio y, por eso mismo, lleno de energía.
Viña Keltrewe Cinsault 2019, 90 pts
Elaborado con uvas de Itata, el 50% con raspón, y una crianza de 14 meses en roble usado francés y americano, este Cinsault 2019 resulta violáceo y de buena intensidad. En aromas se destaca el trazo de raspón, la tierra y la guinda confitada, con una pizca de crianza, como de vainilla o caja de lápices. Paladar de cierta rusticidad marcada por los taninos, vivaz en su expresión. Profundo y con intensidad. Se nota el sol y cierta estructura.
Viña Castellón Gran Reserva Seis Cóndores Cinsault 2019, 88 pts
Con uvas de un viejo viñedo en el límite de Ñuble y Bio Bio, Viña Castellón produce este Cinsault 2019, con una crianza de 8 meses en barricas. Granate profundo, tiene una aromática bien expresiva, con trazos de especias dulces, mermelada de guindas y membrillo, cáscara de sandía y pizca de hierbas. Vino con aguja importante, casi gasificado, intenso en sabor y de frescura media. El fondo de boca trae otra vez esa fruta madura bien recia.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]