“Buenos Aires es una ciudad de vampiros”, dice el músico David Byrne en su libro “Diarios de bicicleta”. ¿Sabés qué, Dave? Tenés razón. Los porteños tendremos nuestros rollos, pero nos gusta divertirnos. Por eso (interrumpida por el covid, pero bue) nos inventamos una noche infinita, llena de teatros, bares, museos, boliches. Cualquier bondi nos deja bien, Dave. Especialmente si nos bajamos en cualquiera de los bares clásicos posteños.

Es más, justo ahora la pandemia nos agarró en pleno boom de cervecerías y hamburgueserías; están por todas partes. Así como cada pueblo tiene su estación, su plaza y su iglesia, cada barrio se armó su local con lucecitas de feria y banquitos altos.

Pero, ojo, porque hubo bares, cafetines y billares que abrieron caminos en la nocturnidad porteña. Muchos hoy son solo recuerdos. Otros bares clásicos porteños, en cambio, todavía hacen pie: se renovaron, convocaron a la muchachada millennial y están más vigentes que nunca. Agarrá el celular, las llaves, la tarjeta y el barbijo, que nos vamos a dar una vuelta en el DeLorean.

bares clásicos porteños
Un clásico campeonato de metegol en San Bernardo, en Villa Crespo.

Tres bares clásicos porteños

El Sanber y el milagro ping pong

Avenida Corrientes, la diva de la ciudad. Desde las barriadas de Chacarita hasta la opulencia de Puerto Madero, su traza está contorneada por pizzerías, confiterías, marquesinas y comercios, todo bajo la mirada atenta del Obelisco, el gran centinela. En Villa Crespo, a unas cuadras de su génesis, yace un pedazo vivo de historia: el Café San Bernardo, bar notable y punto de encuentro a lo largo de casi 11 décadas.

En sus 108 años de vida, los billares del Sanber cobijaron a figuras icónicas como Carlos Gardel, Osvaldo Pugliese y Leopoldo Marechal, entre otras. Las presencias célebres fueron una constante tras los muros de Corrientes 5436. Por suerte para nosotros, no todo queda en postales amarillentas y la magia sigue ahí: al día de hoy, el Café pasó la antorcha, y sus noches laten al ritmo de camisas floreadas y duelos de ping pong épicos.

Laura Ávila es una de sus dueñas. En 2006 su marido quedó como el único accionista del espacio que su familia administraba desde los 60. Juntos empezaron un proceso de refundación apuntado a captar nuevo público. Ávila cuenta: “Del 2006 al 2009 trabajábamos las 24 horas, algo complicado de sostener y empezamos a pensar en qué horario íbamos a cerrar. A partir del 2010 pensamos más en firme en darle una vuelta de tuerca; las cosas ya estaban muy mal. Estábamos como olvidados”.

“Tuvimos la suerte de contactarnos con unos chicos a los que les gustaba el ping pong, y nos propusieron hacer algo los martes. Hay un por qué en ese día: un reconocimiento a un cliente de muchos años que murió en el local jugándolo”, explica. Esa idea fue un quiebre. Desde entonces, los jóvenes se adueñaron del lugar, devolviéndole a sus veladas el brillo de los buenos tiempos.

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La histórica barra del Café San Bernardo, bar notable de Buenos Aires.

Sobre el fenómeno, Laura dice que lo lindo fue que ellos hicieran sus propios descubrimientos: “´Acá venía mi abuelo‘, ‘Yo pasaba por este bar cuando era chico‘. En eso creo que colaboró el ping pong. Nosotros tenemos mesas para jugar desde los 80, pero hubo un redescubrimiento del deporte desde el 2010, cuando se dio el boom. Hoy hay por todos lados, me siento como una especie de precursora. Si servimos como una referencia, uno se llena de orgullo”.

Pocos bares cuentan con un espacio tan amplio como el San Bernardo. Sus luces blancas, sus grandes ventiladores, sus columnas y sus azulejos a lo largo de todo el salón dan cuenta de un lugar que atravesó la barrera del tiempo.

Así, noche tras noche, pibes y pibas se baten a duelo en los pooles, billares, metegoles y ping pong, mientras los más veteranos resuelven sus asuntos en partidas infinitas de juegos de mesa, todos acompañados por una copa amiga (¡cervezas y fernet salen como pan caliente!). Incluso en medio de la pandemia y tras haber sobrevivido a montones de crisis, el Sanber sigue de pie y deslumbrando con su esencia de arrabal a los porteños y porteñas. ¿Una síntesis? “Somos como Highlander”, concluye Ávila entre risas.

Por Scalabrini, al norte

Nos subimos al auto, dejamos atrás el San Bernardo y doblamos a la izquierda por Scalabrini Ortiz hasta llegar a la calle Paraguay. ¿El destino? Varela Varelita. Tierra de bohemios y artistas, este bar todavía da que hablar cuando el sol se manda a mudar. Sus paredes añejas y su arquitectura barrial resisten estoicas los embates de las cervecerías y hamburgueserías de moda, apoyándose en la fidelidad de una clientela que no las cambia por nada.

“Tal vez es una conjunción entre todo: los clientes amigos, el ambiente que hay, la atención. Por ejemplo, los lunes armamos un equipo de fútbol entre clientes y los que trabajamos en el bar, es algo que trasciende. Hay un sentido de cliente-amigo; toman el bar como propio, y entonces lo recomiendan a otros y así. El boca en boca, digamos”, reflexiona Javier Giménez, mozo y uno de los dueños, sobre la esencia del lugar.

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Un día cualquiera en el salón de Varela Varelita, en Palermo.

Fundado en 1950, el Varela es toda una institución entre los cafetines de Buenos Aires. Su fauna está compuesta, principalmente, por músicos, escritores y periodistas, que de lunes a sábados le inyectan vida a la esquina de Palermo. Incluso, durante su fugaz vicepresidencia, Carlos “Chacho” Álvarez usó sus mesas como centro de operaciones. Giménez relata: “Amén de lo que hacemos nosotros, los clientes son quienes arman el ambiente. Tenemos una gran cantidad que también son amigos. Son escritores, músicos, a los que les gusta venir al bar”.

Pero ni siquiera el auge pomposo de una zona que se va para arriba apichona al Varela Varelita. Muchos jóvenes todavía lo referencian como un lugar de culto. Según explica Javier, los viernes el salón es copado por la generación millennial, que lo convierte en un reducto atemporal. Claro que por el momento solo hasta la 1 de la mañana, dadas las disposiciones de la pandemia.

La cerveza, el whisky y el fernet son los tragos más solicitados, pero las joyas de la abuela son los sandwiches, sobre todo los de milanesa y los lomitos, verdaderos clásicos en la cocina varelense. En 2020, su carta empezó a ampliarse para hacer frente a los tiempos difíciles, y lo seguirá haciendo este año. Igual, no todo es color de rosas. Javier acusa un reclamo por parte de la muchachada más leal. “Nos piden que abramos los domingos, pero hace 40 años que no lo hacemos… No creo que levantemos justo ahora las persianas…”, sentencia con un guiño pícaro.

Mamita Bar o “Normanlandia”

Cerramos la noche con un trip a los ´80: Mamita Bar, en Olleros y Álvarez Thomas. Esta esquina de Colegiales es tan mágica como frecuentada. Su estilo, su música y su ambiente son una caricia para los amantes de tiempos pasados. Basta con empujar la puerta de vidrio y sumergirse en la oscuridad para entrar en una frecuencia única.

Su dueño y maestro de ceremonias es Norman Ramírez, una figura excéntrica y generosa que suele pasearse entre las mesas con sus túnicas de colores, su pelo largo hasta la espalda y sus lentes redondos, como un gurú hedonista. “Mamita terminó siendo un nicho de no éxito, porque nadie me copió. Acá pasamos solo la música que me gusta: Serú Girán, Vox Dei, Rolling Stones. Nada de trap, reggaeton, música electrónica. Eso está prohibido: yo lo prohibo. Es Normanlandia”, explica, justamente, Norman.

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Mamita Bar, sinónimo de Rock and Roll porteño.

Este búnker de porteñidad, uno de los bares clásicos porteños, solo abre de jueves a domingo y en horario nocturno. Su oferta se limita a bebidas como cerveza, fernet, whisky y algunos tragos sencillos, como el Campari con jugo de naranja. Pero lo que hace la diferencia es el ambiente; un ecosistema donde cada noche se dan cita músicos, actores, actrices y figuras de la cultura. Y esa comunión se potenció hace dos años, con la inauguración de un escenario bautizado “Rubén Juárez”, que invita a tocar en vivo.

Sobre eso, Norman tiene algunas ideas: “Mamita es como la cuna del rock. Acá tocaron Calamaro, Las Pastillas del Abuelo, el pelado Cordera, Turf, David Lebón, Petinatto, Willy Crook. Acá tocan todos. Es un bar chiquito donde se sienten cómodos y suenan bien. Acá nadie pide fotos. No se piden fotos. Acá pueden tomar y arruinarse que está el tío Norman que los cuida”.

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Postales de Mamita Bar.

Entre canciones de Charly y cuadros de Maradona, Olmedo y la Coca Sarli, Mamita vibra en las veladas de la ciudad, resistiendo sin más recursos que su propia épica. “Este es otro de nuestros conceptos: acá no miramos las marcas de las zapatillas de nadie. Acá la historia es encontrarse, pasarla bien. Es como un club, te juntás con gente amiga. Tengo clientes que vienen desde que abrimos el bar. Eso a mí me mata de amor”, dice Ramírez.

Pese a un muy mal 2020, en el que hubo que hacer malabares para mantener a Mamita con vida, su dueño augura un año mejor, y apela a que el boca en boca siga haciendo de las suyas. ¿Una reflexión? “Yo nunca ahorré plata, siempre gasté. Fue difícil. Pero la expectativa es mejor: yo estoy cansado de triunfar. Si no es con plata, es por el lado del alma. La vida es afano”.

Bueno, se terminó el recorrido. A esta altura, ya podemos decir que los porteños somos animales nocturnos. Es más, ahora que Bill Gates quiere tapar el sol, en Buenos Aires lo esperamos sentados y con un buen trago.