Cuerpos tallados. Así son los deportistas de elite. Lo sabemos de memoria. Desde la televisión a los estadios, esos abdómenes definidos en HD y esculpidos en el gimnasio nos matan envidia. Ahí donde ellos tienen músculos, nosotros acumulamos pliegues; donde en ellos hay tensión, a nosotros nos cuelga un cúmulo de flaccidez. ¿Cómo consiguieron esas piernas con potencia de caballo? ¿De dónde sacaron esos brazos elegantes y fuertes? Esos cuerpos son todo menos humanos. Más bien son superhumanos en plena acción.

Pero si padecemos un repetino goce culposo al clavarnos la última aceituna de la pizza mientras vemos el rejunte de goles de la fecha o el más alto salto en garrocha, también nos preguntamos si estos superhombres se someten a estrictos regímenes alimenticios para moldear la forma a nuestro gusto o es un requisito de la alta competencia.

La respuesta, podríamos rumiar mientras escupimos el carozo, no está tan clara. Algunos deportistas sí, dejan el placer de la comida atrás y se lanzan de lleno a dietas deportivas estrictas en pos de la performance, mientras otros no reniegan de un atracón con su plato favorito. Esos mismos podrían estar aquí, sentados en el mismo sillón, viendo rodar el carozo y sentirse destratados porque les robamos un último placer, quizás furtivo pero no culpógeno, de una última aceituna.

La pregunta, que queda girando sobre la mesa, en todo caso es: la dieta, ¿hace a los deportistas de elite o no tiene nada que ver?

Las dietas deportivas son mentira
Para tener una primera palabra, habría que viajar en el tiempo y preguntarle a Milón de Crotona si hubiese querido cambiar su rutina alimentaria. Nueve kilos de carne, nueve de pan y nueve litros de vino necesitó diariamente este griego para coronarse campeón como luchador en el 540 A.C. Claro, no siempre se puede tener un ritmo descomunal, porque puede jugar una mala pasada.

Es lo que le ocurrió a Albín Lermusiaux, que corrió el Maratón en la primera edición de los Juegos Olímpicos en Atenas 1896. Ocho kilómetros le faltaban para la victoria al fracnés, cuando el cansancio fue más fuerte. Aceptó la ayuda de un espectador y bebió algunos vasos de vino. La combinación de ejercicio, vacío estomacal y alcohol lo noqueó en el acto y lo mandó a dormir la siesta a la banquina para entrar en la historia.

Sin embargo, en Vinómanos sabemos que el vino no es el malo. ¿Quién se animaría a discutir a LeBron James? Tiene una bodega en su casa. Lo bebe a diario. Incluso se animó a llegar a un partido contra los Clippers, en donde no jugaría por lesión, con una copita en la mano. El alero de los Lakers tiene otra rutina especial: el Taco Tuesday. Como el nombre lo indica, los martes los LeBron comen tacos. Y si no engorda kilos, lo hace en récords: ya superó a Michael Jordan como anotador histórico de la NBA.

Pero para dietas deportivas, hay otros casos más estrictos.

dietas deportivasDel pibe Ginóbili a al rayo Bolt
Manu Ginóbili
lo confronta. El pibe de 40, como lo apodó la prensa, hasta los 41 años tiró y dribló en la NBA con los Spurs. A los 35, sin embargo, empezó a sentir que el cuerpo se deterioraba y apuntó a la dieta. No más pollo y pasta. Entre otros factores, la paleodieta que eligió le dio al público la posibilidad de disfrutar del talento de Manu por mucho más tiempo. Ni grasas, ni harinas, ni azúcares. Mucha fruta y verdura. Palta, coco y frutos secos, la golosina saludable.

Todo lo que dejó Manu, se lo comió el Tiburón de Baltimore, Michael Phelps. En 2008, durante los JJOO de Beijing, circuló la información de que consumía cinco veces lo que ingiere un adulto promedio. El desayuno contaba, por ejemplo, con tres sándwiches de huevo frito, queso, tomate, lechuga, cebolla frita y mayonesa. Medio kilo de pasta para el almuerzo y la cena, donde también comía pizza. Esa pequeña parte de su dieta y un entrenamiento descomunal lo llevaron a conseguir ocho oros en aquella edición de los JJOO. Nunca nadie lo había hecho antes.

Ese mismo año, un rayo rompió todas las leyes del atletismo. Usain Bolt consiguió tres oros con marcas mundiales. Aunque, tampoco esta vez, hizo el sacrificio de comer verduras. La comida china no le movía un pelo al bólido y su dieta se conformó con 100 Nuggets por día con guarnición. Entre ellas, su amado ñame, un tubérculo jamaiquino al que Bolt no renunciaría ni por correr a la velocidad de la luz.

Del Pub al Houseman borracho
Bolt terminó en el fútbol, un negocio que no escapa a las restricciones alimenticias ni a las dietas deportivas. La cultura del pub forma parte de la pelota en territorio inglés hoy, como en décadas pasadas. El francés Arsène Wenger lo sabía de memoria cuando llegó en 1996 para dirigir el Arsenal y erradicó el alcohol en la dieta de los futbolistas, alargando de paso la carrera de Tony Adams, el defensor que llegó a entrenar con bolsas de basura atadas al cuerpo para expulsar los restos de bebida de la noche anterior. Vaya forma grácil de curar la resaca que nos ahorró para siempre.

Si en vez de aterrizar en Inglaterra, el francés lo hubiese hecho en Argentina y dos décadas antes, René Houseman no hubiese hecho el gol borracho que lo clasificaría al podio de la mamúas épicas. Se enfrentaban Huracán y River en el Metropolitano de 1975. El extremo, no en vano apodado El Loco, se escapó de la concentración para ir al cumpleaños de su hijo. Cuando llegó al estadio Tomás Adolfo Ducó al día siguiente, 21 de junio, eran las 11 de la mañana, y los dirigentes no querían que jugase. Pero Houseman durmió una siestita y se puso a tono. En el minuto 41 del segundo tiempo, el loco entró al área a buscar un centro y la puso cruzada y abajo en el palo del Pato Fillol, gritó el gol con un aliento que la tribuna cató con elogio, pidió el cambio y salió para entrar a la historia.

dietas deportivas

La gracia de la gambeta es una característica que Lionel Messi comparte con El Loco. Después de la final del Mundial 2014, el mejor jugador del mundo visitó al nutricionista Giuliano Poser. El italiano logró que el 10 parase de vomitar en los partidos y lo dejó como un escarbadientes. Lo alejó del azúcar y le redujo el consumo de carne. Agua, aceite de oliva, cereales integrales, frutas y verduras biológicas, frutos secos y semillas, fueron las claves de la alimentación. Lo dejó con el cuerpo liviano y fibroso y Messi se olvidó de las 11 lesiones que tuvo entre 2006 y 2013 para felicidad de los hinchas.

Salchichas y caramelos
Para el Mundial Rusia 2018, Alemania decidió tener bien alimentados a sus jugadores o, más bien, que no se perdieran la fiesta. Los mandó junto a 18.000 litros de cerveza, 700 kilos de salchichas y 300 de papa, un tridente fundamental en la dieta teutónica. No pasaron la primera ronda.

Roger Federer, el reloj suizo del tenis, estaría ligeramente de acuerdo: a pesar de mantener una dieta estricta, no negocia con ningún nutricionista sus permitidos. Disfruta de los restaurantes italianos, indios y japoneses. Desayuna waffles con compota de fruta y jugos exprimidos. Como buen suizo, para él todo queso es sagrado. Y que nadie se anime a sacarle sus golosinas: el mayor ganador de Grand Slams de la historia, con 20 preciados caramelos, es devoto del helado y el chocolate por igual.

María Sharapova, tenista que almacena cinco Grand Slams, está en el equipo de Federer. Tiene su propia marca de golosinas: Sugarpova. No se olvida, sin embargo, de los vegetales, su jugo de limón matutino o del pan de centeno con poquito queso y una feta de jamón magro para su rutina entre las dietas deportivas. Pero hay ciertos manjares intocables. Como le ocurre a Wang Junxia, la maratonista china, que tiene dentro de sus comidas especiales gusanos, hongos de oruga y sopa de tortuga, exquisiteces de las que no sabemos si las elegiría Sharapova.

Con cada uno de ellos, a favor y en contra, queda claro que lo que sea que coman o chupen los deportistas de elite, tiene poca o mucha influencia según su físico y condición. En todo caso, amerita un última pregunta: ¿Desde cuándo es importante lo que comen los deportistas para establecer una vara de lo que está bien o mal en materia de dietas deportivas?

El profesionalismo exige sacrificio. Obliga a resignar partes esenciales de la vida, mientras que, sin restricción o régimen alguno, come con gula su alimento favorito: los atletas.