Largos minutos de indecisión. Marchas y contramarchas en la compra de una botella. Angustia. Estos son algunos de los síntomas que siente un amante del vino frente a la pavorosa oferta de la góndola.

Se trata de un síndrome específico del vino. No sucede en la verdulería ni en la carnicería. Pero a la hora de encarar la góndola de vinos, la nebulosa de marcas, etiquetas parecidas, precios siempre disparatados y variedades repetidas, dispara la ansiedad, la presión cae por el suelo y una suerte de parálisis se apodere de los músculos y la billetera.

El síntoma incluso se agrava en ciertos restaurantes caros. El consumidor atacado por la parálisis repentina repasa la carta de una punta a la otra como si le acabaran de depositar el manual de un submarino y le dieran sólo 5 minutos para sumergirse. Hay que verlo avanzar por los renglones y no llegar a una conclusión tan sencilla y diáfana como saber qué vino quiera beber.

Porque en las generales de la ley el problema es que los consumidores no sabemos qué queremos a la hora de beber. Ese es el problema que nos paraliza.

Atreverse, la única solución
Cuando sobrevienen esos minutos de zozobra lo primero que hay que saber es que se trata de una dolencia del ego y del bolsillo. Del bolsillo, porque uno presume que el vino más caro solucionaría el problema del ego, pero no el de presupuesto. Dolencia del ego, porque el echo de no saber es comparable a ponerse en ridículo. Y entonces ¿cómo salvar la vanidad herida por los dos flancos?

Si no se sabe con certeza qué vino se quiere, hay que arriesgar. Lo único que se puede perder en una compra es dinero, tiempo y esfuerzo, que son distintas versiones de lo mismo. En cualquier caso, siempre se gana experiencia. Y en el vino la experiencia es lo único que vale.

De nada nos sirve saber que Tupungato es una zona de grandes blancos si no se los prueba y comprueba. De nada consuela que Bordeaux sea la cuna de encumbrado tintos franceses cuando se los tiene a todos delante de los ojos y uno no conoce las sutilezas que separan a un productor de otro, ni comprende qué significa Cru o Cotes de tal o de cual. Y de nada, tampoco, recompensa que el sommelier o el periodista sostenga argumentos a favor o en contra, porque lo único que cuenta a la hora de tomar un vino es la experiencia que nos deja. Y eso siempre es personal.

Como si se tratara de una versión gourmet del Tao, es el experiencia lo que nos deja llenos y no la certeza de la buena compra. Es el hallazgo inesperado de una botella honesta lo que hace lindo a este métier y no la garantía del éxito. Pero en este mundo en el que el éxito es siempre deseable, la compleja góndola del vino aumenta la ansiedad en vez de calmarla.

Por eso conviene recordar que en el vino siempre todo está por conocerse. Que no hay conocimiento que sea capaz de comprenderlo en toda su extensión. Y que al fin y al cabo lo único que cuentan son las botellas y los momentos. Puede sonar nihilista o a una exceso de confianza. Pero la verdad es que el vino no se trata de otra cosa. ??De ahí que la parálisis de góndola ataque sólo a quienes no se dejan seducir por el misterio y el entusiasmo de probar un vino, aunque sea una errata. En el peor de los casos no pasará de un fiasco. Pero en el mejor, recompensa los malos ratos. Pocas cosas hay más gratas que encontrar algo que nos guste precisamente donde antes hubo una dificultad.
Joaquín Hidalgo

Joaquín Hidalgo
Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta en formatos y tiene una pluma capaz de desentrañar el secreto áspero del tanino o de evocar el sabor perdido de unas granadas en la infancia. Lleva más de quince años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en importantes medios nacionales, como La Nación Revista, La Mañana de Neuquén, Playboy y JOY, entre otros.