Para un purista, hablar de tragos con vinos es algo prohibido e inimaginable. Para el resto de los consumidores, no resulta algo grave. Sin embargo, las cosas han cambiado bastante de la mano de nuevas tendencias y, sobre todo, nuevos hábitos de consumo en donde las marcas de bebidas pusieron el ojo y las apuestas.

El fenómeno más reciente son los Spritz. Con ese nombre se conocen en la coctelería a los tragos que se hacen a base de vino espumante –dulce o seco- y un dash –lo que comúnmente se llama “chorrito”- de un bitter o amaro para perfumar y reforzar el sabor. Muy típicos del Véneto , Italia, y exitosos en Alemania, donde ganaron fuerza en la década pasada, ahora le dan la vuelta al mundo con furor creciente. Son en nuestro país la más nueva apuesta en la materia.

Motivados por el alza de los espumantes y por el creciente consumo de aperitivos, en los útlimos años desembarcaron dos grandes del negocio de bebidas con sus versiones de aperitivos para Spritz: el grupo Campari importa su famoso Aperol, un bitter liviano, perfecto para combinar con espumantes secos o dulces; mientras que Gancia se lanzó a la carrera presentando en sociedad su Gancia Spritz, bitter al que la marca le diseñó a medida dos espumantes, que se venden como Fratelli Gancia Italian Dolce y Secco.

Pero ahí no termina la cosa. En los últimos años también llegaron algunos Proseccos desde Italia. Ni más ni menos que vinos espumantes ligeros que, en materia de combinaciones, son el ABC de los Spritz de moda en todo el mundo. Marcas como Canevari o Martini desembarcaron estrictamente en alta coctelería y siguiendo una tendencia mundial de consumo en ascenso.

Tragos directos
En esa línea, 2012 marcó el inicio de una escalada por acercar el vino a la coctelería con tono local. Marcas como Chandon, Navarro Correas y Norton, venían trabajando en esa hipótesis. A ellos se sumaron marcas más chicas como Las Perdices y otras que viraron desde los frizzantes, como New Age. La idea, comentaban en bambalinas sus gerentes de marketing, era llevar al vino a nuevas situaciones de consumo en la que los códigos de referencia, es decir el ABC que reclama de conocimiento, fueran menores y así potenciar su consumo entre los jóvenes en edad legal.

Cada empresa optó por su camino. Chandon lanzó Délice, un espumante dulce que combina muy bien como trago directo, con hielo y albahaca o pepino, por ejemplo, y al que le han puesto todos los cañones a contar desde 2014. Mientras que Navarro Correas desarrolló algunos tragos que llevó a sus acciones y Norton apuntó a ser la bebida compañera de Aperol, por medio de un joint venture con su Cosecha Tardía y Norton Extra Brut. No fueron los únicos. La Riojana también propuso cocteles con vino, como Ponche Florentina, Con Santa Florentina Dolce Malbec Rosé y Spritz Torrontés, mientras marcas como Saurus o Phubus, también lanzaron versiones de Bellini y Spritz.

Mezcla y triunfarás
De todas estas experiencias, una cosa queda clara: a la industria del vino le tienta el negocio y los consumidores de la coctelería. Y ya no sólo con el viejo clericó, que ahora se puede beber en alguna de las barras más reputadas del país como un guiño nac&pop más bien chic. Sino como un puente entre consumidores nuevos a los que la complejidad aparente del vino podría repeler.

Quizás por eso los experimentos de coctelería vínica suelen ser con productos especiales y con vinos de línea. El caso de Malamado, de Familia Zuccardi, es emblemático. Al diversificar su oferta con un Dry apuntó al corazón de la coctelería como un alcohol logrado para tragos y hasta organiza un concurso para bartenders para promocionar su uso.

De Aperol Spritz al Malamado Bellini, el vino parece acomodarse cómodamente en la barra a la caza de nuevas oportunidad y consumidores.