En el vino hay cantidad de conversaciones y prácticas superfluas. Temas que a simple vista parecen de lo más controversiales, pero que de cerca descascaran y dejan en evidencia su valor decorado. Hay otros, sin embargo, que transitan la espinosa senda de la utilidad y el tecnicismo y por eso están, de alguna manera, siempre vigentes. A este grupo pertenece la eterna discusión acerca de decantar o no decantar el vino.
Un decanter, para todo aquel que no lo haya visto, semejan una jarra estilizada en forma de trompo invertido, con un largo y elegante cuello. Heredero directo de la las ánforas, en fragilidad y simplicidad de líneas, son la antesala de la copa, un lugar en el que el vino estira las piernas después de vivir apretado en la botella. En ese estiramiento los tintos viejos se estilizan y refocilan, se desembarazan de las borras que pudieran tener y respiran en una atmósfera abierta que les devuelve su espíritu aromático.Decantar o no decantar el vino: esa es la cuestión 1
Con sentido práctico, y hablando de vinos viejos, el paso por la espaciosa cadencia del decanter es una escala obligada si lo que se quiere es aprovechar una botella en tiempo récord. En vez de abrirlo con horas de anticipación, en el recipiente se acelera su oxigenación y la apertura del bouquet. Para eso sirven estas bonitas jarras de cristal delgado y frágil como el tissue: son pulmotores que inyectan vida a las anestesiada expresión de los vinos de guarda.
En la vereda de enfrente hay un grupo de consumidores que prefieren la evolución natural de las cosas. Que el producto cumpla su ciclo de respiración en tiempo y forma, y si lleva horas despertarla de su largo sueño y hay que servirla con extremo cuidado para evitar la ripiosa textura de la borras, ellos se afanan con mano equilibrista en nombre del purismo. Presumen de dos cosas elementales: una, de tener mucho tiempo y paciencia; dos, de conocer en profundidad los mínimos rituales de esta bebida.
Podríamos decir que al primer grupo pertenecen los bebedores ortopédicos, por la necesidad práctica de usar un objeto para mejorar el andar de un producto; mientras que en el segundo se encuentran una suerte de fanáticos religiosos del vino, por obstinación y apego al devenir natural de las cosas.
Casos de decanter fácil
Entre ellos, hay un puñado de certezas puestas en juego a las que conviene tener en mente para encontrar un lugar confortable en la tribuna. Por ejemplo, la clásica historia de cambiar gato por liebre. En un decanter, al menos a la vista, todos los vinos son prestigiosas liebres: buenos, malos, berretas y sofisticados lucen por igual. De ahí que para evitar confusiones hay que reservarlos a momentos exquisitos. Sobretodo porque a la hora de lavarlo –y recuerde este dato, es útil- su fragilidad esmirriada pone a temblar las manos con culpa anticipada.
Más si se piensa que un decanter de fabricación nacional puede costar 200 a 400 pesos en nuestro mercado, como los de cristalería San Carlos. Y uno importado, austriaco o checo, Etienne Meneau.
En cualquier caso, en nuestro mercado, en el que abundan los vinos con 14 a 15 grados del alcohol, hay una buena cantidad de productos a los que un golpe de decanter puede ayudar a resolver su balance etílico, evaporando el alcohol en unos minutos.
De ahí que haya mucho sommelier con decanter fácil: entre que luce su oficio con ceremonias propias y muchos vinos lo requieren para ajustarse al placer, resulta que ante cualquier duda el decanter hace su aparición. Pero el que sabe para qué sirve, sólo lo usa cuando el vino lo demanda, por viejo o etílico. Y el que no, cada vez que quiere mostrarlo.