El Highball como concepto tiene más de 120 años, pero goza ahora de una nueva juventud después de pasar por una especie de lifting no sólo estético: se convirtió en plataforma ideal para muchas marcas que buscaban bajar la edad de sus consumidores, relajando las reglas acerca de cómo beber sus productos.
Antes de agitar, empecemos por el principio. La definición de este tipo de cóctel viene atada al vaso de trago largo que suele contenerlo y se aplica a toda unión de una bebida espirituosa y otra gasificada. Aunque las proporciones son variables, siempre el ingrediente sin alcohol debe sobrepasar en abundancia a la base con graduación. El Cuba Libre (ron con cola) el Chilcano (pisco, limón y ginger ale) y el Gin Tonic (ginebra, tónica, cítricos) son algunos ejemplos clásicos.
Como señala Fede Cuco, bartender de Verne Club, el cariño popular por el Highball está más que justificado ya que es “apto para todo público, no es pretencioso, podés hacerlo en casa y va a quedar bien igual”.
Pero, además, toca directamente una fibra relacionada con la infancia y la nostalgia. “El Highball siempre es rico: nuestra cultura alimentaria desde chicos tiene como premio los caramelos y las gaseosas. Inconscientemente lo dulce nos gusta. Y también podés hacerlos con bebidas sin azúcar”, apunta.
Cócteles Highball: ídolos populares
Sin embargo, como suele suceder con toda estrella que encuentra el éxito masivo, esa misma exposición le trajo críticas malintencionadas. “Terminó siendo una familia de cócteles menospreciada porque eran sencillos y, además de incluir tragos elaborados, también comprendieron otros más populares como el Fernet con Coca”, señala Fede.
“No quiero decir que los puristas se equivocan, pero sí que no están en lo cierto”, aporta con diplomacia Magui Caviasso, bartender y embajadora de Diageo Argentina. “El auge del Highball tiene que ver con el hecho de descontracturar el consumo en general de bebidas. Hoy uno bebe lo que quiere y lo que tiene ganas, dependiendo del momento en el que se encuentre. Y así como hay días en los que tenés ganas de tomarte una medida de whisky, otro día elegís un Highball”.
De todas formas, al que piense que el Highball necesariamente desemboca en el concepto de “lo atamos con alambre” no le vendría mal echarle un vistazo al ritualismo con el que Japón encara el asunto: allí no hay ningún prejuicio para que los prestigiosos whiskies locales sirvan como base de este tipo de cócteles y la elaboración se respeta con minuciosa atención.
Los japoneses no tienen como tradición la bebida como aperitivo o luego de las comidas: el alcohol se toma mientras se come. De esta manera, el sabor sutil y la baja graduación alcohólica de los Highballs cae como anillo al dedo y funciona como usual reemplazo de la cerveza.
“En los izakaya (establecimientos que sirven bebidas y snacks vespertinos, al estilo de los pubs ingleses) son muy cuidadosos con todos los elementos que componen al Highball, desde el hielo hasta el vaso en el que se lo sirve, el tipo de mixer y el frío que tiene”, explica Magui. “Allí -agrega- suele ser una bebida económica elegida por la clase trabajadora después de la jornada laboral”.
A todo gas
La biografía del Highball no puede escribirse sin sumar como co-protagonista en el punto de partida a la popularización de las bebidas artificialmente gasificadas. El primer intento exitoso de carbonatar un líquido fue el del químico inglés Joseph Priestley, quien lo logró disolviendo dióxido de carbono en agua.
El agua gasificada encontró un público tan amplio que llegó a competir casi de igual a igual con las ventas de agua mineral en la Inglaterra de fines del siglo XVIII. Y a los bebedores ingleses de la alta sociedad les pareció adecuado difundir la moda de mezclarla con el brandy. Desde ese punto, la cosa no hizo más que mejorar con la industrialización de la producción de agua carbonatada en la tercera década del siglo XIX y la aparición del ginger ale pocas décadas después.
Actualmente, el Highball está en plena segunda juventud. Es que las tendencias globales comenzaron a pararle la oreja al público (en general sub-35) a la búsqueda de opciones de graduación alcohólica amigable.
La pandemia, paralelamente, fogoneó la coctelería casera en la que la simpleza del formato fue clave. Y las grandes compañías elaboradoras de espirituosas, claro, comenzaron a desprenderse de algunos prejuicios para colocar al Highball en el pedestal de vehículo promocional preferido.
La facilidad de elaboración, desde ya, es algo que los profesionales de la industria también agradecen. “Un Cosmopolitan, por ejemplo, tiene varios pasos y te quita un poco de tiempo a la hora de la hospitalidad”, marca Magui.
“El Highball, en cambio, es un cóctel muy versátil, fácilmente escalable y sencillo de realizar. Es una bebida con la que ganamos todos: marcas, bares y consumidores. Además, son rentables y los bares -concluye- se dieron cuenta de eso”.
