La primera alegría es sentarse y que te sirvan una sopa, cortesía de la casa. En esta ocasión, una sopa fría: un gazpacho con agua de tomate y sandía, fresca, ácida, apenas punzante. Afuera hace calor, así que es más que bienvenida.
Después, da gusto ver cómo en Silvino —el restaurante de Gaspar Natiello— se atiende hasta el último detalle. ¿Por qué? Un ejemplo simple: los platos de pesca.
La carta anuncia “crudo del día” o “pesca del día, chutney de tomates asados, verdes”. Pero el camarero, bien capacitado, enseguida aclara: “El crudo es lisa; el principal, chernia”. Compartir ese conocimiento —aunque parezca mínimo— le hace muy bien a la gastronomía.

Leer la carta ya es un plan sabroso en sí mismo: el mar y Natiello reman juntos y siempre llegan a buen puerto. Muchos todavía recuerdan los platos de Ajo Negro, ese restaurante ya mítico que llevó adelante con oficio y talento, donde la pesca era protagonista.
Por eso no sorprende encontrar calamar con ajo blanco, chili oil y pickles; langostinos con pan de maíz y beurre blanc; o chipirones con amatriciana, papa cascada y panceta.
Una vez más, se trata de una cocina pensada para que se luzca el producto, pero también la técnica, que aporta elegancia a cada plato y construye capas de sabor equilibradas, justas, sin taparse entre sí.
La base francesa aparece acá y allá en cada plato —imposible no mencionar el paté casero con dulce de pera, mostaza antigua y pickles de pepino—, pero también hay lugar para otras búsquedas: pakoras de kale, ñoquis de arroz con salsa coreana, huevo mollet y cuadril, o cerdo marinado con hakusai y pak choi, guiños claros a una cocina asiática que, cada vez más, vamos haciendo propia.

Los postres juegan en terreno clásico: mousse de chocolate blanco con frutas frescas (seguramente ya de otoño), clafoutis de ciruela tibio con crema batida y, para golosos bien porteños, “La parte rica del flan”, con cremoso de dulce de leche. Una joyita, no solo por el sabor sino por la precisión en la técnica.
Un bistró porteño con pulso contemporáneo
En cuanto al espacio, Silvino logra algo difícil: sentirse clásico y actual al mismo tiempo. Donde antes funcionaba Sede Whisky, hoy hay un salón chico, cálido, bien pensado, con pisos de cerámica, muebles de madera con historia, mesas redondas y cuadradas, y sillas Thonet que terminan de darle identidad.
Un gran espejo recorre uno de los laterales y multiplica la escena, mientras que las botellas de vino y las velas aportan ese clima íntimo que invita a quedarse un rato más.

La cocina a la vista suma cercanía y movimiento, y la barra —siempre viva— funciona como un buen lugar para comer solo o en pareja. Al fondo, algunas mesas más altas se acomodan mejor a grupos. Todo está organizado con inteligencia para que, aun en un espacio reducido, nadie se sienta incómodo.
La música acompaña sin imponerse: hay clásicos y temas más actuales, en una selección que sigue esa misma lógica del lugar, donde lo conocido se mezcla con lo nuevo sin estridencias. Un fondo sonoro que sostiene, sin robarse la escena, una experiencia que termina de cerrar por todos lados.
Hay que ser habitué de Silvino. Tenerlo presente, volver, seguirle el pulso a la carta. Porque es un restaurante de barrio, abierto, contemporáneo y, sobre todo, riquísimo.

GPS
Silvino
Dirección: Guevara 421, Chacarita, CABA.
Horarios: todos los días de 20 a 24 hs, con reserva o por orden de llegada.
Reservas: https://www.wokiapp.com/reservas/silvino
Instagram: @silvinoquerido
