Cada vez son más las bodegas que lanzan vinos de sus líneas comerciales en grandes formatos. Conocidas como botellas magnum –aunque en rigor hay diversos tipos– estos biberones de entre uno y un litro y medio comienzan a pulular entre las góndolas de los supermercados y las vinotecas.

Los memoriosos, dirán: no hay nada nuevo bajo el sol. Las botellas de esa escala se venden hace rato en vinos de bajo precio. Y tienen razón. La novedad, en todo caso, está precisamente en que son vinos de alta y mediana gama las que ensayan con los talles especiales: desde Funckenhausen Blend a Fabre Montmayou Reserva Malbec, con botellas de uno y uno y medio litros, a Rutini Antología XXXV, que viene en botellón de tres litros, pasando por Traslapiedra Malbec, Huarpe Malbec, Lamadrid Reserva Malbec y muchos otros que vienen en formato extra large.

En rigor, son ediciones limitadas de vinos comerciales. Pero vienen a ofrecer algo que no estaba disponible. Y la movida XXL no sólo tiene lugar en nuestro mercado. Sólo en Inglaterra, donde los sparklings locales están en pleno ascenso, en 2016 se vendieron tres veces más botellas magnum de burbujas que en 2015. ¿La razón? Según explica la consultora Nielsen está en el aumento de consumo de la clase media que ve una razón práctica: paga menos y bebe más y mejor.

Lejos de las razones que tengan en Londres y alrededores para elegirlas, las magnum parecen gozar de nueva salud.

Ahora bien: ¿por qué convendría comprarlas? ¿Qué ventajas ofrecen?

Todos beben el mismo vino.

Es típico en una cena de seis o siete personas que una botella de vino alcanza para llenar las copas y no para rellenarlas. De modo que si el vino gustó, no faltará el amarrete que se sirve primero y deja el resto sin su parte. Por eso, tener otra botella o una magnum es la solución. Claro que la magnum le saca una considerable ventaja al par de 750: ofrece el mismo, mismísimo vino, mientras que entre las gemelas puede haber diferencias, particularmente cuando se trata de botellas con algunos años de guarda.

Evolucionan mejor.

En un mercado en el que el vino se bebe joven –como el nuestro– no parece una ventaja relevante que las botellas magnum ofrezcan mejor envejecimiento que las regulares. Conviene observar el fenómeno, sin embargo. La razón detrás de esta magia benigna hay que buscarla en el mayor volumen: los factores que afectan al vino, como la luz, la vibración y el oxígeno, tienen que afectar a una mayor cantidad, por lo tanto la incidencia es menor a igual período de guarda respecto a una tres cuartos.

Y está comprobado, para beber vinos añejos, nada mejor que un biberón bien conservado. Tanto porque ofrece mayor seguridad como que extiende el mismo gusto por más copas.

Se paga menos.

Asimismo, por el precios de una y algo más se compra el equivalente a dos botellas. Acá no hay misterio: hay un solo vidrio, un solo corcho, una sola etiqueta y un solo capuchón. Es verdad, el transporte puede ser más caro, pero no hay duda que una magnum cuesta bastante menos que la suma de dos botellas. Aunque, claro está, existen unos raros ejemplares que, por ser únicos o muy escasos, pueden hacer que esta ecuación falle. Nada de qué preocuparse: ninguno de ellos están al alcance del bolsillo.

El tamaño sí importa, como todo el mundo sabe, aunque sea políticamente correcto no hablar de ello. Y en el caso de la botella, cuando se planta sobre la mesa con su porte XXL, sus hombros anchos y un pico que luce algo delgado para la gracia robusta y retacona, capta la mirada de todos.

Es automático. Una magnum puesta en la mesa es como ofrecer un espectáculo. Razón más que suficiente para toda vanidad en plan de lucirse. Con un plus: aún en la escala grande, sigue siendo perfectamente maniobrable. Muchos más, complica las cosas.

De modo que, la próxima vez que pesquemos en la góndola un biberón, conviene hacerse la pregunta: ¿hay un asado, una cena o un encuentro en cercano en el calendario? Esa podría ser la oportunidad de lujo para llevar una magnum y lucisrse.

Algunas cartas de lujo las premian

Sin embargo, la talla de las magnum viene en ascenso también en los restaurantes. A punto tal, que los sommeliers compiten solapadamente por tener la carta más magnum. Así, cavas como la Parrilla Don Julio, el Bistró del Hotel Faena o clásicos como Oviedo, al menos en Buenos Aires, ofrecen sus menús cartas completas de botellas magnum.